Fernando Robleño, durante la corrida de este lunes en Cuéllar. Mónica Rico
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Fiasco de corrida con un público para canonizar con los Partido de Resina

Fernando Robleño, que cortó una oreja, y el local Javier Herrero, dignos ante unos toros de mínimas posibilidades, mientras Octavio Chacón ejecutó una lidia ventajista

César Mata

Cuéllar

Lunes, 26 de agosto 2024, 22:29

La tarde, conforme avanzaba, se fue tornando del cárdeno claro al cárdeno oscuro. Entre el simulacro y la tentativa. De los aplausos de salida a ... alguno de los Partido de Resina, fruto, por partes iguales, de la bella lámina de los'gallardo' y de la sugestión de las ganaderías que poseen leyenda propia. Una leyenda que en ocasiones favorece su actualización y, en otras, emerge como un elemento frente al que hay que luchar para permitir que las embestidas permitan ejecutar un toreo actualizado. Básicamente que no se sustente, obligatoriamente, en las piernas, y deje fluir las suertes desde la muñeca hasta el hombro.

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Además de las dificultades propias del encaste, el segundo y tercer ejemplar manifestaron debilidad en sus cuartos traseros. Invalidante, o casi. Los tendidos, de santa mansedumbre, asistieron con resignación al juego claudicante de ambos ejemplares. El primero de Octavio Chacón fue devuelto por un sobrero, Machito, de no mucho mejor condición física. Con todo, el juego del toro no fue lo peor de la faena. Chacón estuvo, pues eso, machacón en su (in)disposición para ejecutar las suertes con un mínimo de exposición.

Aplicó el gaditano con estricta observancia la normativa de prevención de riesgos laborales. Entre su figura y el toro bien cabía la furgoneta de su cuadrilla. Su actuación tan solo merece el olvido. Inmediato.

Engañosamente Fernando Robleño, que abría cartel, logró una oreja ante un Monosavio, así, con v, eliminada la sabiduría y potenciada la savia. Derribó con estrépito a la cabalgadura en su primer encuentro. Un tropel de monosabios tuvo que colear con ímpetu al astado. El animal fue de los más potables del encierro, aunque la labor del madrileño fue más bien epidérmica, sin fajarse ni confiarse del todo. Una estocada casi entera finiquitó una faena de tono menor, pese al premio. El toro, en su postrero camino hacia el desolladeo, fue ovacionado.

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Tampoco apostó Robleño del todo en el segundo de su lote. Que sin ser fácil tuvo, al principio, más posibilidades, en el desplazamiento y la humillación, de las que se evidenciaron ante una predisposición de servicios mínimos.

Ninguno de los astados de mejor condición fueron a parar al lote del local Javier Herrero, profesional y voluntarioso ante sus ejemplares. Escurrido su primero, el animal echaba la cara arriba y derrotaba en el vaciado de los pases, pese a admitir embroques bien sincronizados. Cayó baja la estocada y su labor fue silenciada.

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Ante el que cerraba plaza, un animal de bella estampa, ovacionado al hacer aparición en el ruedo, la porfía del cuellarano logró robar muletazos de mérito, pese al genio solapado del animal. Puso quietud en tandas sobre ambos pitones. Incierta la embestida, Herrero fijó las zapatillas en la arena. Sus paisanos agradecieron desde los tendidos la entrega del coletudo que, tras pinchar, enterró el estoque en el último toro de la tarde. Una ovación fue el corolario de su paso por la feria de la villa mudéjar.

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