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Memoria sepultada a tiros en el pozo de los horrores de Medina del Campo

Memoria sepultada a tiros en el pozo de los horrores de Medina del Campo

Guerra Civil ·

Las pruebas permiten identificar los cuerpos de dos modistas y de un hombre y su hijo, los cuatro de Pozal de Gallinas, ajusticiados en 1936 y arrojados a la fosa común medinense

J. Sanz

Valladolid

Domingo, 3 de octubre 2021, 08:08

A Francisco, un modesto agricultor de 50 años, le acribillaron literalmente a balazos. Nada menos que seis disparos, a bocajarro y de cara, recibió en la cabeza, y otros muchos en el cuerpo, antes de ser arrojado al fondo de un pozo en mitad de la nada en Medina del Campo. Allí, junto a su hijo Feliciano, de tan solo 18 años, al que intentó defender –ese fue su único delito–, fueron localizados los que, según todos los indicios, son sus restos mortales. A su lado, y en la misma cota a más de treinta metros de profundidad, yacían dos mujeres jóvenes. Todo apunta a que se trata de las hermanas María Cruz y Victoria García, dos modistas del mismo pueblo que Francisco, Pozal de Gallinas, que fueron «arrancadas» de sus casas el 15 de agosto de 1936, en los albores de la Guerra Civil, para ser ejecutados los cuatro en los días siguientes (entre el 16 y el 17) y arrojados al fondo de un pozo de los horrores del que ahora, 85 años después, acaban de ser rescatados sus cuerpos junto a otros treinta y tres fusilados más por el bando sublevado.

Los cuatro vecinos de Pozal son las primeras víctimas en ser identificadas, a falta solo ya de la confirmación definitiva con el cotejo del ADN de sus familiares, de la fosa común que los autores de la matanza intentaron cubrir con vísceras de animales y cal y que el tiempo se encargó después de sepultar con toneladas de tierra removidas ahora por los especialistas de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), cuyo presidente, el arqueólogo Julio del Olmo, se muestra optimista en cuanto a la identificación definitiva de los restos de Francisco y Feliciano y de las dos hermanas García.

El trabajo arqueológico en el pozo de los horrores, situado en la finca de los Alfredos, a medio camino entre Medina y Rueda, acaba de concluir con el sellado del pozo con un brocal y una tapa de hormigón para garantizar su conservación al tratarse, al margen de su sangriento pasado, de una excavación del siglo XVII.

De sus profundidades, después de un año de complicadas labores de excavación, salieron a la luz los restos de 37 personas, en su mayoría ejecutadas «de cara» con pistolas o fusiles, cuya munición ha sido también rescatada del olvido, en el marco de un puzle que los expertos confían en ir poco a poco desenmarañando para poner nombres y apellidos a las víctimas de la represión que siguió al inicio de la contienda de 1936.

Los cuatro vecinos de Pozal fueron los primeros en ser arrojados a la fosa y los últimos en ser arrancados de sus entrañas. «La identificación de mi abuelo y de mi tío supone cerrar una herida enorme en mi familia y hace justicia a su terrible historia ocultada durante años», destaca Andrea, la nieta de Francisco Pérez, el agricultor de 50 años cuyo único delito fue «defender a su hijo Feliciano, mi tío, al que sacaron de casa por el mero hecho de cantar canciones republicanas y haber celebrado la victoria (en las elecciones del 16 de febrero de 1936) del Frente Popular». Su padre se lió a golpes con los captores y a él también le subieron al camión que les llevaría a la cárcel de Medina del Campo junto a las hermanas María Cruz y Victoria García, de 28 y 22 años. A ambas las sacaron de su casa de camino al centro de reclusión. «Solo queremos que las saquen del pozo y que alguien por fin se acuerde de ellas y de su historia», coincide en señalar Mariano, su sobrino, quien lamenta que su padre, hermano de las víctimas, «no esté ya para verlo».

Rematado por un cazador

A las hermanas García, dos modistas de profesión, las 'condenaron' a muerte por «bordar una bandera de España –la oficial era entonces la tricolor republicana– y quizás por ser hermanas de Bernardo, un sindicalista de UGT, al que mataron a golpes para después obligar a un cazador del pueblo a rematarle con su escopeta cuando intentaba huir en tren». El cuerpo de este último nunca fue localizado. Los de sus hermanas, a las que ejecutaron junto a Francisco y Feliciano en los dos días posteriores a su captura –el 18 de agosto ya habían desaparecido del centro de reclusión–, «sí parece que están identificados».

El estudio antropológico y forense apunta a que la edad de los dos cuerpos femeninos coincide con la de las víctimas –también la de los dos varones– y una de ellas, además, tenía una cojera conocida por sus familiares, cuyo único recuerdo es un metro de modista que conserva Mariano en su casa. «Mi familia sufrió una represión terrible, con tres hermanos ejecutados y su padre y otros hermanos encarcelados en Pamplona», ciudad a la que acabó huyendo finalmente toda la familia dejando atrás su localidad natal.

También tuvieron que dejar Pozal los familiares de Francisco (viudo en aquel momento) y Feliciano. «Les embargaron sus tierras y les dejaron sin nada hasta obligarles a marcharse y recalar finalmente en el País Vasco», cuenta Andrea, quien recuerda que su padre (de 11 años) y sus tías «pensaron que los iban a matar a todos».

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