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Que Torrecilla de la Abadesa –276 empadronados el año pasado– no tenga colegio significa, ante todo, que no hay niños. O no los suficientes para mantener abierto un colegio rural. Media docena, a lo sumo, según los cálculos de dos de sus vecinas, Aurora Milán y Milagros Monje, quienes explican que los que hay acuden a Tordesillas, situada a apenas nueve kilómetros, a estudiar.
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No ocultan estas sexagenarias su tristeza por el cierre de las escuelas. Nadie allí, de hecho, lo hace. Porque solo han pasado seis meses desde que el centro rural agrupado Padre Hoyos, perteneciente a Torrelobatón, despidiera a su última alumna. Arrancó el curso pasado con cinco niños, cuatro de ellos hermanos, pero, pasada las fiestas de Navidad, la familia de estos pequeños decidió mudarse a Tordesillas, de forma que solo se quedó una niña allí aprendiendo junto a su tutora.
Y «lo peor» de todo –coinciden numerosos torrecillanos– es que saben que en sus pupitres no volverán a sentarse chavales con ganas de comerse el mundo, ni volverán a mirar ojos curiosos a través de esos enormes ventanales que 'vigilan' los campos de labranza.
Aún recuerdan el griterío, no hace tanto, de la juventud a la hora del recreo. También «la vida» que daba al pueblo el trasiego de padres y abuelos acompañando a clase a los pequeños de la casa. «Hay mucha tristeza, se notaba el bullicio de los críos yendo al colegio, se veía mucho movimiento y ahora nada», lamenta Milán, mientras busca la mirada cómplice de su amiga. Ésta responde contundente: «Torrecilla ni puede ni va a acabar nunca. Hay muy poquitos niños y es muy triste, es verdad, pero de cincuenta y tantos hay una tanda grande y son gente que se mueve y da vida al pueblo», considera Monje.
El correteo de niños por sus calles y plazas es, desde hace años, testimonial. Ya no hay vuelta al cole en Torrecilla, algo que vacía de vida su día a día y consume cualquier ápice de esperanza sobre el futuro y la supervivencia del medio rural. «Madre mía, con lo que ha sido esto y los que éramos cuando yo iba a la escuela. Da lástima ver cómo se están quedando los pueblos», dice Mari Laguna, de 86 años, apuntando con su garrota de madera hacia lo que era el colegio, hoy cerrado a cal y canto. Pese a todo, resalta que bajo ningún concepto cambiaría la «tranquilidad» de 'su' Torrecilla por la ciudad o una localidad más grande. «Ay lo que se pierden los de la ciudad...», espeta, con una media sonrisa escondida bajo la mascarilla pero que desvela su mirada achinada.
276 empadronados tenía Torrecilla de la Abadesa el año pasado, según el INE.
Dónde está Se ubica a 41 kilómetros de Valladolid capital y a nueve de Tordesillas.
Curiosidades Está incluido dentro del espacio natural protegido de las Riberas de Castronuño, que puede recorrerse en bicicleta o andando.
«Si hubiera más casas, todo sería más fácil». Lo dice Emilio Calvo, que no esconde su decepción por el «vuelco» que ha experimentado la localidad en los últimos años, potenciado fundamentalmente por la covid y agudizado además por el cierre del centro educativo. «Aquí lo que hay que hacer es poner las cosas fáciles a las familias, que haya posibilidad de alquilar, porque hay muy pocas viviendas vacías», sostiene este hombre, quien augura un porvenir «bastante oscuro si no llega gente joven». «De nada te sirve que haya críos viviendo en el pueblo si luego se van a estudiar a otro sitio, o si cuando vuelven de la universidad se encuentran con que no hay trabajo ni posibilidad de quedarse», añade.
Las frases
Mari Laguna, vecina de 86 años
Emilio Calvo, vecino
Milagros Monje, vecino
Fernando Rubio, vecino
El curso pasado, la garantía de una menor ratio de alumnos por clase llenó numerosos municipios vallisoletanos de nuevas familias motivadas, fundamentalmente, por el hecho de no tener que lidiar con excesos de aforo en las aulas ni problemas a la hora de guardar la distancia de seguridad. Pero fue tan solo un parche. Porque el cierre de colegios rurales está a la orden del día.
No es Torrecilla de la Abadesa una excepción. La escuela de Piña de Esgueva tampoco recibirá a más niños con ganas de aprender, aunque en esta ocasión por decisión de sus padres de que aprendieran en Esguevillas de Esgueva. En la cuerda floja están a día de hoy tres centros de la provincia: el de Rodilana –con tres alumnos– y los de Lomoviejo y Villagarcía de Campos, con cuatro cada uno.
«Ni somos los únicos ni tampoco los últimos», augura Primitiva Vargas, de 84 años, natural de Villalar de los Comuneros pero afincada en Torrecilla desde hace 62 años. Comenta que «nunca lo había visto así» y piensa que la única forma de «levantar» al medio rural es «animar a los jóvenes a que tengan hijos». «El año pasado solo nació un bebé, ya me contarás, si cada día somos más viejos», asevera. «Antes es que éramos muchos, ya había generaciones atrás en las que se notaba que iba cayendo esto, pero nunca como hasta ahora. Me parece a mí que como sigamos así, las escuelas no se vuelven a abrir», sentencia.
Saben bien allí que será muy complicado recuperar lo que era el colegio para un uso educativo. Lo único que buscan ahora es no dejar 'morir' ese espacio y, por ello, dos jóvenes del pueblo pusieron en marcha una iniciativa para que albergue un espacio de 'coworking', es decir, un espacio de trabajo compartido.
Luchan, además, porque no desaparezcan otros servicios. «Antes había tres bares y ahora solo nos queda uno. Aquí la gente siempre ha sido muy activa, de salir a la calle y no parar quietos en casa, pero ya somos muchos mayores, y si los jóvenes se van, ya me dirás qué hacemos», revela otra vecina, Amparo Casado –de 81 años–, quien afirma que la pandemia les ha hecho «añicos». «Está todo terrible, se ha quedado muy triste, nos ha dado un cambio para mal», precisa.
La sensación que recorre este municipio vallisoletano es, por lo general, de pesimismo. Aunque quienes allí residen destacan el bienestar de vivir en un pueblo, en general, y en Torrecilla, en particular, coinciden en que necesita un «impulso» que le ayude a remontar el vuelo y a volver a ser esa localidad que animó, por ejemplo, a Fernando Rubio a trasladar ahí su proyecto de vida hace ahora cinco años. «Es todo muy tranquilo, es lo que me llamó la atención», justifica este hombre, al tiempo que admite que, en su caso, poco o nada le ha repercutido el cierre del colegio. «Yo creo que no se ha notado mucho cambio, si solo iban tres niños. La vida sigue siendo igual de tranquila que antes».
Asimismo, hace suya y adecua la máxima de que «como aquí, en ningún sitio». Lo único que echa en falta es una tienda y una sucursal bancaria. «Lo demás» –dice– lo tienen. «Es un poco molesto tener que ir a Tordesillas al banco o a comprar, pero por lo demás se está perfecto», sentencia. Quien tampoco cambia su vida en Torrecilla pese a ver el «porvenir muy negro» es Gloria Higuera. «Cada vez está más deshabitado y lo que cierra está claro que no abre, pero se vive tan bien aquí...», concluye.
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