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rafa torre poo
Viernes, 29 de noviembre 2019, 08:58
Los números no cuadran. El planeta consume mucha más arena de la que es capaz de generar de forma natural. Y el culpable, una vez más, es el hombre. Cada día se extraen 18 kilos de áridos por habitante, que no son suficientes. La demanda se sitúa en el entorno de los cincuenta mil millones de toneladas al año. El triple que hace dos décadas. La arena es el segundo recurso natural más consumido después del agua, muy por encima de los combustibles fósiles. Se emplea prácticamente para todo. Para construir carreteras, hospitales, puertos, aeropuertos o vías férreas. Pero también para obtener vidrio –aún más tras el boom de la industria electrónica de teléfonos, tabletas y pantallas de ordenador–, papel y productos cosméticos.
En los países desarrollados, su extracción y producción esta legislada y controlada. El problema surge en los estados tercermundistas, que a menudo hacen la vista gorda. Otros, en cambio, al no disponer de reservas, optan por comprarla sin escrúpulos. No valoran de dónde viene ni cuál ha sido su proceso de obtención.
«La necesidad de arena y grava es ya un gran contaminante en sí: provoca inundaciones, en unos casos, o el agotamiento de acuíferos, en otros. Hasta contribuye a empeorar las sequías», desvela 'Arena y Sostenibilidad', un demoledor informe de la ONU. «Estamos gastando nuestro presupuesto de arena más rápido de la que podemos producir de manera responsable», afirma Joyce Msuya, directora ejecutiva interina del departamento de Medio Ambiente de la Organización de Naciones Unidas. «Si mejoramos la gobernanza de los recursos globales, podremos administrar mejor este bien crítico de manera sostenible y demostrar que las infraestructuras y la naturaleza pueden ir de la mano», aventura.
La patronal del sector en España, que ha participado en la elaboración del documento, puntualiza: «En nuestro país esto no es un problema. La ONU ha generalizado una realidad que existe, pero que se da sobre todo en algunas zonas del mundo donde hay economía de subsistencia», explica César Luaces, director general de la Asociación Nacional de Empresarios de Fabricantes de Áridos (Anefa). «Hay gente que para ganar cinco dólares al día va con cualquier medio mecánico y esquilma la arena de los lugares más accesibles, como playas o dunas», asegura. Es lo que sucede, por ejemplo, en Indonesia. Allí se calcula que ya han desaparecido 25 islas debido al comercio ilegal, uno de los grandes motores de las economías sumergidas.
Se usa para todo. Una casa de tamaño medio necesita para ser construida 200 toneladas de arena para mezclar con el cemento. Un hospital pequeño, 3.000; y un kilómetro de autopista, 30.000.
Terrenos ganados al mar. Los rellenos para ganar metros al mar son responsables del crecimiento exponencial en el uso de arenas, gravas y gravillas en el mundo. En total, se estima que el ser humano ha añadido 13.565 kilómetros cuadrados de tierra firme desde 1985: el tamaño de toda la isla de Jamaica.
2.590 kilos de áridos consumió cada español de media en 2018, lo que supone 7,1 kilos al día. Con el boom del ladrillo que propició la burbuja económica, esta cifra se incrementó notablemente hasta los 33 kilos diarios.
Navarra, a la cabeza. España frenó en seco el consumo de áridos desde 2006. Ahora ocupa el último puesto europeo. Por comunidades, Navarra utilizó 7 millones de toneladas por habitante en 2018, la que más, seguida de Castilla y León (5,2) y La Rioja (4,5). Madrid fue la que menos (1,4).
2% de los áridos usados en 2018 en España para la construcción (2,4 millones de toneladas) procedieron de materiales reciclados y de residuos industriales. La Unión Europea recomienda entre el 8% y el 15%.
La extracción descontrolada, admite la ONU, exige «una conversación mundial». El informe 'Arena y Sostenibilidad' revela que el comercio internacional está creciendo por la alta demanda de las regiones que no tienen bancos locales. Y las previsiones de futuro no son halagüeñas. «Se prevé que aumenten un 5,5% anual con las actuales tendencias de urbanización». Naciones Unidas pone en la diana a algunos países. En India muchas operaciones de extracción no cumplen las exigencias mínimas medioambientales. Camboya, Vietnam e Indonesia surten de forma legal e ilegal a otros países; en muchos casos, para ganar metros al mar, como sucede en el sudeste asiático. Singapur, por ejemplo, ha crecido en los últimos cuarenta años 130 kilómetros cuadrados –traducido en arena, casi 700 millones de toneladas–. Y su intención es aumentar esa cifra en 100 kilómetros más antes del final de la próxima década.
