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Don Quijote «oyó un gran rumor de tambores, de trompetas y arcabuces». Subió una loma y contempló una multitud de aldeanos armados. En medio, un ... estandarte con un pequeño asno rebuznando. Dedujo que «aquella gente debía de ser del pueblo del rebuzno», y que se disponían a entrar en batalla con los de los pueblos de alrededor que empezaron a burlarse de ellos al correrse la voz de que, al menos dos de sus concejales, sabían rebuznar tan bien como los propios animales. Esto sucede en el Capítulo XXVII de la Segunda parte (RAE, 2015). Bajó la loma y llegó hasta el estandarte, dejando a todos sorprendidos por su aspecto haciéndoles creer que era «alguno de los de su parcialidad». Situado en el centro de aquellos ejércitos, pidió permiso para hablar y dijo:
«–Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey en la guerra justa; y si le quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables».
Un punto de vista coincidente con el aceptado por la sociedad y por la teología moral de la época (nota al pie). Y se sobrentiende que también por Cervantes.
La evolución de las sociedades occidentales más civilizadas y los movimientos pacifistas activos desde la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam, han hecho que las «cinco causas» que Cervantes considera legítimas para «tomar las armas y desenvainar las espadas», se hayan reducido. El concepto de «guerra justa» está sujeto a la aprobación democrática de los Parlamentos y a leyes nacionales e internacionales. Un Jefe de Estado o un Presidente de República o Gobierno pueden decir que una guerra es 'justa', pero los ciudadanos y los Tribunales pueden decir que no. El criterio fundamental para utilizar las armas y entrar en guerra hoy día es la legítima defensa. Sólo ante un ataque contra la vida o la libertad de los ciudadanos, o contra el territorio de una nación, se considera aceptable, 'justa', la respuesta armada. En Estados Unidos no se tiene el mismo enfoque sobre la guerra que en Europa occidental y Canadá. El criterio preventivo determinado por intereses económicos y geoestratégicos puede prevalecer. Aun así, en el conjunto del mundo civilizado se ha producido una evolución social pacifista muy notable respecto de los tiempos de Cervantes, hace cuatro siglos.
El pacifismo de la sociedad europea es muy reciente. El cambio de mentalidad lleva activo menos de un siglo, una magnitud de tiempo histórico ínfima. No es posible asegurar que sea un cambio estable. En Europa occidental disfrutamos de un periodo de paz inusualmente largo de 80 años, después de la terrible devastación de la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de la Historia, la guerra ha sido una constante en el comportamiento de la especie 'homo sapiens'. Los pensadores y antropólogos menos optimistas están seguros de que la guerra volverá, justa o injusta. Ojalá se equivoquen. La evolución social civilizadora no es una flecha irreversible en el tiempo. Evolucionar es un proceso tan posible como involucionar. A pesar del avance cultural en la mentalidad de los ciudadanos, hasta ahora no se ha producido ningún cambio genético o estructural en el cerebro humano, ninguna reducción de su componente instintivo-agresivo. Tenemos el mismo cerebro que hace 5000 años. El mundo sigue lleno de países y líderes poco civilizados. La mayor garantía de paz, siendo realistas, es ser más fuertes que quienes se consideran enemigos nuestros. Esperemos que Europa sepa seguir actuando con la mayor racionalidad, diplomacia y prudencia posibles para evitar la guerra. Se lo debemos a las nuevas generaciones. 80 años de paz son pocos.
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