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Concentración y disciplina son las dos palabras que repiten los músicos ‘veteranos’ de la orquesta In Crescendo al referirse al poso que deja la música en su rutina estudiantil. En febrero de 2011 comenzó a sonar un embrión musical, tutelado por los profesionales de la Sinfónica de Castilla y León, en el colegio Allúe Morer, al final de las Delicias. Aquellos intérpretes fundacionales cursan secundaria en el instituto Arca Real. Alguno que cambió de barrio como la violista Elena Hernández, ahora vive en La Victoria, sigue escolarizada en ese centro por la orquesta. El efecto In Crescendo ha hecho que la optativa más demandada en el Arca Real sea la música, con Inés Mogollón al frente. Ella y María Quintana, directora del instituto, tienden puentes con el colegio, con el responsable del proyecto, Víctor Teresa, y con el resto del profesorado.
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In Crescendo mantiene dos grupos, el de los mayores y el de los pequeños. «Para poder tocar todos juntos hacemos arreglos de los mismos temas con diferente dificultad», explica Víctor. Entre los mayores, hay un cuarteto de cuerda formado por César Escudero e Isagel Hamann a los violines –también se alternan en el papel de concertino–, Bard Kesbakhi, viola, y Carlos de la Fuente, chelo. Este último probó el salto al conservatorio pero terminó dejándolo, «llegaba muy tarde a casa y tenía muchos deberes por hacer. Es distinto, allí estaba solo, se estudia más pero es menos divertido».
César alterna sus dos pasiones, el fútbol y la música. Antes que el violín tocaba percusión y en el primer año de In Crescendo era el niño del cajón, «eso lo llevo en la sangre, me sale sin estudiar». Badr toca la viola y aguanta bien los chistes. A este marroquí que ha crecido en las Delicias le gustan las bandas sonoras, es el repertorio que propone a su director. Isagel Hamann quiere estudiar psicología o derecho y su manera de desestresarse es coger el violín. La hubiera gustado llevarlo el año pasado a la República Dominicana cuando visitó a su familia. A todos la música les «cambia el estado de ánimo». Les gusta tocar fuera, además del concierto anual en el instituto. Mamadou recuerda la vez que compartieron escenario con los chavales de la Boston Philarmonic con quienes mantienen contacto por las redes.
Recuerdan el concierto en la planta psiquiátrica infantil del Clínico. «Es una alegría grande ver sonreír a otros niños», dice Carlos. César no lo vio porque estaba tocando pero en el concierto en ASPACE le dijeron que Gonzalo, un chaval que llevaba mucho tiempo quieto, comenzó a mover el brazo con su música. A sus quince años de media, se paran para buscar la palabra adecuada, no son enfermos. Si se les pregunta por el futuro, ninguno considera la música profesionalmente aunque quieren aprender más, les gustaría tener más horas de clase, ampliar repertorio. Coinciden en verbalizar lo que la música les ha regalado, una forma de organizar su cabeza.
El 85% de los estudiantes de la zona termina la enseñanza obligatoria. A partir de ahí hay un grupo que se decanta por la FP. Los miembros de In Crescendo han conocido la Universidad de Valladolid. Fueron a tocar a «aquel cole grande» que dejó de ser algo ajeno y pasó a ser una posibilidad más. Su orquesta les abre puertas a mundos nuevos aunque conocen el precio; concentración y disciplina.
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