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El sacerdote vallisoletano Aurelio García Macías, actual obispo de Rotdon y subsecretario de la Congregación para el Culto Divino del Vaticano, pregonará el 4 de ... abril los días de Pasión, en un recorrido por la profundidad espiritual reconociendo que el movimiento cofrade hace mucho bien en la Iglesia. También apuesta por «enriquecer» la Semana Santa «sin olvidar lo que somos».
–¿Cómo recibió la noticia?
–Una noticia de este tipo siempre sorprende. Me llamó el alcalde por teléfono invitándome insistentemente a ser el pregonero de este año. Le pedí unos días para considerarlo, sobre todo, porque tenía que consultar con el Prefecto y asegurarme que no había programaciones inevitables en la agenda para esas fechas.
–Su condición de vallisoletano y de sacerdote siempre han estado ligadas a una vivencia muy activa y personal de la Semana Santa ¿Cree que esta tradición de arraigo espiritual, pero también de ciudad y familiar, se vive con especial intensidad?
–Los tiempos cambian, pero el ser humano es siempre el mismo, tiene los mismos deseos y aspiraciones en cualquier época histórica. Ciertamente, somos seres sociales, pero también hay en nosotros una esencia espiritual, como se advierte en la poesía, la música y todo arte. La Semana Santa, en sus múltiples aspectos, es, sobre todo, expresión de la fe de un pueblo, de familias, de cofrades y de muchos fieles entre nosotros.
–También ha dicho que la Semana Santa es misterio, belleza y emoción
–Es una expresión que quiere sintetizar varios aspectos de la Semana Santa. Misterio, en cuanto celebra, fundamentalmente, un misterio de fe: la muerte y resurrección de Jesucristo. Belleza, porque quien se acerca a la Semana Santa de Valladolid, contempla orden, música, flores, silencio… y unas tallas policromadas únicas. Un ámbito visible que te orienta hacia lo invisible; un mundo exterior que toca el corazón interior de quien, verdaderamente, vive lo que se está celebrando.
–¿Cree que en ocasiones la belleza litúrgica por el rito y su significado se pierde entre el bullicio cofrade?
–Existe ese peligro cuando no se tiene claro lo que es fundamental en la Semana Santa. Es una cuestión de prioridades. Pero el bullicio forma parte también de la propia vida. En nuestras procesiones hay música y silencio, momentos de tristeza y alegría, muerte y resurrección.
–Vaya conversación esta del diálogo con la fe, el arte y la vivencia interior...
–Creo que es la conversación central de estos días del año. Repito, todo lo visible y audible en esta Semana debería llevarnos a profundizar en el misterio que se celebra. ¿Por qué existe la Semana Santa? ¿para qué existe?
–Aún con todo, con el marchamo de la Semana Santa de Valladolid como de Interés Turístico Internacional, ¿es buen instrumento para llamar a la ciudadanía a volver a vivir más la fe y la vida de la Iglesia?
–Efectivamente. Si la Semana Santa de Valladolid ha sido declarada de Interés Turístico Internacional tendrá un porqué. A mi juicio, no es solo la estética lo que ha movido a ello, sino también –podríamos decir– la ética, es decir la idiosincrasia, el carácter, el estilo de vivir la Semana Santa en esta tierra.
–Y en el caso vallisoletano, desde su perspectiva de cofrade de acera, ¿cómo ve las celebraciones procesionales de ahora con respecto a las de hace algunos años?
–Creo que se ha progresado mucho más en organización, cuidado de plantas y hermanamiento entre las diversas cofradías. Quizás se ha perdido, un poco más, el sentido religioso y la índole propia del estilo castellano. Hoy, se está generando un estilo más universalista y menos local de las procesiones penitenciales de estos días. Sin duda alguna, debido a las modas de cada momento. Ha sido así en la historia. Pero, en algunos casos, se están perdiendo las particularidades locales propias.
–Y vivirlo desde dentro, como consiliario que fue de la Cofradía de las Siete Palabras, seguro que le ha aportado también muchas vivencias y experiencias únicas
–Ha sido una rica experiencia para mí; sobre todo, porque viví un momento en la Cofradía de las Siete Palabras con deseo de mejora, de cambio, de renovación. No fue fácil, pero fue posible. Hubo un gran interés por parte de los cofrades de dar un nuevo impulso a la cofradía; y creo que mi presencia ayudó para partir de los cimientos, que es el cuidado de las personas y de su vivencia religiosa.
–Un pregón es una invitación pero, ¿cómo animaría a los vallisoletanos a acercarse al movimiento cofrade?
–Creo que en este momento el movimiento cofrade hace mucho bien en la Iglesia, también en la Iglesia de Valladolid. El mundo de las cofradías puede ser un aliciente para vivir la fe (porque una cofradía no es una asociación civil sino una realidad eclesial) y vivirla en comunidad, junto a otras personas. Eso es lo que significa co-frades, 'co-fratres', en latín), es decir, hermanos en común. En un momento histórico en el que padecemos la gran enfermedad social de la soledad, las cofradías pueden ser un buen antídoto para ello; también en el aspecto caritativo.
–¿Cómo ve usted esa unión que parece indisoluble que consigue la Semana Santa de Valladolid entre instituciones religiosas, civiles o militares? Supongo que le gustaría que esa normalidad se extendiese al día a día de la sociedad
–Ciertamente me alegra que sea así y además se da un buen ejemplo de ciudadanía y madurez en los cargos públicos. Como bien dices, deseable para todos los días y circunstancias del año.
–Cuándo usted acompaña por las calles a alguna de las cofradías, supongo que las expresiones de las caras del cofrade de acera lo dicen todo
–Es curioso el juego de miradas que se establece entre quien va en el interior de la procesión y quien observa fuera de ella. Dos perspectivas diferentes sobre la misma realidad. Cada mirada es expresión de una vida y una historia: creyentes, no creyentes, turista, paisano, en la acera, en los balcones… y mucha gente creyente que mira, reza y llora, también.
–En definitiva, en Valladolid se sigue apostando por la propia herencia, la sobriedad y los íntimos sentimientos, ¿es así en su opinión?
–Este sería un buen deseo para todos nosotros. No renunciar al carácter austero de nuestra índole castellana. Claro que tenemos que estar abiertos a la novedad y enriquecer nuestra Semana Santa con aquello que pueda ayudar a los fieles a comprender y vivir mejor el misterio que celebramos y procesionamos, pero sin olvidar lo que somos, porque, de lo contrario, celebraríamos algo artificial y ficticio, algo que no nos representan ni pertenece.
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