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Gratitud. Esa es quizá la palabra que más utilizada por Javier Barja (A Veiga, 1954) para describir su labor como voluntario de acompañamiento a personas ... que padecen cáncer en Valladolid. Dedicó su vida a intentar paliar todo tipo de afecciones, ya fuere como cirujano o como médico, y tras colgar la bata, encontró en esta labor su nueva forma de vida. A sus 71 años, la sede vallisoletana de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) es su manera de seguir ayudando a los demás mediante la empatía, la comprensión y la fuerza del apoyo. Así, como en la fábula del colibrí y el fuego, este gallego afincado en Valladolid trata de aportar su granito de arena para paliar los efectos de la enfermedad con cada uno de sus actos, ya sea con su compañia o sirviendo de puente para que las personas que la padecen reciban una atención especializada en la asociación.
-¿Cómo surgió la idea de ser voluntario de acompañamiento a personas con cáncer?
En mi caso ya viene de tiempo atrás porque mi profesión era cirujano y también de médico. La cirugía para mí es una profesión, y el ser médico, una forma de vida. Además ya había colaborado durante la época de actividad profesional con en una ONG, he ido al Chad a operar en África, y ahora una vez jubilado, tengo tiempo para hacer las cosas que me apetecen. Y la solidaridad es una de las cosas que me apetece.
Y tras jubilarte, después de toda una vida dedicado a la sanidad...¿por qué decidiste dar este paso?
Hay más de una motivación, pero me cautivó la fábula del colibrí. Esta breve historia dice que hubo una vez un incendio en el bosque del que todos los animales huían. Entonces, el león vió pasar un colibrí que iba y volvía, iba y volvía, iba y volvía. En uno de sus viajes lo para y le pregunta ¿pero qué haces? Y el colibrí respondió: voy al río, cojo agua con el pico, voy al incendio y dejo caer el agua. Entonces el león le dijo: ¿pero no crees que esto no sirve para nada?. Y el colibrí respondió: es posible, pero yo hago mi parte. Así me siento yo y esa es una de las mayores motivaciones que tengo para ser solidario y ayudar a los demás.
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-¿En qué consiste este voluntariado?
Somos un puente entre la asociación y los enfermos de cáncer. Somos la voz de la asociación para transmitir a los enfermos toda la cartera de servicios que tienen a su disposición y también somos su ojos para detectar las necesidades que tienen y llevarlos a la asociación para que puedan ser atendidos. Esta capacidad de escucha y detección de necesidades es una de las características más importantes que tenemos como voluntarios. Para mí también lo es la empatía. Pero no solo la empatía de ponerse los zapatos del otro, sino de ser capaz de entender sus emociones, el cómo se siente, e intentar ayudarlo.
-¿Cómo es ese primer encuentro, ese comienzo de vuestra labor una vez llega un paciente al que le acaban de diagnosticar la enfermedad?
En ese primer momento, nosotros ya vemos pacientes que ya están diagnosticados de cáncer completamente y la mayoría ya tienen asumido que tienen cáncer. A veces es duro porque tiene un pronóstico infausto pero en la mayoría de ocasiones no, porque no todos los cánceres evolucionan mal. Todo lo contrario, la mayoría evolucionan a mejor. Diría que es una experiencia emotiva, desafiante y gratificante. Es emotiva porque tratas con pacientes en situación muy vulnerable, desafiante porque luego lo has de asimilar y llevar a tu vida diaria todo ese sufrimiento que ves. Y sin duda es gratificante. Creo que esos son los tres adjetivos que definen bien la experiencia de trabajar con pacientes oncológicos.
-Una vez iniciado ese acompañamiento, ¿cómo es el resto del camino?
Un acompañamiento es pluridisciplinar. Evidentemente no solo estamos nosotros, también está el equipo médico que lleva al paciente, la labor de las trabajadoras sociales y los psicólogos, cuya labor es crucial porque son los que están en contacto íntimo con los pacientes y también con sus familiares. Realmente ellos son los que detectan las necesidades, los que nos las transmiten. A partir de ahí tenemos una coordinadora con una cartera de personas voluntarias como yo que designa a la persona más adecuada para realizar el acompañamiento de cada caso concreto.
-Ya metidos en materia, desde tu experiencia, ¿hay algún caso particular que recuerdes con especial cariño o que te marcase especialmente? ¿cuál deja más huella?
Yo diría que los que más marcan no son precisamente los que tienen éxito, si no los contrarios, los que no consiguen salir adelante. De los que más me ha marcado, también por lo reciente en el tiempo, fue un paciente con el que habíamos conseguido junto a él y su familia empezar a entablar una relación de confianza. Pensé que el paciente iba a aguantar más, debí tener mejor ojo clínico siendo médico. Pero no lo tuve. Entonces, de forma inesperada, se murió estas navidades. Y la sensación de vacío que me dejó es importante. Por eso decía que uno de los adjetivos de esta labor es desafiante, porque integrar eso en tu vida, en tu día a día, cuesta.
-Entendiendo esta dualidad que supone acompañar a personas enfermas de cáncer ¿qué dirías que es lo mejor y lo peor de ejercer este voluntariado?
Decía antes que esto al final lo acabas haciendo casi un poco por egoísmo en el sentido de que te es gratificante. Para mí lo mejor es esa parte gratificante. Como decía Nietzsche, dichoso aquel que puede llevar sobre sus hombros algo más que el peso de sus problemas. Quiero decir, ser consciente de que aunque todos llegamos en un momento determinado a necesitar ayuda, ser consciente de que eres de los que pueden aportar ayuda y que no la necesitas. Por supuesto otra parte de esa gratitud está en el reconocimiento por parte de los enfermos y de sus familias. Nos valoran bien y mucho. Y lo malo sin duda es la carga emocional que lleva asociado. Cuando estamos acompañando a pacientes oncológicos somos conscientes de que a veces el pronóstico no es el mejor y dejarlos, que te abandonen en ese camino en el que les acompañas, para mí es lo más difícil.
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