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«¡Cómo pasa el tiempo!», decía Rosario López Giménez, con 106 años, desde el salón de su casa en Puente Colgante. Eran los meses previos ... a la pandemia, en octubre de 2019. Y después de una larga vida que comenzó en el Pasaje Gutiérrez, donde nació, tuvo que soportar durante sus últimos meses una larga pandemia que esquivó hasta el final. «Con las tres dosis falleció el pasado domingo», recuerda su nieta Noelia Gómez.
Rosario López falleció a los 108 años, «con una fortaleza enorme y ganas de vivir». Ella, que tanto disfrutó de la vida, no llevó bien el estallido de la pandemia. Los primeros meses de confinamiento y desescalada fueron duros sin poder ver a la familia tanto como quisiera. Su salud se resintió en octubre de 2020, cuando sufrió un ictus que le dejó sin habla. La familia decidió ingresarla en una residencia (Domusvo, en Arroyo de la Encomienda). «Ella comía por su cuenta, le encantaba dormir», cuenta Noelia.
Rosario siempre padeció de bronquitis crónica. En los últimos años, le dio algo de guerra. «De vez en cuando se pasaba una temporada en el hospital, le chutaban suero y volvía a casa perfectamente», recuerdan sus allegados. A principios de año, sufrió un nuevo achuchón por esa bronquitis y la ingresaron en el Río Hortega. Antes de la salir de la residencia le hicieron test de antígenos, negativo. En el hospital, una PCR, negativa. Pero seguía con sus problemas respiratorios. La situación se complicó en las últimas jornadas, «nos dijeron que había dado covid, aunque la prueba no era concluyente». El pasado domingo, falleció. «Ha tenido fortaleza hasta el final», asegura su nieta, quien recuerda que Rosario, con 108 años, era una de las mujeres más longevas de la provincia. Si no la mayor.
El Norte de Castilla contó su historia en el siguinte reportaje, publicado en octubre de 2019.
«Mira, mira. Mira qué joven era», dice, con una fotografía en las manos de cuando era soltera, España estaba en guerra y llevaba el pelo 'a lo garçon'. Unos números en el reverso dan cuenta de la fecha. Once de junio de 1938. Justo encima, una dedicatoria para el pretendiente: «A mi inolvidable Abel. Su Charito». «El traje me lo hizo mi madre. Blanco, con unas florecitas por aquí. Era precioso. Me lo puse porque esta era la foto que me saqué, en un fotógrafo que estaba al lado del Royalty (el café que hasta 1947 hizo esquina entre Santiago y Claudio Moyano), para entrar de cajera en el Banco Español de Crédito», recuerda, con esa memoria suya que es joyero del que no paran de salir alhajas.
Rosario nació (el 3 de octubre de 1913) en un cuarto piso (89 escalones) del Pasaje Gutiérrez, donde vivían sus padres: Jesusa y Francisco. Él fue peluquero en El Fígaro, una barbería «de postín» abierta en 1901 y que en 1914 se trasladó al número 6 de la calle Regalado. «Tenía tres o cuatro lunas de espejos y mi padre siempre decía que cuando Alfonso XIII venía a Valladolid se pasaba siempre por allí». Poco después, consiguió Francisco un nuevo trabajo como practicante barbero en la farmacia militar, que estaba en el mismo Pasaje Gutiérrez.
«Cuando llegaba la noche, antes de cerrar, mi padre nos pegaba una voz para que le bajáramos la cena. Así no tenía que subir a casa antes de ir a tomarse un vinito al bar», rememora Rosario. Estudió en La Enseñanza. Comenzó a trabajar en El arco iris, una perfumería y droguería que tenía locales en el Val (donde ella despachaba) y en la Cruz Verde. «Allí vendíamos tanto las colonias como las pinturas para los tanques del Ejército». Porque la juventud de Rosario estuvo atravesada por la Guerra Civil. Cuando estalló la contienda, hubo un llamamiento público para que las mujeres atendieran a los heridos en el Hospital Provincial. «Recibíamos clase de primeros auxilios en Las Francesas y luego, ayudábamos a los médicos (en mi caso, al doctor Bueno) con los drenajes, a quitar metralla. Había algunos que venían con unos agujeros...». Por aquella época, se puso a estudiar italiano: «Había muchísimos italianos entonces en Valladolid y así nos entendíamos». (La casa del fascio Mario Mina se ubicó entre las calles Gamazo y Muro).
