Borrar
Gregorio Rebollo toca al timbre de un cliente del centro de Valladolid. Henar Sastre
Coronavirus en Valladolid: Gregorio Rebollo, frutero: «La mejor propina que acepto es el agradecimiento de la gente»

Gregorio Rebollo, frutero: «La mejor propina que acepto es el agradecimiento de la gente»

Sigue repartiendo frutas y verduras a domicilio, en especial con mayores que tendrían muy complicado lograr productos 'verdes'

Antonio Corbillón

Valladolid

Jueves, 9 de abril 2020, 07:45

Nadie que observe la foto que acompaña este texto adivinaría la edad de su protagonista. «Ya he cumplido los 58», confiesa Gregorio Rebollo. Aparenta 20 menos. Ha esculpido este físico con una entrega sin horas a todo lo que hace. Y que completa después con horas de deporte. Un vigoréxico.

Estos días se le puede ver por las calles vacías tocando a los timbres de sus clientes y con sus repletas cajas de frutas y verduras al brazo. Cítricos, tomates, lechugas... Pero también los primeros melones que «hacen más pesada la carga», confiesa. Nada que no puedan trasegar sus curtidos brazos. «La cosa se ha duplicado. Antes llevaba unos 60 pedidos. Ahora serán más de 120», calcula. Si muchas familias, en especial los mayores, tienen productos frescos de calidad en estos días inciertos es gracias a Rebollo.

Después de muchas aventuras laborales, la última crisis de 2008 le dejó en el paro y con el medio siglo de vida asomando en su DNI. Después de dos años en el dique seco tuvo claro que «no había trabajo de ningún tipo para alguien de mi quinta».

La enésima reinvención vino finalmente de la familia. Sus tíos tenían una frutería junto a la Plaza del Milenio, se iban a jubilar y la cerraban. «Le dimos una vuelta hasta que mi mujer dijo 'a partir de ahora, serás frutero'», bromea Gregorio.

Esto fue hace ya seis años. Un tiempo en el que se han hecho un hueco en el competitivo mundo de los productos verdes a base de esfuerzo, y sobre todo, cercanía al cliente. «Para levantar el negocio empecé a llevar los pedidos a las casas. La voz se fue corriendo y ahora casi no doy abasto a repartir a tanta clientela», comenta.

No solo a familias del centro y barrios de Valladolid sino a urbanizaciones del extrarradio y pueblos a los que se desplaza con su furgoneta. Es decir, mantiene la liturgia del vendedor ambulante, esa última generación que aún lleva viandas al rural. Pero Rebollo lo desarrolla en gran parte en ambientes urbanos. Un poco más inaudito. Aquí la competencia es mucho mayor con el reparto domiciliario de los súper.

Ahora que las calles se han vaciado, su furgoneta circula y aparca mejor. «Por una parte te da miedo el vacío y el silencio que hay. Aunque para moverse ¡es una maravilla!». Las precauciones no vienen precisamente por el tráfico. Gestionar su amplia cartera de pedidos obliga a Gregorio y a su mujer a una esforzada logística. Antes de la plaga del coronavirus, muchos iban a la tienda a comprar o hacer el pedido 'in situ'.

Esto le permitió al avezado sentido de servicio a la carta de Gregorio conocer los gustos de sus clientes. «Según me llamaban ya sabía cómo lo quieren y qué punto de madurez les gustan las cosas». La gente telefonea a la tienda y la pareja de fruteros preparan el pedido «por riguroso orden de llamada».

Después llegan las horas de reparto. Pero se acabó el trato directo y familiar. «Como soy un manitas, a veces algún mayor me pedía que entrara y les arreglara una lámpara o algún otro aparato. Eso ya no puedo hacerlo», lamenta servicial.

Precaución y distancia

Ahora hace las visitas con mascarilla y guantes. Ya no entra 'hasta la cocina'. Toca el timbre y deposita sus productos junto al ascensor o la puerta. «Me dejan el dinero en un cestillo, lo cojo y procuro lavarme continuamente las manos». A veces le quieren dar propina. «Pero el mejor premio es el agradecimiento que trasmiten», insiste, antes de recodar que «hay mucha gente mayor que no puede casi moverse. Esos me tienen ahí para lo que sea».

Para no tener problemas en los controles policiales se ha tenido que hacer «un autopermiso», con su horario y su licencia de autónomo. Ya ha pasado una buena cantidad de ellos.

Las calles vacías son testigas de su febril actividad hasta las 14.30 horas. Antes repartía también por las tardes pero, desde que se endurecieron la medidas de movilidad, ha decidido acabar a mediodía.

Aunque Gregorio amanece mucho antes que el alba. Antes de las cinco de la madrugada sale de su casa en Laguna de Duero camino de Mercaolid. «Hay mucho ajetreo y tienes que darte maña para llevarte lo bueno. Te caes de sueño en los semáforos. Solo los pescaderos madrugan así», ironiza.

La charla es a media tarde. Cuesta encontrar hueco en la agitada jornada diaria de este campeón del asfalto que, en los tiempos en que cerraba el negocio hacia las ocho de la tarde, todavía le quedaban ganas de irse a un conocido centro deportivo del barrio de Covaresa a desgastar, hasta las 11 de la noche, las energías que no le había consumido el 'gimnasio' diario y callejero de su reparto.

-¿Seguirá con su labor?

-Mientras la gente llame y quede agradecida...¡por supuesto!

De dar vueltas por las carreteras a recorrer un reducido triángulo

Rebollo es un hombre de mundo, aunque solo sea por los kilómetros de vida y oficios que ha desplegado. Fue butanero, panadero, trabajó en Michelin... hasta que llegó a la cadena de producción de Creaciones Nicolás. Cuando el chófer oficial de la empresa se jubiló, Gregorio se puso al volante. Así estuvo casi un cuarto de siglo. hasta que la crisis de 2008 laminó a su empresa y el ERE le llevó al desempleo.

«Me hacía más de 140.000 kilómetros al año. Ahora no paso del triángulo Laguna-Mercaolid- frutería», resume siempre con un punto de sorna. Dice que le ha hecho a su furgoneta en un año menos de lo que hacía de conductor en un mes. Denota una vocación por devorar kilómetros. De hecho, también condujo un tiempo un camión de reparto de congelados. Tiene «todos los carnet de conducir posibles».

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

elnortedecastilla Gregorio Rebollo, frutero: «La mejor propina que acepto es el agradecimiento de la gente»