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La presa del Renacimiento, construida ya en un 70%, otorgará a Etiopía el poder de administrar el flujo del Nilo. R. C.
Presa de la ira

Presa de la ira

Egipto amenaza con sabotear la construcción de un enorme embalse aguas arriba del Nilo que dará a Etiopía el control de su caudal

GERARDO ELORRIAGA

Domingo, 10 de noviembre 2019, 08:26

El agua, un bien básico, pero cada vez más escaso, será objeto de disputa internacional y generará crisis políticas durante las próximas décadas. El control de los acuíferos se convertirá en un factor tan decisivo que incluso podrá doblegar la rigidez de credos y militancias. El acendrado islamismo del Gobierno egipcio del presidente Mohammed Morsi se quebrantó ante la posibilidad de que el Nilo dejara de fluir con la intensidad habitual y sus ministros llegaron a plantear la posibilidad de armar a la disidencia etíope, de fe cristiana, para sabotear la construcción de un embalse de grandes proporciones con el que el régimen abisinio pretendía controlar el segundo río del planeta. El Estado Mayor, mucho más expeditivo, incluso propuso bombardear las obras, aún a riesgo de provocar una guerra de incalculables consecuencias. Afortunadamente, el choque armado entre las dos potencias africanas no llegó a superar la fase de hipótesis de trabajo. Pero el conflicto persiste. La Gran Presa del Renacimiento, popularmente conocida como GERD, finaliza sus trabajos y los dos países se encuentran enfrentadas por sus polémicas repercusiones.

Los representantes de El Cairo y Addis Abeba dirimen sus diferencias en una mesa, bajo los auspicios mediadores de Estados Unidos. Sus posturas se hallan muy alejadas. Etiopía tomó la iniciativa unilateralmente trastocando la red de intereses tejida en torno al Nilo y adoptando una posición de fuerza. En 2011, la dictadura de Meles Zenawi anunció este proyecto y su puesta en marcha a corto plazo, provocando un seísmo político.

La medida ponía en riesgo el suministro aguas abajo y tanto Sudán como Egipto se opusieron frontalmente. El primero veía alzarse un embalse a 15 kilómetros de su frontera, pero los primeros gritos al cielo dieron paso a conversaciones productivas. Jartum pareció aplacarse ante la promesa de que la presa regularía el flujo de agua, proporcionaría electricidad a ambos países y sería el prolegómeno a una zona económica común.

La posición egipcia resultó mucho más beligerante, ya que aducía un descenso notable de las aguas. El régimen del general Al Sisi tiene como principal enemigo a las milicias yihadistas, emboscadas en el Sinai, pero a medio y largo plazo otros peligros, aún más colosales, amenazan la estabilidad del país. La explosión demográfica duplicará la población actual, cercana a los cien millones de habitantes, y la demanda de agua y alimentos no será satisfecha si prosigue el descenso del nivel del caudal del Nilo y, paralelamente, no se combate la creciente contaminación de los pozos.

El país árabe requerirá más suministros, pero sus recursos se reducirán drásticamente. La cuota anual de agua per cápita ha descendido un 66% en los últimos 60 años y actualmente se encuentra en los 663 metros cúbicos, cuando los niveles inferiores a 1.000 son considerados pobres, pero la cifra seguirá descendiendo y en 2025 se situará en torno a los 500, lo que implica escasez absoluta. La previsible caída del 20% de las precipitaciones, debida al cambio climático, agudizará la penuria.

Las buenas palabras no parecen acordes con una realidad devastadora. Los ministros de Asuntos Exteriores de los tres Estados involucrados se han comprometido a mantener dos reuniones en Washington el 9 de diciembre y el 13 de enero que perseguirán la consecución de un acuerdo definitivo antes del próximo 15 de enero. Pero las posturas siguen alejadas. Egipto reclama un llenado flexible del embalse que permita el acceso constante del país a unos 40.000 millones de metros cúbicos, mientras que Etiopía tan sólo quiere comprometerse a proporcionar unos 31.000 millones, cifra que, a juicio de los técnicos egipcios, provocaría una catástrofe económica.

