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Cecilia Hernández
Domingo, 27 de julio 2014, 13:15
Una pancarta en la verja de la entrada del asilo de Peñaranda indicaba que ayer se iba a producir lo que nadie quería que sucediera: la marcha definitiva de las Hijas de la Caridad. Una pancarta con la que alguien quiso mostrar su indignación por un hecho que no ha sido del todo entendido por mucha gente en la ciudad, pero que se explica así lo señalan los responsables- por la falta de vocaciones religiosas y por la avanzada edad que habían alcanzado ya las seis hermanas que permanecían en la residencia. Aún así, muchas lágrimas aparecieron ayer en los ojos de los asistentes al homenaje de despedida que el Ayuntamiento de Peñaranda de Bracamonte quiso brindar a estas monjas.
La capilla del asilo se quedó pequeña para acoger a las hermanas, representantes municipales encabezados por el alcalde -José Antonio Jiménez Barcala-, residentes, familiares y trabajadores de la institución. No faltaron tampoco otras integrantes de las Hijas de la Caridad, procedentes del colegio de la Encarnación de Peñaranda y de la residencia de ancianos del cercano municipio de Macotera.
Tras finalizar la eucaristía, el alcalde agradeció la labor ejercida por esta orden religiosa al frente del asilo, tarea de la que se ocuparon desde la fundación de la institución, en 1935, y ayudó a sor Feli, una de las hermanas, a descubrir una placa en el vestíbulo del edificio que, a partir de ahora, recordará para la posteridad el trabajo silencioso llevado a cabo por estas hermanas durante casi 79 años. Asimismo, el Ayuntamiento hizo entrega a cada una de las monjas de una insignia con el escudo de la ciudad, «para que lleven a Peñaranda donde quieran que vayan», dijo el primer edil.
Legado de Elisa Muñoz
Por su parte, el sacerdote don Antonio Marcos, capellán de la residencia asilo desde hace 35 años, recordó las vicisitudes por las que ha pasado la institución, fundada a través del legado de la benefactora Elisa Muñoz Rodríguez dejado a su muerte en 1927. «La casa empezó a funcionar en 1935, pero justo al año siguiente tuvo que convertirse en hospital a causa de la Guerra Civil y al finalizar ésta, con la explosión del Polvorín hubo de acoger también a muchos que se quedaron desamparados entonces», explicó el sacerdote, gran conocedor de la historia del asilo, ya que fue capellán en los años 50-60 y volvió a ocupar ese puesto a finales de los años 70.
Fue don Antonio quien también explicó los intentos que desde el patronato que regula el funcionamiento del asilo se han hecho en los últimos meses para tratar de evitar todo lo posible que este momento llegara. «Desde hace un año y medio llevamos luchando para que no pasara, pero al final no hemos podido prorrogarlo más», confesó el religioso, que disculpó la no presencia del párroco Demetrio Franco -presidente del patronato- porque se encontraba celebrando una boda en ese mismo momento.
Con la lectura de una carta por parte de Susana Moreno, responsable de los talleres de la memoria del Ayuntamiento, en representación de todas las trabajadoras seglares del asilo, concluyó la emotiva ceremonia de despedida, que marca un antes y un después en la existencia de esta institución. Las seis hermanas, según explicaron ellas mismas, se repartirán ahora por diferentes congregaciones de su orden de España, desde Madrid a Zamora.
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