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El policía que vio renacer Pajarillos: «El poblado llegó a ser una cárcel al aire libre»Secciones
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El policía que vio renacer Pajarillos: «El poblado llegó a ser una cárcel al aire libre»«La mayoría de la gente, de los vecinos del barrio, me miran bien y lo que sí que es verdad es que te agrada ... que incluso los delincuentes, aunque sean delincuentes, te saluden con amabilidad porque saben que ellos hace su trabajo y yo el mío», confiesa Jesús María Gómez (Valladolid, 1963), un veterano policía local que afronta su jubilación después de 28 años patrullando por Pajarillos, y más de treinta como agente, en los que ha vivido la época más dura del barrio y también su renacer a partir de la desaparición del poblado de La Esperanza. Allí, recuerda, llegaron a sumar hasta tres detenciones diarias. «Y más». El barrio, su barrio, destaca, «ha cambiado mucho y nada tiene que ver ahora con aquellos finales de los años noventa en los que se juntaban decenas de drogadictos, delincuentes, traficantes...».
A Jesús, cuya vocación le llegó un poco tardía -a los 29 años ingresó en el 092-, ya que primero, después de otros trabajos, quiso ser bombero, reconoce que sus más de tres décadas de agente de calle «le han llenado» y apunta que cuelga el uniforme «contento por una profesión que me ha encantado y en la que, al margen de algunos malos ratos, he podido ayudar a mucha gente y llevarme también el cariño de muchísimas personas».
Y es que el veterano agente, al que sus compañeros, y también guardias civiles y policías nacionales, acaban de brindar una calurosa despedida en su comisaría de distrito en Delicias -en el antiguo colegio Luis Vives de la calle Hornija, donde él mismo estudio hasta quinto de EGB-, destaca que la labor de los policías va mucho más allá de multar. «Las multas son lo de menos, aunque por supuesto que hay que hay que denunciar, ya que, sobre todo, en un barrio en el que conoces a todo el mundo, te puedes confundir un día, pero si te confundes tres pues hay que corregirlo», señala antes de recordar cómo «muchas veces me han dicho: pero Jesús, si nos conocemos... Y siempre les he dicho que si lo haces mal, y lo haces mal adrede, pues te voy a denunciar. Es así».
Y ha puesto multas, claro, y detenido a delincuentes por decenas en su barrio. Y aún así se queda «con el cariño de los vecinos». De todos. «La mayoría de la gente me mira bien, incluso los delincuentes», reitera antes de aclarar que «eso significa que has tratado bien a todo el mundo, incluso a los que has detenido, y te lo reconocen cuando te saludan con amabilidad». Y los que no, «una minoría -añade-, pues peor para ellos. Si a alguno no le parece bien que le detengas, pues oye, que no la mangue...».
El agente municipal es, a fin de cuentas, un patrullero curtido en mil batallas desde sus inicios en aquellos últimos años del poblado de La Esperanza, aquella infame urbanización de finales de los años setenta que acabó convirtiéndose en los noventa en el mayor supermercado de drogas del noroeste del país y que fue borrada del mapa en enero de 2003 -sobre sus cimientos, al borde la calle Villabáñez, hoy se levantan modernos bloques de pisos-.
«Comencé en el barrio en 1997 y aquellos años fueron duros. Te movías entre delincuentes, drogadictos y traficantes y, por entonces, no contabas con el material de ahora», suspira antes de recordar que allí, prácticamente a diario, «te tocaba salir corriendo y, como aún llevábamos la gorra de plato, se te salía volando». Pero también fue una época en la que, policialmente hablando, y así lo reconocen todos los agentes que la vivieron, la concentración de delincuentes en el poblado facilitaba las detenciones, sobre todo, de ladrones de poca monta.
«Allí iban todos los toxicómanos de la ciudad, y de fuera, y también mucho delincuente porque para conseguir dinero para la droga tenían que robar», recuerda. Así que por entonces acudían allí a diario, en parejas por cuestiones obvias de seguridad, «y raro era el turno -de mañana y tarde-, no digo el día, en que no recuperabas un coche robado, detenías a algún despistado que estaba en busca y captura... Aquello llegó a ser una cárcel al aire libre».
Cuando cayó el poblado, el problema en cierto modo se dispersó, pero también se marchó de la ciudad. «Se repartió mucho la cosa y mucha gente se fue también a Salamanca, porque allí era más fácil comprar droga entonces, y no solo por la desaparición de La Esperanza sino también por la presión policial que rebajó muchísimo la venta, especialmente en Pajarillos».
El barrio, incide, «mejoró muchísimo y nada tiene que ver hoy con aquello, aunque es cierto que se sigue vendiendo droga porque, al final, si la gente pide droga va a haber gente que se la consiga. Es la ley de la oferta y la demanda».
Sus intervenciones diarias en aquellos primeros años le granjearon el respeto de los otros cuerpos policiales, y de ahí la cariñosa despedida que le brindaron el pasado 19 de marzo policías nacionales y guardias civiles, junto a sus compañeros, en la comisaría de distrito de Delicias. «Siempre he colaborado en lo que he podido con ellos y, recuerdo, entre otras muchos, detenciones de atracadores o delincuentes escurridizos a los que sorprendías aquí porque en sus pueblos eran más cautelosos». Y, confiesa, «la verdad es que me emocionó mucho esa despedida en la que participaron todos».
Pero su labor policial, reitera, «ha sido mucho más que detenidos y multas. Mucho más...». En estos más de treinta años, destaca, «he podido ayudar a mucha gente, por ejemplo, durante la pandemia, que fue una época también muy dura, ya que contra un cuchillo puedes hacer algo, pero contra un virus...». Y en aquellos meses, sobre todo, del confinamiento de hace cinco años, «ayudamos a muchísimas personas, especialmente a las mayores, que no podían salir de casa y a las que llevabas medicinas, la compra.... Fue bonito porque ayudabas a gente que lo necesitaba de verdad».
Jesús recuerda también con cariño a un hombre al que hace tiempo sacó junto a un compañero de una parada cardiorrespiratoria. «Entonces no teníamos desfibriladores y poca formación sobre eso, pero conseguimos sacarle y a los dos o tres días se presentó en la comisaría a darnos las gracias. Pero es que a los dos o tres años me lo encontré y volvió a agradecérmelo con cariño. Eso es muy bonito», incide.
Y hoy, más de treinta años después de que se enfundara por vez primera el uniforme de policía local, el veterano policía de barrio, de Pajarillos para más señas, echa la vista atrás para destacar lo mejor de su profesión: «No me arrepiento en absoluto de la profesión que elegí, me ha encantado y me ha llenado y me llevó el cariño de muchos vecinos, de mis compañeros y de los otros cuerpos... Creo que cuando tratas bien a la gente, a la buena y a la mala, ellos te devuelven lo mismo». Y en su caso cariño ha recibido de sobra.
Ahora le toca afrontar una nueva etapa y a los más agentes más jóvenes que tomarán su relevo, ya como veterano, les aconseja: «Hay que tener cabeza y pensar que estás aquí para ayudar, no solo para poner multas, que se ponen y muchas, porque hay mucho inconsciente, pero aquí hay que ayudar a la gente siempre, primero ayudar y luego si hay que corregir pues...» Y, concluye, al igual que a él le recomendaron sus antecesores: «Vista larga, paso corto y, si toca, mala leche».
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