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Tres ejemplos de permisos, excedencias y reducciones en Palencia

Tres ejemplos de permisos, excedencias y reducciones en Palencia

Las mujeres reclaman más facilidades para acceder a guarderías públicas, junto con más ayudas y permisos retribuidos para conciliar en igualdad

Almudena Álvarez

Domingo, 28 de enero 2024, 08:57

Marta, Sheila y Raquel ponen nombre y rostro a una realidad históricamente establecida: «Somos las mujeres las que asumimos los cuidados». Algo que ven a la vez como una carga y un privilegio que algunas han podido apoyar en permisos, excedencias y reducciones de jornada.

Ellas tres han alternado excedencias y reducciones de jornada para cuidar a sus hijos, y con ello han renunciado a parte de su sueldo y de su vida laboral. «Conciliar es muy complicado, la casa, las niñas, el trabajo. No das de sí», afirma Sheila Miranda que cogió una excedencia de 7 meses y una reducción de jornada de 12 años para cuidar a sus dos hijas, Laia y Saioa, que hoy tienen 12 y 16 años. «Y volvería a hacerlo», afirma esta auxiliar de enfermería que trabaja a turnos y decidió dejar su jornada al 70% para encajar el puzle de la conciliación con su marido, David, que trabaja de noche. «Hemos sido un equipo para criar a nuestras hijas», sostiene Sheila, mientras se reconoce afortunada por haber podido contar con su pareja en esto de la crianza y porque la familia ha podido renunciar a una parte de su sueldo. «Por regla general ellos ganan más y somos nosotras las que renunciamos», explica, aunque matizando que en su elección había algo más que dinero. «Para mí, el tiempo que he disfrutado de mis hijas es más valioso que todo el dinero al que he renunciado», afirma. Por eso ha apurado al máximo y ha cogido los 12 años de reducción de jornada que le correspondían y además insiste en que se considera «muy afortunada» por haberlo podido hacer. «Tengo compañeras que no pueden renunciar a parte de su sueldo. Me he sentido una privilegiada», asegura.

«Estás en dos sillas y mal sentada. Parece que no llegas a todo, ni en el trabajo ni en casa», señala Raquel Ayuela

También Marta se considera afortunada por haber podido recurrir a permisos no retribuidos. «Cuando decides tener hijos sabes que vas a tener que renunciar a tu vida laboral y lo asumes, porque si no, es muy complicado», añade esta madre de dos hijos de 3 y 8 años. En su caso, ha sido más complicado aún porque su marido trabaja fuera y ella ha tenido que criar a sus hijos «como si fuera una madre soltera». «Es muy duro», sostiene esta madre que trabaja como celadora. Por eso renunció a la mitad de su jornada y estuvo un año de excedencia, aunque reconoce que todo ese tiempo sin ingresar se nota mucho en la economía familiar. «La hucha baja rápido», asegura. Pero no quedaba otra. En su caso asegura que cuando nació su segunda hija habría sido imposible seguir trabajando al mismo ritmo. «Habría enfermado». Así que decidió poner en segundo lugar el sueldo y el trabajo y asumir que no podía con todo. «Ya no es una cuestión de cuidar a tus hijos, es por tu propia salud mental. Yo me di cuenta de que no podía con todo», insiste. «Lo asumes porque a un hijo lo deseas, pero conoces tus límites», añade.

«Salud mental y física, porque la crianza implica muchos años de mucho trabajo y mucho sacrificio», añade Raquel Ayuela, que es cocinera en el colegio de Herrera de Pisuerga y a su jornada laboral tiene que sumar los desplazamientos hasta Palencia. Por eso ha alternado un par de excedencias puntuales y reducciones de jornada que han ayudado a sobrellevar el cuidado de la casa y del pequeño de sus hijos, Eric, que ya tiene 12 años. «La reducción de jornada me ha aliviado mucho, reconozco que estoy mucho mejor, menos angustiada, porque llego a casa a las tres y media y no a las seis de la tarde», explica.

Sin embargo considera que «hay que darle la vuelta al calcetín» para que las mujeres sean conscientes de sus derechos y no solo de las obligaciones. «Tenemos que quitarnos mucha caspa de encima», sostiene. Primero porque «nos arrastra la culpa», asegura. «Siempre estás en dos sillas y mal sentada. Parece que no llegas a todo, ni en el trabajo ni en casa, y hagas lo que hagas te sientes impotente y frustrada», continúa.

Y en segundo lugar porque «tenemos grabado en el ADN que el trabajo del hombre es más importante, que ellos no pueden renunciar a lo que hacen y nosotras si». Tampoco ayuda mucho en la elección que generalmente los hombres ganen más que las mujeres, porque a la hora de prescindir de un salario siempre se va a optar por sacrificar el más pequeño.

Las tres comparten la idea de que todo ha evolucionado mucho en el tiempo que marca la distancia que hay entre los años en que ellas fueron hijas y hoy son madres, pero no ha sido suficiente. Al final «la carga sigue siendo nuestra», coinciden. Y lo que se ve como una elección libre y voluntaria no siempre lo es. Hay muy pocas ayudas a las que agarrarse. Acceder a las guarderías públicas no es fácil y cuando se pone sobre la balanza el coste de una guardería privada o lo que supone pagar a alguien para que cuide de los hijos o de los padres, son muchas las mujeres que deciden sacrificar parte de su sueldo o todo el sueldo, parte de su vida laboral o toda, porque la otra opción no compensa económicamente.

Por eso reclaman más facilidades para acceder a guarderías públicas, que haya guarderías en los centros de trabajo o que los permisos por cuidados sean retribuidos, como sucede en muchos países de Europa donde hay reducciones de jornada de hasta tres años cobrando el salario integro, sostienen. Consideran que son medidas factibles que ayudarían a repartir las tareas y contribuirían a mejorar la natalidad sin poner toda la carga en el mismo lado de la balanza.

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