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María Ángeles Zamarrón vive sola porque su marido, que padece alzhéimer, ha ingresado en una residencia. En su caso, la soledad es un mal interpretable. ... Porque su marido está atendido y porque ella va todas las tardes a verle, con los bombones en el bolsillo para jugar con él y sacarle una sonrisa. Esta mujer, de 74 años, es un ejemplo de fortaleza. «Vivir sola no me cuesta, nunca me ha importado. Estar con él en casa era muy duro; ahora voy a verle y está mejor, eso un respiro, un alivio, una alegría. Salgo de allí tan contenta de verle bien». Como él se jubiló antes, cambiaron las tornas y se convirtió en amo de casa mientras ella trabajaba en el sector de la limpieza. El día que notó que algo fallaba fue cuando volvió a casa y él le preguntó cómo se hacían las patatas con costillas. «Las había hecho muchísimas veces y los chicos siempre decían que estaban mejores que las mías». Hizo ella las patatas y todo siguió su curso. Cuando cumplieron las bodas de oro, se marcharon a Córdoba a visitar los patios, pero él no podía con los paseos. «Le dolía una pierna, iba sentándose por todos los sitios y un día no salimos del hotel. Estaba deseando venirme porque no le veía bien».
Tras aquel viaje, fueron al neurólogo y el diagnóstico fue que tenía hernias en la medula espinar y no podían operarse. Angelines no se atrevió a expresar todos los síntomas. «Me quedé con ganas de decirle lo que pasaba, que le fallaba bastante la cabeza, pero no me atreví porque estaba él delante». El diagnóstico llegó tras un test cognitivo: el escáner detectó demencia senil. Ella le protegió, reduciendo su vida social. El proceso avanzó y la familia le llevó primero al centro de día de alzhéimer y después, a la residencia. Ella habla del confinamiento como un desafío extremo. «Estábamos los dos solos en casa, no podía venir nadie a vernos, ni los nietos. Lo gestioné como podía».
Angelines asume con entereza un relato que le separa de la persona que más quiere. Pese a la dureza de su día a día, encontró un desahogo cuando fueron a llevarla el botón rojo de la Teleasistencia. Así llegó a Cruz Roja, a los talleres de los miércoles, que le dibujan una sonrisa. Memoria, gimnasia y crónica social. El hilo temático de la última sesión fue Shakira. La soledad psicológica de Angelines ha precedido a la física. «Mi hija vive en Cartagena y mi hijo en San Cristóbal; viene a visitarme, pero tiene que vivir su vida. El día a día es mío».
El reto de Angelines es la calle. «Sé que hago muy mal, pero prefiero estar en casa». Su terapia es la costura; también la cocina. Después de la entrevista, espera un potaje. Su día empieza habitualmente a las ocho de la mañana, sin dormir muy allá. Desayuna leche con malta, pan tostado y un kiwi. Después, arregla la casa. El siguiente paso es ir a por el pan: aunque la panadería simplemente obliga a cruzar el patio, la tarea es aprovechar para juntarse con alguna amiga y tomar un café.
De vuelta a casa, hace la comida y se echa un rato de siesta. «A veces me quedo dormida con el vaso de café en la mano». A eso de las cuatro de la tarde, se marcha a ver a su marido. Lo hace sola, con dos autobuses, porque acaba de ser operada de cataratas y no puede conducir, pero no tardará en volver a ponerse al volante y así pasar más tiempo con él. «Subo todos los días. ¿Qué hago en casa?» Pasan la tarde sentados porque él no quiere saber nada de paseos. «Se baja la cremallera, se la sube…» Siempre pregunta: «¿Qué me has traído?» Y ella juega con los bombones mientras él dice: «¡Que te como!»
Vuelve a casa a las siete y hace merienda cena: nada elaborado. «Lo primero que pille en el frigorífico». Llega la hora de la tele, fiel espectadora de Pasapalabra. Y si hay algo de coser, se distrae con los hilos. «Hay veces que me quedo dormida y cuando despierto me voy a la cama».
Angelines conoce el alzhéimer porque ya lo pasó su padre. «Sé lo que me espera». Se casaron en 1967, cincuenta y seis años acompañada. «No me da miedo estar sola, lo que siento es no tenerle a él».
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