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francisco cantalapiedra
Sábado, 4 de julio 2015, 09:42
Hay entrevistas fáciles y difíciles. Esta es de las primeras. Entre otras razones, porque el personaje, además de decir cosas que vale la pena escuchar, habla despacio, lo que da tiempo a tomar notas y, sobre todo, a asimilar lo que dice. Su nombre: Juan Ignacio Álvarez García, asturiano de origen que, tras licenciarse en Medicina en Valladolid, decidió quedarse para siempre en estos pagos ejerciendo la profesión. Y metiéndose en política, de la que treinta y dos años después no ha salido ni parece querer hacerlo.
Quedamos en un café de la Plaza Mayor. Él aparece tranquilo, como siempre; risueño, como siempre; impecable, como siempre. Un clásico. Viéndolo entrar pienso que hay gente rara. Gente que, además de hablar de la política como de un compromiso para defender y representar a los ciudadanos, lo lleva a cabo; y lo ejecuta durante toda su vida útil. Son esas personas que jamás protagonizaron un escándalo; que no se lo llevaron crudo; que no entraron en el negocio para promocionarse, para colocar a sus hijos o enriquecer a sus amigos.
No quiero decir con esto que todos los que se dedican a ese oficio sean unos trincones o unos aprovechados, pero no conozco a muchos que se hayan entregado a ella durante un cuarto de siglo sin nómina, sin coche oficial con chofer, sin secretarias ni jefes de Gabinete llevándole la agenda, haciéndole los discursos u organizando su vida de la mañana a la noche. Por eso, cuando nos sentamos, lo primero que le pregunto a Nacho Álvarez es si se considera a sí mismo un tipo raro. Primero se ríe y luego sostiene que lo suyo «es tan raro como lo que les sucede al común de los mortales con sentimientos parecidos a los míos». Y esboza una postura que resume toda su filosofía: «Hacer la vida más agradable a los que te rodean. Los raros son los demás, los que no cumplen con sus compromisos vitales, con sus ideas de ayudar a los que menos tienen, a los que más sufren».
Quien así se expresa tiene un currículum envidiable, por más que a algunos pueda parecerle sorprendente: médico de profesión, hoy jubilado, ha sido alcalde de dos pueblos de la provincia: Villavicencio de los Caballeros (en la Tierra de Campos) durante tres mandatos; y ahora, en Portillo; antes, teniente de alcalde en Villafranca de Duero. Total: veinte años, más la etapa que acaba de empezar. A lo largo de todo este tiempo, prácticamente nunca tuvo otro sueldo que el suyo como médico rural, «salvo los cuatro años que estuve en el Área de Bienestar Social de la Diputación, cuya responsabilidad, a pleno rendimiento, era incompatible con el ejercicio activo y diario de la Medicina».
Vuelta a las andadas
Pero cuando aquello acabó, Nacho Álvarez volvió a colgarse el estetoscopio y a recetar potingues a sus vecinos. Como lo suyo no parecía resultarle suficiente, aceptó un cargo de nombre pomposo: Delegado Especial de Cruz Roja para Valladolid que, para variar, tampoco estaba remunerado. «Bueno, en realidad siempre tuve un sueldo: el de médico cuando ejercía; el de diputado provincial cuando estuve en la Diputación; y una temporada corta como técnico en Cruz Roja. Vamos, que no me ha faltado el jornal».
En 2002, como delegado especial de Cruz Roja para Valladolid, Nacho Álvarez tuvo que enfrentarse a una agria polémica y renunciar a uno de sus proyectos más queridos la Ciudad Humanitaria, un macrocentro para prestar servicio, y alojar en algunos casos, a personas sin recursos, incluyendo mujeres maltratadas. El proyecto del edificio, que debería haberse levantado en terrenos del Barrio de Girón lindantes con la carretera de León, tuvo que abandonarse por la resistencia numantina que desde distintos barrios de la ciudad llegó a acusar de «irresponsable» a esta ONG y a amenazar con encadenarse a las máquinas cuando empezaran las obras. A pesar de que han transcurrido trece años de aquello, Nacho Álvarez confiesa que la bronca ciudadana montada por los opositores fue «la mayor frustración» que ha sufrido en toda su vida por tener que dar marcha atrás en ese proyecto. Se emociona cuando rememoramos este «fracaso», esta chinita en su existencia dedicada a los más marginados de la sociedad, y sigue preguntándose de dónde venía toda aquella oposición que llegó a congregar a más de 5.000 personas frente a una idea pensada para dar algo a los que no tienen nada. Las cosas llegaron tan lejos, que en Portillo, a veintitantos kilómetros de la capital, algunos pintarrajearon su coche, un incidente que recuerda con amargura porque «siempre creí que el ser humano era más generoso, menos egoísta».
Aunque me la esperaba, me sorprendió su respuesta sobre la manera en que llegó a la política: «A través de la Medicina. Cuando empecé a practicarla en Tierra de Campos descubrí que los remedios contra determinados males no los tenía el médico, sino la sociedad. ¿Qué puedes recetar a alguien que se pasa griposo todo el invierno porque vive en una casa donde hace tres grados bajo cero? ¿Qué puede hacer el doctor para evitar enfermedades muy comunes por falta de agua corriente en las viviendas, o por dormir en una cuadra?». La respuesta estaba clara: «Trabajar por la justicia social, por mejorar la vida de la gente, por ayudar. Y eso lo tienen que hacer las administraciones, muy especialmente los ayuntamientos, que son las más próximas a sus vecinos».
Por ello, en 2007, volvió a las andadas políticas, esta vez en Villafranca de Duero, donde empezó siendo teniente de alcalde y después portavoz de la oposición, de donde salió con el tiempo justo para encabezar la candidatura del PSOE al Ayuntamiento de Portillo, localidad en la que gobierna desde el sábado último con el apoyo de Izquierda Unida. «Portillo es mi pasión. Primero, porque he vivido aquí durante décadas, aquí se han criado mis hijos y donde pienso divertirme trabajando por un pueblo que tiene muchas posibilidades de prosperar».
A pesar de que me dijo al principio que «los raros son los demás, los que no luchan contra la desigualdad», mientras estoy con él sigo pensando cómo chirrían esos titulares de personajes públicos entrando y saliendo del maco por chorizos. Y cómo reconcilia encontrarse con alguien decente que siempre se portó como un señor: el señor Álvarez García, don Juan Ignacio, uno de los muchos que ha pasado por la política sin romperse ni mancharse.
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Rocío Mendoza | Madrid, Lidia Carvajal y Álex Sánchez
Almudena Santos y Lidia Carvajal
Juan J. López | Valladolid y Pedro Resina | Valladolid
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