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Gonzalo Calcedo, a la derecha, junto al escritor Gustavo Martín Garzo, en la pasada feria del libro de Guadalajara. :: EL NORTE
«Reales o no, las ciudades están detrás de muchos libros»
PALENCIA

«Reales o no, las ciudades están detrás de muchos libros»

El autor palentino afincado en Santander publica en Menoscuarto sus últimos relatos escritos tras un viaje a Nueva York Gonzalo Calcedo Escritor

FERNANDO CABALLERO

Lunes, 11 de abril 2011, 03:17

El escritor Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) tiene un papel esencial en el proceso de renovación del relato corto en España. Autor de un nutrido número de libros de cuentos, este género se ha convertido en su especialidad literaria. El sello palentino Menoscuarto ha publicado su nuevo volumen de relatos, 'El prisionero de la avenida Lexintong', que reúne diez narraciones inspiradas en un viaje a Nueva York, y que ha sido finalista en el Premio de la Crítica de Castilla y León, garlardón que recayó en el poeta palentino Javier Villán, por su libro 'Akelarre de sombras (Calambur).

-¿Cuál fue el motivo de su viaje a Nueva York?

-Fui invitado por la Cátedra Miguel Delibes de la Universidad de Valladolid a asistir a una de sus actividades. En esta ocasión era un encuentro internacional sobre narrativa breve. Un viaje de apenas una semana, con tiempo libre suficiente para contemplar el espectáculo de la ciudad. Visitar Nueva York, aunque incida en el tópico, es como ir al cine. Uno guarda un recuerdo claro de películas que solo ha visto una vez y hace mucho tiempo. No es necesario revisarlas para rendirles un pequeño culto. La familiaridad con las imágenes que esta urbe lleva décadas generando facilita asumir sus dimensiones y su comprensión.

-Se sintió atraído por esta ciudad como muchos otros escritores españoles ¿Qué tiene Nueva York para que ocurra esto?

-No soy demasiado entusiasta de las grandes ciudades. De hecho vivo en un lugar minúsculo, eso que podríamos definir como una comunidad cerrada. Reconozco la historia y el peso artístico de un gran núcleo urbano, da igual Londres que Paris o la misma Nueva York, pero habitarlas es otra cosa. Aún así, Nueva York ofrece un lado íntimo que sorprende, dadas sus dimensiones: esa verticalidad que en teoría debería oprimir cobija las mismas historias minúsculas que ves a pie de calle en cualquier ciudad pequeña.

-¿La ciudad le ha inspirado las historias?

-Redacté el boceto de un cuento allí, el que da título a la colección. Luego decidí añadir más historias, algunas con la ciudad como telón, otras con la idea de la soledad moderna en su centro. Como símbolo, Nueva York es indiscutible. Para lo bueno y para lo malo.

-¿Los personajes son también fruto de su estancia allí?

-Los personajes son la mirada del autor, al menos en principio. Luego algunos campan a sus anchas por cada cuento y pugnan por independizarse. En este libro, los personajes infantiles o adolescentes, sobre todo, son una consecuencia de una geografía urbana que les maravilla al tiempo que les acecha: el camino a la fantasía, pues, está abierto. Pero al final, como sucede en general con la vida, esta fantasía va siendo limada poco a poco y la realidad más o menos tolerable termina por instalarse.

-¿En qué medida una ciudad puede determinar una obra literaria?

-Reales o inventadas, las ciudades están detrás de muchos libros. Sin abandonar Nueva York, un buen ejemplo sería Manhattan Transfer, de John Dos Passos. O el Brighton de Graham Greene. Ejemplos no faltan. Otra cosa es la voluntad del autor, su deseo de esconder el escenario o convertirlo en una seña de identidad.

-¿La torre de viviendas del cuento 'Viaje a la luna' puede simbolizar la imagen de la ciudad?

-Sí, sería un resumen de su grandilocuencia y, al tiempo, de su pequeñez: el ascensor, el niño, el tiempo que ha transcurrido y su incidencia en la relación entre los personajes, retratan una emoción, un sentimiento. La ciudad va a continuar, no tiene fin. Ellos perdurarán un tiempo tan sólo.

-¿Por qué un escritor ya consolidado como usted en el cuento insiste en este género?

-Podría responder que por placer literario, también porque quizás no sepa hacer mejor otra cosa. Sostenerse como escritor reincidiendo en el cuento tiene sus peajes: idas y venidas editoriales, un papel casi siempre secundario en la valoración crítica y, lo que más lamento, la condición de minoritario: la falta de lectores es nuestro estigma. Yo ya llevo muchos años escribiendo narrativa breve y acepto mi parte de culpa, pero hay pecados relacionados con este divorcio entre el cuento y el lector que no me corresponden a mí.

-¿Publica todos los que escribe?

-Por supuesto que no. Aunque pueda parecer que soy un escritor prolífico, en general los libros de cuentos son cortos. Alguno de los que he escrito apenas alcanza el centenar de páginas. Un novelista solvente que publique con cierta asiduidad ha redactado muchas más páginas que yo. Yo escribo los cuentos por ciclos, y eso termina dando unidad a los libros. Escribo muchos relatos, pero a la mesa de trabajo, a la corrección final, llegan muy pocos.

La idea y el pálpito

-¿Cuándo considera cerrado un cuento y cuánto tarda en escribir uno?

-Cada uno tiene su método de trabajo. Un relato tiene un componente de azar o de suerte que no debe ignorarse. Prefiero intentar muchas veces captar el alma de una historia a conformarme y corregir hasta la exasperación unos pocos relatos. Por eso escribo muchos cuentos muy cortos, en busca de ese matiz que los haga destacar sobre los demás. El resto es trabajo -la idea, el pálpito-, se redacta en poco tiempo, casi siempre sin interrupciones; la corrección es más laboriosa, y me temo que no se acaba nunca.

-¿Para cuándo una novela?

-Como cuentista debería enfadarme por la pregunta. Los autores de relatos nos pasamos la vida lamentado que los críticos nos pongan la mano en el hombro diciendo que ya estamos maduros para la novela. De hecho yo ya tengo una publicada, 'La pesca con mosca', una experiencia agridulce en conjunto. Me tienta la novela corta, por su parentesco con el cuento largo y su falta de ubicación. Esa pequeña rebeldía que la enfrenta al todo absoluto de la novela al uso. Entre serie y serie de relatos, suelo empezar algo más largo, pero no siempre lo termino. Una falta de determinación, supongo, que es otro de los tributos de este género algo proscrito al que llamamos cuento.

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