Pies de barro

La posición de Addis Abeba es un órdago y su puesta en marcha, aún a riesgo de una crisis diplomática de altos vuelos, evidencia ambiciones también descomunales. Etiopía, el país donde los niños no sabían qué era Navidad en los años ochenta, quiere convertirse en la gran potencia continental del siglo XXI. La estrategia oficial, tanto de los anteriores regímenes dictatoriales como del liberalizador Gobierno del primer ministro Abiy Ahmed Ali, se basa en la expansión y apertura a los grandes mercados internacionales.

Ahora bien, el gigante tiene pies de barro. El 90% de sus 100 millones de habitantes, incluso en las grandes ciudades, obtiene calor de la quema de leña, carbón o estiércol, menos del 30% disfruta del acceso regular a electricidad y el 70% de los nativos vive en áreas rurales dedicados a la agricultura de subsistencia. La política etíope, en un giro arriesgado, ha apostado por la globalización para progresar rápidamente. En los últimos años, el régimen ha ofrecido tres millones de sus tierras más fértiles a inversores extranjeros, fundamentalmente asiáticos, interesados en la producción de cereales y biocombustibles. El polémico embalse forma parte de una red de infraestructura hidroeléctrica con otros hitos no menos polémicos como las presas Gibe III, IV y V, proyectadas sobre el río Omo y que afectan a la biodiversidad existente en torno al lago Turkana y al acceso a agua potable de 300.000 kenianos.

La presa del renacimiento

El Nilo, fuente de vida. El sistema fluvial del Nilo atraviesa once países, desde Tanzania a Egipto, y drena 3.349.000 kilómetros cuadrados, el 10% de la superficie de África. Su dirección Sur-Norte es inusual. Estaba considerado el río más largo del mundo hasta que en 2008 una medición precisa del Amazonas le confirió la primera posición al otorgarle 7.062 kilómetros, tan sólo 200 más que el Nilo.

La Gran Presa del Renacimiento es, asimismo, un eficaz elemento de política exterior. Esta enorme obra supone una herramienta para afianzar su posición dominante entre el mar Rojo y la región de los Grandes Lagos. El nuevo proyecto quiere duplicar la producción de energía y convertir su suministro en un arma de control. Etiopía ya ha firmado acuerdos previos para proporcionar electricidad a Sudán, Kenia, Yibuti, Ruanda, Burundi y Tanzania. No se trata de una medida original. Laos también se ha empeñado en una similar política de construcción de presas en el río Mekong tendente a conseguir similar dependencia de Tailandia, Camboya o Vietnam.

El embalse en el Nilo Azul es también un reflejo de las peculiares características del régimen abisinio y su evolución en los últimos años. Como Egipto, la férrea dictadura que gobernaba el inmenso país se sustentaba en un sistema de partido único y apoyo del Ejército. La cúpula militar creó en 2010 el Metal and Engineering Corporation (Metec), un conglomerado empresarial destinado a asumir la construcción de la GERD. La voracidad de los agentes implicados supuso 600 millones de euros en sobrecostes y empañó la gesta de un hito con aval nacionalista. El pasado año, Simegnew Bekele Aynalem, ingeniero jefe del proyecto, fue hallado muerto en el interior de su vehículo pocos días después de convocar una rueda de prensa para explicar la situación de los trabajos. El Gobierno de Ahmed Ali, considerado un reformador, acusó de mala gestión al 'holding' y le retiró la dirección.

En cualquier caso, la conclusión de la presa anuncia un cambio clave en la gestión del Nilo. El país de los faraones parece haber perdido el control de un elemento clave a lo largo de su historia. En 2011 se negó a firmar el Acuerdo Marco Corporativo, documento que pretendía un reparto equitativo de sus aguas y, subrepticiamente, acabar con el dominio histórico del río ejercido por El Cairo. Pero su táctica resultó en vano. La nueva presa supone, de facto, que Etiopía ejercerá de nuevo como señor de sus aguas.

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