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Tienen un aura especial las Harley. No hace falta ser un apasionado en la materia para girar la cabeza cuando se ve alguna por la ... ciudad. Mira, allá va una Harley, que no una moto, se suele decir. El subconsciente y el imaginario las relacionan de manera automática con gafas de sol, chaqueta de cuero o la Ruta 66. Vamos, que el hecho de conducir una tiene un simbolismo implícito que te hace molar. Que ojalá ponerse el casco, agarrar el manillar y lanzarse a la carretera con una. Hay personas para quien esto es más que una realidad, es un sueño que han tenido desde que eran bien pequeños. Es el caso de Ana Gallo. Ella era de las que giraban la cabeza cuando veían una Harley. Ahora no solo conduce la moto de sus sueños –una Street Bob que pesa 300 kilos–, sino que es la directora de H.O.G. Valladolid Chapter. Es decir, del grupo de propietarios de Harley de Valladolid. Gallo es la segunda mujer en el cargo en España, donde hay un total de 30 chapters. El de la capital vallisoletana es además el único de España que ha conseguido este reconocimiento, que tiene que dar la propia marca desde Estados Unidos, sin que haya un concesionario en la comunidad autónoma.
¿Y cómo consiguieron abrirlo sin este requisito? Pues gracias al patrocinio del concesionario de Cantabria, precisamente donde ella compró una Sposter 883, la moto de la que se enamoró cuando estaba en el instituto y donde más adelante también se volvió a enamorar de su montura actual, la Street Bob. «Conseguimos que nos patrocinaran y hace once años se fundó el chapter, capítulo del moto club más grande del mundo, el de Harley Owners Group (H.O.G.)», explica la directora. Ahora, 20 miembros forman parte y, obvio, todos cumplen el requisito de tener una montura de este modelo, como una Ultra Limited o una 883. «Recuerdo volver a Pingüinos con la moto y ver a otra gente que tenía en la chaqueta el parche de que pertenecían al H. O. G. de Cantabria, pero en realidad eran de Valladolid y habían comprado su moto allí, como yo. Fue ahí cuando surge la idea de crearlo, a pesar de que no existe ningún concesionario», relata Gallo.
Fue hace unas semanas, justo después de Pingüinos, cuando accedió al puesto después de haber realizado las tareas de secretaría y haber colaborado en la organización de los eventos. Ahora es la segunda mujer que ostenta este puesto en un H. O. G. Chapter en España. «Aquí nunca te sientes descriminada, es todo lo contrario. Además, Harley es más que una marca, es una forma de vida», asegura Gallo, quien ha vivido una vida donde el rugir del motor siempre ha estado presente.
Una de las primeras actividades que Gallo realizará como directora es una lechazada, una cita habitual del club, que el año pasado celebró su décimo aniversario y que ahora espera reunir a 80 Harleys llegadas de toda España el próximo mes de abril, cuando también tienen previstas visitas turísticas y gastronómicas –más allá del lechazo– por la provincia. La directora asegura que otro de los requisitos que tiene el club es la organización de actividades, algo que tienen siempre presente y que deben cumplir para permanecer en activo. «Es fácil. Si como H. O. G. no haces nada, te quedas parado, te quitan la licencia y se acabó, por eso nosotros siempre estamos pensando cosas, para el club y para fuera, como actividades benéficas y solidarias», comenta Gallo. Una de ellas es la 'Toy Run', de la que participan los más de 1.300 H. O. G. Chapters de todo el mundo y donde ellos, a lomos de sus Harley reparten juguetes a los niños.
Dentro de esas chaquetas de cuero hay toda una simbología a través de los parches, que cuenta la historia de la persona que los lleva. El que lleva Gallo dice que ella no es solo la directora del H. O. G. de Valladolid, sino que además es también uno de los miembros fundadores, como representa un de los que tiene bordados en su chaleco y que reza 'Charter Member'. También hay otro más arriba, 'Head Road Manager'. «Este lo llevan los miembros que, en las salidas que hacemos, dirigen al resto del grupo porque conocen la ruta», explica. No son iguales para todos, claro. Hay uno que solo lleva ella, el de «Patukos», que hace referencia a cómo su padre se enteró de que su madre estaba embarazada. «Colocó unos patucos en casa como indirecta y desde entonces», explica.
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