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La pandemia nos ha pasado factura a todos. También a los más pequeños, en los que se ha observado un retraso en la interacción, socialización y adquisición de habilidades del lenguaje, debido, principalmente, al uso de la mascarilla y al distanciamiento social. Los niños de entre dos años y medio y cuatro, son los más afectados. Necesitan de estimulación de su entorno para que el desarrollo del lenguaje se produzca de forma adecuada. Percibimos el habla a través del oído y también de los ojos ya que el cerebro es capaz de reconstruir los sonidos a partir de cómo percibe el movimiento de los labios al pronunciar. Pero… ¿cómo afecta el uso de la mascarilla en el proceso de aprendizaje de los niños? ¿Cuál será el efecto a largo plazo de la pandemia en esta generación?
Elena Mesonero, logopeda especializada en Neuropsicología, Inteligencia Emocional y Educación y responsable de la Clínica del Lenguaje en Valladolid, explica que «con la mascarilla eliminamos algunas de las fuentes de información para la adquisición de fonemas y palabras. El primer paso para que los bebés imiten aquello que escuchan, es la observación y, el uso de la mascarilla impide ese recurso visual. Además, con ella, también escuchamos peor, porque actúa como filtro atenuando las frecuencias más altas, con lo que la discriminación y comprensión del lenguaje es más complicada».
El lenguaje y las habilidades sociales se perfeccionan en la medida que se interactúa con los demás, sin embargo, durante casi dos años los pequeños han tenido pocas oportunidades de compartir ratos de juego con sus iguales, en los colegios se han acotado los espacios de ocio, se han creado aulas burbuja y se han reducido los trabajos en grupo. Es por esto que Mesonero recomienda que «aprovechemos el tiempo que pasamos con los niños sin mascarilla, para que reciban una estimulación cara a cara y de calidad». Es partidaria de mantener la prudencia. «No existen todavía estudios longitudinales que corroboren si estos retrasos del lenguaje detectados desde el comienzo de la pandemia se solventarán con la estimulación adecuada o si, por el contrario, derivarán en otras dificultades. En cualquier caso, ante posibles dudas, siempre hay que consultar con un logopeda cualificado».
El papel de las familias y cómo éstas filtran la información a los niños y como ellos la procesan, también influye en su comportamiento y en el estado de ánimo de los infantes. En el caso de los adolescentes y jóvenes, a los que la pandemia les ha impactado de lleno en una época de socialización destacada, Elena Mesonero también mantiene la prudencia. «Hay indicios de una mayor sintomatología de ansiedad o depresión, pero es pronto para ver si eso deja secuelas o si cuando esto pase, se normalizará. A su edad tener restringidas las salidas e incluso monitorizadas, les ha privado de hacer vida social de forma autónoma». Recomienda acudir a un experto, ante cualquier sospecha o cambios en su comportamiento y humor. «Las consultas han aumentado, pero realmente no sabemos si es porque los padres están más sensibles de lo normal o por el tapón que ha habido en la atención a los pacientes», subraya.
Ángela Ruiz es una madre vallisoletana que en el confinamiento notó que su hijo Iker llevaba un retraso en la adquisición del lenguaje. Ella lo achaca a las restricciones derivadas de la pandemia. «Entonces era hijo y nieto único. En el centro de salud me decían, que ya hablaría, pero el niño tenía tres años y sólo decía 10 palabras. Entendía todo, pero no arrancaba a hablar. El retraso que él pudiera tener, como cualquier niño, con el confinamiento se agravó muchísimo», explica. Cuando Iker empezó el colegio en septiembre de 2020, el hecho de no hablar le dificultaba la relación con los profesores y con otros niños de su edad. «Siempre ha sido un niño muy feliz, pero de la impotencia que tenía se tiraba al suelo. Hace un año que va al logopeda y ha progresado muchísimo. Es otro niño», prosigue esta madre, que también tiene la experiencia de haber dado a luz durante la pandemia. Su benjamín, Ángel nació en mayo de 2020 y lo primero que vio, fue una mascarilla. «Todavía no va a guardería y cuando ve un niño, corre hacia él. Está deseando socializar», concluye Ángela.
Saori Miyata
Directora de la guardería Mamá Kokeshi
Saori Miyata cuida cada día en su guardería Mamá Kokeshi a bebés y niños que viven en un nuevo tipo de burbuja especial. Son los niños de la covid-19, que lo primero que han visto al nacer es una mascarilla. Ha notado muchos problemas en la socialización de estos pequeños. «Venimos de un confinamiento y de una situación en la que los papás han pasado miedo y no se han relacionado con nadie, a veces, ni siquiera con las familias. Eso ha creado una situación de estrés emocional y miedo social en los niños. Trabajar con ellos estos dos años, ha sido complicado. No se dejaban tocar, estaban siempre a la defensiva y no se querían relacionar ni interactuar con otros niños. Hemos tenido que empezar a trabajar con ellos desde cero para que cogieran nuevas rutinas. Lo hemos hecho a base de juegos», dice Saori. «Incluso en los bebés de 4 meses, a los que les suelen gustar los masajes, hemos notado que no se dejaban, se tensaban y se ponían a llorar ante esta actividad».
