

Secciones
Servicios
Destacamos
Del edificio, de lo que edificio fue, no queda más que una montonera de cascotes desparramada sobre el solar. Ni vestigio, más allá de la ... elocuente memoria, permanece: la polvareda se desvaneció tiempo ha. Tan desmesurada ha sido la demolición que ha amortizado el capital de las expectativas, ha recogido las palanganas de lágrimas, con meses de anticipación. El mismo título elegido para esta ventana tras el regreso del Pucela a Primera, «Caminando sobre el alambre», apuntaba a a una temporada de zozobra, a un previsto padecimiento, al riesgo de una caída al precipicio..., pero descartaba el sosiego de quien –disuadido por una realidad imperante– ha de asumir la fatalidad, despreciaba la virtualidad de que el caminar cesase inopinadamente, no considera el hecho de que no se produjese caída sino lanzamiento al vacío. Del caminar pendiente, como del que observa el solar en el que, tras el derrumbe, habrá de construir, solo cabe escudriñar alguna imagen mental que estimule, algún desempeño del equipo que aliente.
En San Sebastián, descartado el valor del potencial puntaje del encuentro para acariciar siquiera los objetivos mínimos, sin confianza en una metamorfosis que transformara la cara del equipo en el partido concreto, nos conformábamos con alguna imagen grata que alentase el optimismo: una mejoría en el juego, una voluntad de romper con una dinámica de apocamiento, la recuperación de jugadores alicaídos, la irrupción definitiva de algún canterano hasta ahora renuente... Al final, ni sí, ni no. O un poco de cada. Mejoró la apariencia, se mantuvo la sustancia. Por instantes parecía que la sorpresa podría llegar; en un instante, la defensa encadenaba errores groseros y nos despertaba de la ensoñación. El Pucela, como aquel Platero del libro de Juan Ramón Jiménez que me obligaron a leer en la EGB, «es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos». Hasta Álvaro Rubio, tan comedido, tan en su papel, se ha visto forzado a verbalizar la incapacidad: «No nos da para más, es evidente». Asume que a su equipo «Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas...». Demasiado esponjoso para no terminar patas arriba al menor empellón.
Entonces, en séptimo, me abrumaba tanto algodón, no conseguí terminar el libro. La obligatoriedad de su lectura se consumaba con la realización de un examen que logré superar leyendo algún resumen. De haber aguantado al mullido burro hasta el capítulo XXI habría sabido que el Pucela–Platero «va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las picaduras [...]. Al abrir los ojos, después de un sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna blanco, frío en su ardor, espectral...». O hasta el LX, «A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo». Las nueve citas pendientes se escribrirán en forma de elegía. Nueve torturas previas al brote de una nueva ilusión.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.