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Víctor Vela
Martes, 9 de septiembre 2014, 09:40
Y por eso se inventaron los calendarios, el cuentakilómetros, los lunares de tu cuerpo. Marcas para controlar el infinito. Hitos para reconocer las etapas. Señales que insinúen cuándo hay salto de párrafo, punto y seguido, un capítulo más. Para eso se idearon los cumpleaños, las estaciones de servicio, las doce campanadas y el vestido rojo de Anne Igartiburu. Mojones para medir el todo, postes para abarcar la inmensidad, islotes para que descanse el océano (en la playa, al borde del precipicio). Para eso se descubrió la línea de gol de un campo de fútbol, la bandera nerviosa de la Fórmula 1 (que no V), la frontera, el encefalograma plano. Para saber dónde empieza y acaba todo aquello que aunque no queramos admitirlo siempre tiene un comienzo y un final. Para eso colocamos marcapáginas en el camino.
David Manso Rayo adelanta la pierna derecha y retuerce el hombro mientras se aproxima al micrófono, como si se asomara al abismo para ver qué hay ahí abajo. Y ahí abajo hay gente escuchando unas canciones con hechuras de éxito, carne fresca para la cueva de Spotify y las 40 listas de reproducciones. Lector Acróbata son unos jóvenes veteranos de la escena pucelana, en el palco desde 2010 pero con años de experiencia a sus espaldas. Y eso se nota, no solo en su solvencia ante los focos, sino también en un trabajo, el último, Australia, que gana en profundidad de letras y densidad de arreglos. Dicen ellos que hay historias de desánimo y de rabia social en sus nuevas canciones. Y las visten, además, con un ropaje de pop endurecido que busca vida más allá del estribillo. El compromiso de Lector Acróbata con la música en directo gana enteros cuando se los escucha, pero también con su encendida defensa por las canciones en vivo. Lo dijo clarito Rafa (bajo y voz) cuando recordó que Valladolid vive una situación anómala. «Tenemos un grave problema legal, como si tocar en un bar fuera una actividad peligrosa. Recomiendo a los políticos que viajen a Dublín, a Londres, para que vean que hay que resolver esto de una vez». A falta de una barra con grifo de cerveza donde aparcar sus canciones, ayer pudieron enseñarlas con éxito en la Plaza Mayor. Si los viste (pero también si no), búscalos en Spotify. Y ojalá, pronto, además, en los bares.
Y para eso nos inventamos las canciones.
Para ir dejando miguitas en el sendero y que el pasado no sea inabarcable, para que no se convierta en un desierto sin oasis. Las canciones le pintan los márgenes a lo que fuimos.
Y así, nos agarramos a ellas para recordar aquella noche legen(espera)daria, para rememorar una cita sublime, para acordarnos del ser querido que ya se nos fue. Esta es la canción con la que nos emborrachamos en Santander, la canción con la que me dijiste que sí para siempre, la canción preferida de mamá.
Lo explica mejor que nadie Paco Pastor, el incombustible cantante de Fórmula V, antes de entonar Solo sin ti, la séptima de la noche: «La música tiene magia. Y siempre encontraremos una canción para nuestro estado de ánimo». Y así, cientos de recuerdos treparon ayer por los estribillos, escalaron estrofa tras estrofa para salir a flote, como boyas en los mares cotidianos. Las canciones son las señales que nos conducen fuera de la rotonda de la rutina. Son una muesca en el retrovisor. Y la demostración está en la letra de la canción con la que se abre el concierto: «Cuéntame cómo te ha ido». Pero cuéntamelo hoy. Porque las canciones no son solo puntales en el pasado, sino que, sobre todo, son la celebración del presente. La música es la base con la que fabricamos los recuerdos de mañana. Y recordar tiene su propia melodía. Aunque en realidad, dice Paco, «no nos gusta ponernos nostálgicos». Al menos no mucho. Lo suficiente para recordar que la última vez que Fórmula V actuó en Valladolid fue hace casi 40 años (¡40 añazos!) en la pérgola del Campo Grande. «Desde entonces, hemos cambiado. Esto se cae (dice señalándose la cabeza), esto se hincha (dice tocándose la tripa) y hay otras cosas que ya no se hinchan tanto (aquí sin apuntar)», bromea. «Pero oye, que tampoco estoy tan mal. Esta tarde he estado paseando por Valladolid qué ciudad tan bien iluminada y me han confundido con Ricky Martin y con David Bisbal». Y la sonrisa del público se resuelve con una gran verdad: «Esperad, esperad a que esos dos chiquillos tengan 65 años, a ver si se conservan tan bien como nosotros». La Plaza Mayor irrumpe en un nuevo aplauso, otro más, para celebrar una noche de recuerdos, de aquellos tiempos en los que la fiesta de Blas era como Las Moreras y todo el mundo salía con unas cuantas copas de más. Es un gustazo ver a tantas personas había mucha entrada y mucha cana camuflada, pero también gente joven corear y bailar unas melodías eternas, hits de verbena, serie y anuncios televisivos que demuestran la esencia de las canciones: que algunas se cruzan en tu camino, siembran una marca en un día que parecía igual a los demás, y se quedan ahí para siempre.
Y ese, querido amigo, es el verdadero porqué de las canciones.
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