Mayor mina del mundo
China se lleva la palma. Ella sola usa la mitad del cemento mundial, además de ser su principal productor. La mayoría de la arena sale del lago Poyang, que es la mayor mina de arena del mundo, según determinaron unos investigadores de la Universidad de Harvard. Alrededor de 300 millones de metros cúbicos se extraen de esta zona considerada una de las reservas de agua dulce más grandes del planeta. Como Singapur, también se ha aficionado a crear islas artificiales. Moles de áridos que los ecologistas alertan de que han destruido los ecosistemas marinos.Y lo que es peor, amenazan las importantes zonas de coral de la zona.
«Hasta ahora se ha utilizado, en términos globales, arena procedente de la naturaleza. Es el primer fabricante, aunque hay que tener en cuenta que esta se genera tras un largo proceso de tiempo. También se puede obtener triturando rocas, como hacen las industrias del ramo, pero es un proceso costoso que tiene consecuencias más negativas desde el punto de vista medioambiental», explica Carlos Thomas, profesor e investigador del Laboratorio de la División de Ciencia e Ingeniería de los Materiales (Ladicim) de la Universidad de Cantabria. Porque la arena no es más que trozos de roca de pequeño tamaño.
Yoyce Msuya: ONu
Las normas de producción estiman que los granos deben oscilar entre cero y cuatro milímetros. En España el 30% de la arena y los áridos que se extraen se hace en explotaciones y el 70% restante mediante la molienda del material. No sirve la arena de los desiertos que, debido a la deforestación mundial, crece a ritmo vertiginoso. «Es demasiado fina y para el hormigón necesitamos que tenga cierto tamaño para que la pasta que se forma con el cemento se pueda aglutinar», explican desde Anefa.
César Luaces: Anefa
La federación estatal de áridos cerró el año pasado con 121 millones de toneladas de arenas naturales, lo que representó un crecimiento del 6,6% con respecto al ejercicio anterior. Una cifra que no cumplió las expectativas de las empresas. Desde que explotó la burbuja del ladrillo en España –en 2006 y 2007 se llegaron a producir casi 500 millones de toneladas–, el sector se recupera año a año de forma tímida. Mientras tanto, los porcentajes de arenas recicladas y artificiales prácticamente son anecdóticas –1,7 toneladas (1,4%) y 0,7 (0,6%)–.
Carlos Thomas: Profesor Universidad de cantabria
Ambas son la solución de futuro para poder reducir en parte los recursos extraídos a la naturaleza. «Si se reciclasen todos los residuos procedentes de las demoliciones en la construcción, se podría llegar al 10% de las necesidades mundiales de áridos y arenas», explica Thomas, que también es director de calidad del Grupo de Materiales de la Universidad de Cantabria. «Desde Anefa creemos y apostamos por la economía circular», explica su director general. «Pero el material tiene que venir perfectamente separado, no puede haber yesos ni nada parecido», añade Luaces. «En España es que es muy barato producir áridos naturales. Es más caro reutilizar los materiales, aunque desde el punto de vista medioambiental sale barato», apostilla el profesor de la UC.
También apuesta por otras soluciones. «Por ejemplo, reducir el consumo de los productos en los que se usa arena durante su producción, como los ordenadores, la ropa...», apunta. Pero también hay otras en las que trabaja su departamento: conseguir materiales más duraderos que, al prolongar el tiempo de vida útil, reduzcan el gasto.
Por último, están los áridos industriales. Aquellos que intervienen en otros procesos fabriles y que pueden ser reutilizados. «Las escorias de las acerías nos están permitiendo hacer hormigones de muy buena calidad, incluso mejores que otros con arena de origen natural», afirma Carlos Thomas antes de apuntar una última vía. «Los estados pueden legislar y premiar a las empresas que apuesten por la reutilización y fomente su uso o penalizar a las que no lo hagan», sentencia.
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