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David Llorente, piragüista de aguas bravas
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David Llorente, piragüista de aguas bravas
«Este año he sido muy rápido, pero tocas dos puertas y te vas a la mierda»David Llorente Vaquero (16 de diciembre de 1996) ha cambiado este año el exotismo de viajes lejanos por unos días de desconexión en casa, máxime ... tras una lesión de hombro, un susto a seis meses de jugarse la plaza olímpica para París 2024 –un selectivo previsto para finales de marzo entre los tres palistas del equipo nacional de K-1 aún sin fechas ni sede– que quedó en nada. Ha aprovechado las tres semanas en Palazuelos de Eresma para colocarse el tabique nasal y descansar la mente.
–¿Se asusta cuando le duele el hombro tan cerca de los Juegos?
–Sí. De repente se te resbala la pala y sientes que el hombro se va a Cuenca. Pero me operé del otro hombro en 2016 y sé que en cualquier momento se puede salir. Por suerte, es un deporte en el que no suele haber muchas lesiones, no tiene mucho impacto. Estoy agradecido porque llevo dos años sin apenas molestias. Sí que he tenido algún momento de incertidumbre porque probé a remar a los diez días y aún dolía. «¿Imagínate que te tienes que operar ahora?» Desde que tuve la meningitis, dos semanas postrado en la cama antes de los Juegos Olímpicos, disfruto del día a día sabiendo que se puede acabar en cualquier momento.
–¿Hay descanso mental en la vida de un deportista de élite?
–Ha sido una temporada muy dura, pero lo he llevado muy bien. Cuando vengo a Segovia tengo otra vida, con amigos o familia, a veces se me olvida que soy deportista. Ni siquiera pienso en lo otro, es una sensación rara porque desconecto al cien por cien.
–Piensa en la vida que dejó atrás cuando se marchó de Segovia?
–No me arrepiento, mantengo las cosas que me unen aquí y a la vez quiero volver a mi rutina de deportista, los estiramientos de la mañana, la buena alimentación. Estoy bien en cualquier sitio.
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–¿Se cansa uno de competir?
–No, pero antes lo pasaba mucho peor, tenía más rabia competitiva. Quiero ir a unos Juegos, pero no tengo esa ansia: si no voy, no es un fracaso. Porque por suerte ya he podido vivirlo. Me encantaría sacar una medalla y estoy motivado por seguir remando porque aún no he conseguido mi mejor versión. Me frustra no plasmar todo el potencial que tengo. Pero si no lo consigo, sé que no soy un mierda. No hay fracaso.
–¿Qué es el fracaso?
–Hacer algo que no quiera hacer. O no intentarlo por miedo a fallar. O seguir remando sin ilusión. Mientras siga teniendo ganas de levantarme cada mañana… Pero hay que ser realista, en mi deporte hay gente muy buena.
–¿Se vive del piragüismo?
–Si eres top-8, sí. Tienes las becas ADO y las ayudas que puedas conseguir de ayuntamientos o empresas. Es un deporte muy caro porque una piragua vale 6.000 euros y tienes que tener dos porque hay otra modalidad –el Extreme, también olímpico–, así que de los 30 que están entrenando en España, podemos vivir cuatro o cinco. Después de los Juegos vinieron sponsors más grandes como Santa Lucía. Si me clasifico para París, puedo optar a una medalla; eso hace que apuesten por ti. Pero me encantaría llevar más empresas segovianas. Desde 2019 no me he bajado de ese top-8 y puedo vivir de ello, pero si hace tres semanas hubiera quedado el 13 en lugar de quinto en el Mundial, te diría que no. Hay una línea muy fina.
–¿Es un año con mejores sensaciones con resultados?
–Estaba preparado, me veía con un gran potencial. Fue de menos a más, me encontré muy bien antes de los Juegos Europeos y el Campeonato del Mundo, que eran los dos grandes objetivos. Remé súper bien, peor hubo un par de decisiones incorrectas que me dejaron con la miel en los labios.
–¿Qué le separa de alcanzar su mejor versión?
–Sé que para entrar en una final no hace falta que dé mi cien por cien; dando un 85% o un 90%, puedo entrar. Al ajustar entre no asegurar mucho y no arriesgar mucho, hay un momento en el que me evalúo durante la bajada y no estoy pensando en lo que estoy haciendo. Eso me ha pasado este año: quiero controlar todo y tengo que dejarme llevar.
–¿Es más difícil ir a los Juegos que, ya allí, conseguir medalla?
–Sí. Soy consciente de que en ocho meses podría estar con una medalla olímpica y, a la vez, podría estar viendo la final desde mi casa. Y lo que separa una de otra es una línea muy fina. En un fin de semana nos vamos a jugar la participación olímpica: de tener opciones en dos modalidades, que es la hostia, a no ir. Y los tres tenemos boletos. Este año he sido muy rápido, pero tocas dos puertas y te vas a la mierda.
–¿Qué marca la diferencia?
–Tengo que intentar rendir entrenando como quiero rendir luego compitiendo, es algo que me cuesta. Estar centrado cuando llegue el momento, hacerlo y que lo haya hecho mejor que los demás. Porque puede pasar. Si bajas bien, normalmente ganas tú porque es muy difícil bajar bien.
–¿Qué le hace levantarse cada día de la cama?
–La vida misma, esa ilusión de seguir mejorando como persona, no solo en el ámbito deportivo. Antes tenía esa obsesión con Tokio; ahora no tengo obsesión con París, me he puesto objetivos más pequeños. Me imprimí un cartel similar al que tenía en la cama, pero no me transmitía lo mismo, es una etapa diferente. Ahora disfruto mucho más del camino; antes pensaba que el éxito era solo si ganabas. Y una vez ganas, sigues siendo la misma persona y ves que eso en sí no es lo importante. Los viajes que haces con tus compañeros, agradecer que un día estás entrenando en París o Londres. Cuando era más pequeño tenía esa presión y no me dejaba disfrutarlo.
–¿Siente que es efímero?
–Sé que cada vez me queda menos. Cuando voy a un Mundial pienso que puede ser de los últimos, nunca sabes. Hice una plantilla a los entrenamientos que me quedan para intentar sacar provecho a todos ellos y no tirar la toalla. Si en la vida voy a hacer 10.000, igual ya he hecho 7.000. Me quedan solo 3.000. Hostia, David. Aunque no vaya a París, me veo con ganas de tirar otros cuatro años a Los Ángeles porque me veo con el nivel, las ganas y me encanta mi estilo de vida.
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