A medida que se van flexibilizando las normas sanitarias, Saori ha visto mejoría en los niños. «Estos miedos, al final los crean los papás. La situación ha sido complicada y esas sensaciones se las han transmitido a ellos», dice esta experta que, en cambio, no ha visto tanto problema con la mascarilla. «Pensé que el hecho de que no nos vieran la cara iba a ser peor, pero la verdad es que lo han llevado muy bien y mirándonos a los ojos son capaces de ver si nos estamos riendo o no. También la voz les da mucha información».
Paciencia. Esa es la recomendación que Saori hace a los papás. «Todo pasa. Es un proceso y al final son niños y lo entienden absolutamente todo. Los niños son el reflejo de los progenitores. Si los padres están tristes o enfadados por la situación, eso genera estrés, miedo y ansiedad en los niños. Hay que seguir con las rutinas y llevarlo todo con la mayor naturalidad posible», concluye.
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lucía díez
Maestra de audición y lenguaje del colegio Jesús y María de Valladolid
Lucía Díez es maestra en audición y Lenguaje en el colegio Jesús y María de la capital. Desde 2004 coordina un taller gratuito para alumnos de entre 3 y 6 años, que lleva a cabo fuera de horario escolar. Allí ayuda a los pequeños con dificultades para pronunciar y enseña la postura de la lengua y la forma adecuada para abrir y cerrar la boca al hablar. Una tarea, que con la mascarilla se vuelve más complicada. Debido a los grupos burbuja y a la imposibilidad de juntar niños de diferentes edades, esta profesional ha optado por hacer el taller únicamente con los nacidos en 2018, aquellos a los que el confinamiento les pilló con dos años de edad. «Tenemos que hacerlo en grupos muy reducidos para tenerles controlados a la hora del lavado de manos y de la repetición de sonidos», explica. «Desde el punto de vista fonológico, es muy difícil rehabilitar la 'R', la 'K' o la 'Z' con la mascarilla, porque los niños, no saben dónde poner la lengua. Estoy viendo que el problema de la 'Z' ha aumentado aproximadamente un 30% en los niños de 3 años. En condiciones normales, a los 4 años normalmente ese sonido ya está rehabilitado, sin embargo, vemos que ahora el problema continúa a esa edad», añade Lucía.
Esta maestra enseña mediante el movimiento, el juego y la socialización. A primera hora, los pequeños acuden a su aula muy contentos, allí se lo pasan bien, a la vez que aprenden. «En los recreos también estoy pendiente para ver si su longitud de frase es más amplia cuando hablan entre ellos que cuando hablan conmigo. He comprobado que, en algunos casos, los niños con sus iguales, se comunican mejor que con los adultos», informa.
Este colegio siempre ha incidido de forma muy especial en la atención de los problemas del lenguaje de sus alumnos. Lucía ha notado que estos dos últimos años, también han hecho estragos en la morfosintaxis de los niños. «Les cuesta más estructurar las frases. También lo achaco a la pandemia. Antes, los niños de 3 años, cuando les enseñabas una lámina, te decían dos o tres frases. Ahora les cuesta hacer descripciones, no emplean el verbo y el nivel de vocabulario es más bajo. Con este taller tratamos de solventarlo. Este curso estamos trabajando mucho con los padres. Les envío láminas y las pautas para que sepan cómo trabajar con sus hijos», remata.
guía de la cruz
Madre de Álvaro, de 15 años
Guía de la Cruz dice estar desesperada. Su hijo Álvaro de 15 años lleva sin asistir a clase de forma regular, desde que comenzó la pandemia. Este niño tordesillano tiene una doble excepcionalidad, que se da cuando el alumno cuenta con varias necesidades educativas diferentes. En su caso, tiene altas capacidades y trastorno del espectro autista (TEA). «Su caso es muy complejo», adelanta esta madre. «Desde que estaba en primaria ha sido una lucha constante. Ahora no quiere volver al instituto. He hablado con Servicios Sociales, con su orientador, con psicólogos, psiquiatras, con la Asociación de Autismo de Valladolid y con la dirección del instituto. Me dicen que mi hijo necesita una educación especial. Le sacaron del programa de altas capacidades para meterle en el programa de autismo. Fue un error. Debieron de llevarle a través de los dos programas de forma paralela. Él se aburre en clase, siente que se ríen de él. Me han enviado una carta de absentismo, pero yo no sé qué hacer con mi hijo. En mi opinión, los psicopedagogos, pedagogos, orientadores, profesores están desbordados desde el covid por tantos niños con problemas», dice.
Niños como Álvaro requieren de una rutina muy marcada, sin embargo, ésta se cortó por completo con el confinamiento. Ahora cuesta reconducirle a la antigua costumbre de ir cada día a clase. «Ser el diferente, la presión del instituto y de la mascarilla le ha sobrepasado. Desde la pandemia, ir a clase le causa ansiedad. Ahora está socialmente está aislado», dice esta madre, que está de baja laboral por la ansiedad que le produce ver a su hijo en esta situación. «Siento que estoy luchando contra todo y contra todos. El instituto ha hecho todo lo posible porque el niño se adaptara y estuviera bien, pero el sistema va muy lento cuando un niño como el mío no encaja. Hay que dar visibilidad a muchos niños que, como Álvaro, luchan, pero no entienden lo que pasa», remata.
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