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Por la noche hicieron a Don Quijote y a Sancho Panza una burla muy teatral, puro espectáculo. En medio de incesantes gritos, cornetas y antorchas, ... aparecieron tirados por bueyes varios carros repletos de encantadores, demonios y el gran mago Merlín, que dijo solemne que para poder desencantarse Dulcinea de la fea figura de aldeana que según Sancho había adquirido (cuyo olor a ajos crudos «encalabrinó y atosigó el alma» al caballero), el escudero se debía dar de su propia mano «tres mil azotes y trecientos en ambas sus valientes posaderas». Pero antes, Los Duques les habían llevado a una intensa jornada de caza de montería.
Ocurrido lo que ocurrió esa mañana, Sancho hizo luego en la comida que tuvieron en unas grandes tiendas con mesas lujosamente preparadas, este comentario:
«–Yo no sé qué gusto se recibe de esperar a un animal que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida (…) no querría yo que los príncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un gusto que parece que no le había de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido delito alguno»
(Q. II, 34. RAE, 2015).
Y el Duque le contestó:
«–Antes os engañáis, Sancho –respondió el duque–, porque el ejercicio de la caza de monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipes que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer (…) al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es para todos, como lo es el de los otros géneros de caza, excepto el de la volatería [cetrería], que también es sólo para reyes y grandes señores. Así que, ¡oh Sancho!, mudad de opinión, y cuando seáis gobernador, ocupaos en la caza y veréis como os vale un pan por ciento».
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Con la mirada del siglo XXI, la última frase de Sancho Panza se podría interpretar como una forma avanzada de conciencia ecológica, contraria a la caza, pero lo cierto es que el escudero reconoció que la de «liebres o de pajarillos» sí le gustaba. En realidad, lo ocurrido durante la montería fue que un enorme jabalí llegó de pronto donde estaban apostados. Don Quijote espada en mano, Los Duques y su gente con «venablos» de afiladas cuchillas. Y detrás, Sancho Panza desarmado con un vestido de color verde que le dieron para la ocasión. Cuando el escudero vio acercarse al enfurecido animal, dejó solo al rucio y salió corriendo despavorido para subirse en una encina. Las ramas se rompieron con el peso y se quedó enganchado cabeza abajo, rasgando su bonito vestido de campo (que había pensado vender por ser de «finísimo paño»). El fiero jabalí finalmente fue alanceado por Los Duques y otros muchos, y cayó abatido.
El miedo guarda la viña, es un sabio refrán. Un mecanismo de defensa necesario para sobrevivir, para no caer en la ingenua seguridad o falta de previsión ante peligros reales. Las guerras entre tribus, naciones y sociedades de seres humanos se han producido casi siempre a lo largo de la Historia, y se siguen produciendo, por la ambición de riquezas y de territorio, por la ambición de Poder. Algo que no ocurre con los animales, más simples, más 'nobles' en cierto modo. Los 'depredadores' humanos poderosos tienen capacidad de poner en riesgo la vida y la libertad de los demás en cuanto lo deciden, no hace falta azuzarles. Las sociedades no armadas, débiles en este sentido, son más vulnerables para ser atacadas y sometidas. 'Si vis pacem, para bellum'. Pero también sucede que el miedo, cuando es excesivo, consigue oprimirnos el corazón y restringir la libertad que tenemos. Limitar nuestras vidas volviéndonos temerosos, huidizos, personas desconfiadas a la defensiva, preocupadas, angustiadas, evitativas. Un dilema de nada fácil equilibrio para la especie 'mulier / homo sapiens' en todo tiempo y lugar.
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