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Fachada del monasterio de San Joaquín y Santa Ana. En los retratos, el arquitecto Francisco Sabatini y el pintor Francisco de Goya. Rodrigo Jiménez

Tres 'goyas', arte desbordante y fuerzas telúricas en uno de los museos más desconocidos de Valladolid

Valladolid secreta ·

San Joaquín y Santa Ana conjuga arte y misterio en el que se considera el exponente más puro de la arquitectura neoclásica de la ciudad

Lunes, 11 de noviembre 2019

Las ciudades, como las personas, encierran enigmas y singularidades cuya propia clandestinidad es un misterio en sí misma. Solo así se explica el aura de desconocimiento que rodea el Museo de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid; una de las joyas patrimoniales menos visitadas de la capital vallisoletana pero que encierra una fascinante historia en la que se entremezclan los relatos de uno de los arquitectos más sublimes del siglo XVIII, con la existencia de los únicos tres cuadros de Goya en Castilla y León aderezado con fuerzas telúricas que se concentran en una estrella de ocho puntas adosada en el suelo de la nave central de la iglesia y un historial de exorcismos practicados en un monasterio que atesora la mayor diversidad artística que uno se puede imaginar en el mundo de las artes. Es difícil que un solo espacio encierre tantos enigmas, pero este museo, que se alza en el número 4 de la plaza de Santa Ana, ha logrado conjugar arte y misterio entre los muros de un edificio que se considera el exponente más puro de la arquitectura neoclásica. La protección institucional le llegó en 1955 con la declaración de Monumento Histórico Artístico, aunque no así la aceptación de un público profano en sus encantos.

Pocos son los que conocen el vasto patrimonio de este museo, que custodia más de 8.000 piezas entre pinturas, esculturas, joyas y ornamentos sagrados. Solo 1.200 de estas piezas están expuestas. Con el resto se podría modelar otro museo. La riqueza y diversidad de su colección se debe al hecho de que las hermanas bernardas propietarias del monumento procedían de clases sociales muy altas. Según relata Jesús Antonio del Río Santana, director del Museo de San Joaquín y Santa Ana, estas religiosas «eran hijas de condes, duques y marqueses, y accedían al convento con sus posesiones, por eso es tan difícil cuantificar el patrimonio del museo».

En la imagen superior, uno de los pasillos que atesora la colección de trajes religiosos. En la segunda fotografía, el 'Cristo yacente' de Gregorio Fernández, imagen titular de la Cofradía del Santo Entierro. En la tercera imagen, Jesús Antonio del Río Santana, director del Museo de San Joaquín y Santa Ana. Rodrigo Ucero
Imagen principal - En la imagen superior, uno de los pasillos que atesora la colección de trajes religiosos. En la segunda fotografía, el 'Cristo yacente' de Gregorio Fernández, imagen titular de la Cofradía del Santo Entierro. En la tercera imagen, Jesús Antonio del Río Santana, director del Museo de San Joaquín y Santa Ana.
Imagen secundaria 1 - En la imagen superior, uno de los pasillos que atesora la colección de trajes religiosos. En la segunda fotografía, el 'Cristo yacente' de Gregorio Fernández, imagen titular de la Cofradía del Santo Entierro. En la tercera imagen, Jesús Antonio del Río Santana, director del Museo de San Joaquín y Santa Ana.
Imagen secundaria 2 - En la imagen superior, uno de los pasillos que atesora la colección de trajes religiosos. En la segunda fotografía, el 'Cristo yacente' de Gregorio Fernández, imagen titular de la Cofradía del Santo Entierro. En la tercera imagen, Jesús Antonio del Río Santana, director del Museo de San Joaquín y Santa Ana.

Entre sus joyas patrimoniales destacan el Cristo yacente de Gregorio Fernández (hoy en día imagen titular de la Cofradía del Santo Entierro), la Dolorosa de Pedro de Mena, obras de la imaginería andaluza y castellana del los siglos XVI, XVII y XVIII, y unas de las colecciones más extensas en ornamentos sagrados que incluye casullas, dalmáticas, paños de pureza y de altar. Y, por supuesto, los tres 'goyas'.

«La reacción de los turistas es sorprendente cuando llegan aquí y se topan con estas tres obras. Te preguntan, ¿pero son auténticos? Y no solo les explico que sí lo son, sino que son los únicos de este autor en Castilla y León y de los pocos que se pueden ver dentro del propio contexto en el que fueron inicialmente concebidos», explica Del Río Santana.

Los tres retablos de Goya en la nave central de iglesia. En la última imagen, 'El tránsito de San José', en el que el pintor se dibujó como Jesús ante el lecho de muerte de su propio padre. Rodrigo Ucero
Imagen principal - Los tres retablos de Goya en la nave central de iglesia. En la última imagen, 'El tránsito de San José', en el que el pintor se dibujó como Jesús ante el lecho de muerte de su propio padre.
Imagen secundaria 1 - Los tres retablos de Goya en la nave central de iglesia. En la última imagen, 'El tránsito de San José', en el que el pintor se dibujó como Jesús ante el lecho de muerte de su propio padre.
Imagen secundaria 2 - Los tres retablos de Goya en la nave central de iglesia. En la última imagen, 'El tránsito de San José', en el que el pintor se dibujó como Jesús ante el lecho de muerte de su propio padre.