A mediados de 1938, Rosario se puso aquel vestido blanco con flores que le hizo su madre, se sacó una fotografía y se presentó para una entrevista de trabajo en el Banco Español de Crédito. «Como los hombres estaban en el frente, hacían falta mujeres que se pusieran a trabajar. Allí estuve en la caja, en las letras, en los títulos y cupones. Hasta le pasaba a máquina las cartas que el jefe le escribía a su familia».
«Antes lo de las cartas se llevaba mucho, no como ahora que es todo con el teléfono. Los chicos hasta para declararse lo hacían por carta. Mi hermana María recibía muchas», sonríe, pícara. «Íbamos las tres hermanas (Rosario, Pilar, María) a bailar al Campo Grande y siempre volvíamos a casa con escolta. El Pasaje Gutiérrez se llenaba con los chicos que seguían a mi hermana María. Menudo éxito tenía. Le decían los chicos: »Fíjate si me gustas y te sigo, que me sé de memoria todos los vestidos que llevas«.
Conoció a su marido en una boda a la que los dos acudieron invitados. Él la sacó a bailar. Ella le dijo que sí. Se casaron el 2 de febrero de 1940 y juntos bailaron durante 64 años de matrimonio. «Nos conjuntábamos muy bien. Y bailábamos de todo. Sobre todo el tango. Cuando íbamos a Benidorm, ya de mayores, los de la orquesta nos lo decían, que dónde habíamos aprendido a bailar así. Y encima el tango, que no es nada fácil. Además, mi marido lo cantaba tan bien... Oye, que yo si quieres ahora mismo te bailo un charlestón». Después de la boda, Rosario dejó de trabajar. Su marido era perito industrial en los talleres de la Renfe. Fue presidente de la Escuela de Maestría Industrial. También árbitro en Primera División, «de cuando la época de Lesmes». Y le tocó un séptimo premio de la Lotería de Navidad de 1956. El número 53.286, vendido en la administración número 8, situada en Duque de la Victoria. Abel repartió participaciones entre sus compañeros de trabajo. «Y las vinieron a cobrar a casa. Daba gusto ver tanto dinero junto. Con nuestra parte nos compramos un terreno en Laguna, hicimos un chalé, una piscina. Y allí he pasado los mejores veranos de mi vida, con mis hijas (Maite, Carmen y Blanca)». Y luego también con los cuatro nietos (tres chicas y un chico), los tres biznietos. ?
Cuenta Rosario que ha sido siempre muy coqueta. Que ya no sale a la calle (lleva ocho años sin pisar acera) porque tiene que hacerlo con zapato plano «y yo soy muy presumida como para ir sin zapato de tacón. Desde que con 98 años me operaron de la cadera, ya no me los puedo poner». Si sale al balcón de casa (en la calle Hospital Militar), siempre bien maquillada y a veces con peluca. «Me las empecé a poner porque una vez me quemaron el pelo con una permanente en la peluquería Las Titas (el negocio cerró su salón de la Bajada de la Libertad en marzo de 1980) y no quería que se me viera así».
Dice que come de todo y que apenas le duele nada. Que devora los libros de sopas de letras y que reclama la morcilla en la fabada que le prepara su hija. Que le gustan los concurso de la tele y no perdona la siesta. Que los 106 años se le han pasado volando: «A ver cuántos vienen más».
Falleció el pasado domingo, 30 de enero, con 108 años.
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