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Domingo, Paloma y Luis (detrás) y Julio y Marián (sentados), en la residencias Emperador Teodosio de Segovia, Antonio de Torre
Coronavirus en Segovia: Los ángeles de la guarda del Samur

Los ángeles de la guarda del Samur

El segundo contingente de sanitarios y técnicos especialistas del Ayuntamiento de Madrid deja hoy Segovia entre el aplauso y el reconocimiento general

Carlos Álvaro

Segovia

Lunes, 20 de abril 2020, 07:44

Forman parte del segundo contingente, integrado por 17 hombres y mujeres, que el Samur (el servicio de atención sanitaria de urgencias del Ayuntamiento de Madrid) ha enviado a Segovia para ayudar en el día a día del Hospital General y de las residencias de mayores de capital y provincia. Después de seis jornadas de intenso trabajo y no pocas emociones, hoy regresan a Madrid, satisfechos con la labor realizada y el cariño, la simpatía y el agradecimiento de todo el pueblo segoviano. «A Segovia lo único que podemos hacer es agradecerle cómo se ha portado con nosotros. Ha sido espectacular, en todos los sentidos. Todo lo que pueda decir es poco. ¡Hasta torrijas nos han traído los vecinos a la residencia!», dice el médico Luis Rodríguez, coordinador del grupo, que ha permanecido alojado en las instalaciones de la residencia juvenil Emperador Teodosio.

Con Luis están Marián Recuero –también médico–, la enfermera Paloma Miravet, el técnico de emergencias Domingo Salas y Julio Arenillas, especialista encargado del vestido, desvestido y descontaminación de todos sus compañeros. «En el Hospital General han estado muy mal. Tuvieron incluso que convertir en UCI la parte de Reanimación, porque no tenían espacio suficiente. Ha habido mucho personal de baja, con covid o síntomas, y estaban muy necesitados de ayuda. La cosa va mejorando, aunque no quiero lanzar las campanas al vuelo», cuenta Paloma Miravet, que ha ejercido como enfermera de apoyo en la UCI del Hospital de Segovia todos los días, de ocho a tres.

Luis y Marián, como médicos, se han encargado de la intervención, junto con otros compañeros, en las residencias de personas mayores, tremendamente castigadas por el azote del coronavirus. «Ha habido días muy críticos en los que han fallecido muchas personas, pero no son pocas las residencias donde nos dicen que llevan una semana sin nuevos casos, y eso es verdaderamente tranquilizador. Nosotros lo que hacemos es comprobar que se sectoriza bien, que se adoptan las medidas de profilaxis adecuadas, y echamos una mano en lo que podemos», señala Luis. «En algunas residencias hemos realizado ya segundas visitas y los informes han mejorado mucho en relación con los primeros. Los trabajadores de estas residencias están colaborando. Ellos también lo han pasado mal. Hay profesionales muy deprimidos porque han visto morir a personas con las que han trabajado los últimos años, que en cierto modo eran como de su propia familia y en algunos casos de su mismo pueblo, a las que han conocido desde niños. Han hecho todo lo que han podido y están desolados. Tienen todo nuestro reconocimiento», añade Marián.

Los trabajos de Domingo y de Julio son completamente distintos. La conducción de los vehículos y el apoyo logístico a médicos y enfermeros dependen del primero; por su parte, Julio ha desempeñado una labor crucial: la protección de sus compañeros. «Mi misión es aportar la seguridad que necesitan. La parte más importante de mi trabajo es procurar que el desvestido y la descontaminación se realicen de forma adecuada. Ellos tiene que sentirse completamente seguros, porque luego todos volvemos a casa y ninguno quiere regresar con el bicho», relata Julio.

Son días de mucho trabajo, pero también de riesgos. «¡Y lo que nos queda!», exclama Luis, consciente de que la lucha de los sanitarios contra la covid-19 no ha hecho más que comenzar: «Para nosotros, esta crisis va a durar mucho. Incluso, cuando se abran las puertas, tendremos que seguir enfrentándonos a pacientes que probablemente tengan la enfermedad. Hasta que no salga la vacuna o se realice un tratamiento especial, nos queda mucho que purgar. Año o año y medio, calculo».

Lo peor es vivir alejados o aislados de sus seres queridos. «Yo llevo más de un mes sin ver a mis hijos y, en casa, mi marido habita en una punta y yo en la otra. Estamos en primera línea y podemos ser transmisores», advierte Marián. También Luis ha tenido que tomar medidas de aislamiento en su propia casa: «Un día, saliendo del Ifema, pensé que no podía seguir igual, que estaba poniendo en riesgo a mi familia, así que me aislé en mi propia casa». Sin duda, es una de las cosas más duras. «Nuestros familiares son conscientes de la profesión que tenemos. Estamos más expuestos que cualquier otro ciudadano, pero lo asumimos», afirma Domingo, convencido de que todo acabará bien: «Saldremos de esta, seguro».

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