Que estas tres obras deslumbren desde el lado de la epístola de la nave de la iglesia no es ningún misterio. En 1777, las religiosas recoletas de San Bernardo pidieron ayuda a la Corona para recuperar el antiguo monasterio, que se encontraba en estado de ruina. El rey Carlos III encargó la obra al arquitecto italiano Francisco Sabatini, autor de numerosas obras en Madrid como la Puerta de Alcalá y el Palacio Real. El de Palermo llegó a asegurar que aquel monasterio vallisoletano se trataba de su mejor obra arquitectónica, por lo que cuidó con mimo su decoración, llegando a solicitar al rey nuevos lienzos que sustituyeran los que él consideraba inadecuados para cubrir los muros de su tan magna obra.

Datos del museo

  • Ubicación: Plaza de Santa Ana, 4. Valladolid

  • Horarios: Miércoles a lunes, de 10:00 a 14:00 horas, y de 17:00 a 20:30 horas. Martes cerrado.

  • Visitas guiadas: Para grupos: los viernes, de 10:00 a 13:00 y de 17:00 a 19:30 h. Reservas: 902.500.493  

  • Precios: Entrada general, tres euros. Niños hasta doce años, gratis.

  • Teléfono: 983 357 672

  • Páginas web: www.museosanjoaquinysantaana.es

Fue así como Carlos III encargó esta labor a sus pintores de cámara, que no eran otros que Ramón Valle y Francisco de Goya. Así llegaron a Valladolid en 1787 'La muerte de San José) (en la que el pintor reflejó el fallecimiento de su propia padre) y 'Santa Ludgarda' y 'San Benito', principales reformadores del Císter en aquella época.

Aunque la injerencia de Sabatini en la historia de este real monasterio va mucho más allá. Al arquitecto le gustaba dejar su impronta en cada una de sus obras. No solo impulsó que estos tres 'goyas' colgaran de sus paredes, también procuró que el edificio incluyera varios elementos de la orden de los templarios. La propia planta se distribuye de forma octogonal y, en el suelo de la nave central, frente al altar, y muy cerca de las obras del pintor zaragozano, se dibuja una estrella de ocho puntas: un elemento que busca canalizar las energías telúricas que, al parecer, discurren por ese lugar y que confieren a la persona que se coloca sobre la imagen una sensación de bienestar inexplicable.

La estrella de ocho puntos que concentra la energía telúrica de la corteza terrestre. Rodrigo Ucero

Aunque, tal vez, lo más sorprendente es que la iglesia católica permitiera a Sabatini incluir este elemento en el edificio: «El arquitecto era un hombre particular, le gustaba dejar su impronta en sus obras y aquí no iba a ser menos», explica el director del museo, que aclara que hace unos años un científico estadounidense acudió allí a investigar la estrella «y me aseguró que en la corteza terrestre existen metales en forma líquida, y que es posible armonizar esta situación con las sensaciones que podemos captar, y que cuando más cerca se esté del núcleo, más fuertes son esas energías. Yo era muy escéptico y la verdad es que me convenció».

Aunque la leyenda de la iglesia de San Joaquín y Santa Ana va aún más lejos. En alguna ocasión el edificio ha acogido la práctica de exorcismos por parte de religiosos autorizados, como el padre José Antonio Fortea. Uno de los casos incluso llegó a los tribunales ya que una menor burgalesa que fue sometida a trece exorcismos en este lugar en 2014 acabó suicidándose años más tarde. Una historia que, para su pesar, también forma parte de uno de los edificios más emblemáticos y representativos de la ciudad, aunque siga siendo todo un misterio para muchos vallisoletanos y turistas.

La luz sobre la custodia hace que refleje el crucificado en el fondo. Rodrigo Ucero

¿Un altar sin crucificado?

El Museo de San Joaquín y Santa Ana esconde otro misterio cuyas raíces se hunden en el carácter peculiar y rebelde del arquitecto Francisco Sabatini. El italiano no solo colocó símbolos templarios en esta iglesia junto con la estrella de ocho picos; además se dio el lujo de no respetar los dictados del Concilio de Trento cuando especificaba que, sobre el altar, debía ubicarse un Jesús crucificado. El malestar de las autoridades eclesiásticas era inevitable, pero Sabatini se guardaba una sorpresa para el mismo día de la inauguración. El 2 de octubre de 1787, a las 8:00 horas de la mañana, la luz que se colaba por la linterna del templo proyectó sobre el altar la imagen de un gran crucificado que dejó a todos los presentes boquiabiertos. De esta forma, el arquitecto cumplió con los preceptos del Concilio y, a la vez, se salió con la suya mientras inventaba, sin saberlo, la primera diapositiva de la historia. El secreto no era otro que una imagen de Jesús que talló en cuarzo en lo alto de una custodia de plata sobredorada engarzada con rubíes, brillantes, esmeraldas y perlas. Otra de las joyas desconocidas del museo vallisoletano.

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