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J. Sanz
Historias de la puta mili
Tiempos modernos

Historias de la puta mili

«Me alegré profundamente el día en que el gobierno de Aznar eliminó el servicio militar obligatorio, a quien no voté por ello, pero casi»

Paco Cantalapiedra

Valladolid

Sábado, 27 de mayo 2023, 00:18

El próximo 31 de diciembre se cumplirán 22 años de la supresión del Servicio Militar Obligatorio decretada por el Gobierno de don José María Aznar, que no siendo persona de mi afecto tuvo la valentía de adoptar una decisión que sorprendió a mucha gente, servidor incluido. Algunos de los que tuvimos ocasión de conocer a este señor cuando era presidente de la Junta de Castilla y León, jamás hubiéramos imaginado que sería capaz de hacer lo que hizo y que en su momento fue revolucionario. Así, los que agorábamos una catástrofe provocada por la parte más rancia del ejército perdimos la apuesta y aquella 'Puta Mili' que pintaba el dibujante Ivá en la revista El Jueves, pasó a mejor vida para descanso de reclutas obligados a servir a la Patria durante año y pico.

Gracias a aquella decisión el actual ejército español está formado por voluntarios que cobran como miembros de Tierra, Armada, Aire, Guardia Real y Unidad Militar de Emergencias. Es cierto que el salario no da como para casarse porque al principio son 360 euros al mes como alumnos pero cuando adquieren la condición de soldados superan los mil y pico revisables más la antigüedad y dos pagas extraordinarias al año. Como he tenido la paciencia de leerme un artículo sobre el tema del Ministerio de Defensa estas retribuciones «podrán variar en función del puesto que ocupes, mediante conceptos retributivos como el complemento específico, la dedicación especial y otros».

Para ilustrarme un poco más, quedo a desayunar en el Café del Norte con mi amigo Nacho Cuadrado, militar profesional durante casi tres décadas, que no tiene empacho en reconocer «el valor del entonces presidente del Gobierno de acabar con la mili obligatoria, una jodienda para un chaval de veinte años que estudiaba o trabajaba». Cuando le pregunto si sabe cómo funcionan las cosas ahora que él ya no está, opina que ser «soldado profesional es ejercer una profesión, como su propio nombre indica; es tener derechos y libertades y hasta aprender cosas como la disciplina, el orden, la obligación de hacerte la cama todos los días y comer lo que te pongan sin dar guerra ni pasarse la vida refunfuñando». Y aunque él lleva años alejado de las armas, intuye que «lo que más les mola a los aspirantes es formar parte de la UME, la Unidad Militar de Emergencias, que siempre recibe aplausos por hacer su trabajo, y eso no creo que pase en muchos curros».

Desfilando por el centro

Ni que decir tiene que esta milicia pagada no se parece en nada a aquella otra que era obligatoria, a machamartillo y sin escape. Cuando aparece por allí José Miguel Perales, amigo de ambos, nos recuerda (¡a nosotros, que ya tenemos una edad!) cómo funcionaba el ejército a finales de los sesenta donde lo más bizarro era 'sacar brillo al chopo', también llamado fusil reglamentario. No me pregunten la razón pero hay un par de conversaciones entre jubilatas que conviene no sacar a relucir: las pensiones y la mili. En este último caso, que es el que nos ocupa, tanto Josito como Nachete se pasaron media hora rajando de sus respectivas milis. Como me veían un poco absorto (en realidad me estaba aburriendo como una ostra) me invitaron a relatar mi experiencia bélica y confesé, sin complejos, que me había librado de aguantar bocinazos, instrucciones, desfiles y demás parafernalia. Al final, tuve que contarles que no había ido al Ferral 'gracias' a las lentes de miope que me han acompañado desde antes de hacer la primera comunión.

No obstante, como las alegaciones de ese tipo se hacían el mismo día que empezaba la mili, cuando confesé a un sargento (o así) que era corto de vista me envió al rincón de los lisiados donde había tres cojos, varios cegatos y dos que decían que tenían los pies planos. El buen suboficial formó en el patio a los 'disminuidos' y nos llevó desde la Plaza de las Brígidas hasta el Hospital Militar en el Paseo de Zorrilla ¡pasando por la calle de Santiago! al ritmo de: «un, dos, hep, aro, un, dos…». Lo peor del viaje no fue cruzarnos con Luis el Cagueta jaleando a la tropa desde la puerta del Salón Ideal, sino toparme con Belén, una aspirante a novia que al verme se dio media vuelta. Ese día me demostró que era una golfa que no merecía mis atenciones en forma de helados y algún abisinio.

Cuando el excelente oculista y capitán Montanari me excluyó como soldado me perdí la experiencia de la mili, lo que no me libró de escuchar las peripecias de mis compañeros de tertulia: el frío de las guardias, el olor a rancho que inundaba el cuartel y la comprobación de que un pollino con estrellas era Dios. Hoy, la página oficial del Ministerio de Defensa dice que «ser militar es aspirar a tener una vida diferente, llena de emociones fuertes y experiencias inolvidables», pero cuando se incorpora a la tertulia Jesusín Vega confiesa que ha estado «votando al señor Aznar, cuya vida guarde Dios muchos años desde que quitó la mili forzosa hasta que se retiró de la vida pública». Como no tengo anécdotas que contar busqué en internet un artículo mío publicado en 2007 sobre lo que era aquella servidumbre obligatoria. Tras leérselo a mis colegas decidí reproducirlo de nuevo para ustedes porque dieciséis años después sigo pensando lo mismo.

He aquí mis reflexiones: «La última vez que entré en un cuartel fue durante la jura de bandera de mi sobrino y casi me meo de la risa cuando en medio de un acto tan solemne un coronel de voz atiplada y barriga prominente hizo jurar a los reclutas que estarían dispuestos a dar 'hasta la última gota de su sangre por España y por vuestros jefes'. Mientras mi sobrino decía que sí, yo le miraba sabiendo que hubiera jurado cualquier cosa con tal de que acabara pronto aquel rollo y salir de permiso para arrimarle cacho a la novia, que andaba por allí compartiendo al mozo con unos mandos incapaces de dar la vuelta al ruedo sin echar el bofe. Por todo ello, me alegré profundamente el día en que el gobierno de Aznar eliminó el servicio militar obligatorio, a quien no voté por ello, pero casi».

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