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pilar gimeno
Domingo, 26 de junio 2022, 00:11
Felipe García Vielba (1962, Nava de Santullán) ha dedicado buena parte de su trayectoria profesional a la minería del carbón como picador, «un puesto un ... poquito duro». Uno de los pozos en los que trabajó fue el Calero, cuya historia está salpicada de accidentes mortales. Asegura que a lo largo de todos esos años siempre se ha encontrado «muy seguro» y que nunca se ha sentido «en peligro».
–¿Cuándo comenzó a trabajar en la mina?
–Fue a raíz de acabar el curso de Formación Profesional de primer grado en Barruelo, en 1980 y a punto de cumplir los 18 años. Mi padre estaba averiado y se dedicaba al campo. Para que tuviera más ingresos en casa, por ayudarle un poquito, me fui a la mina. Estuve trabajando hasta el 2003. Primero, desde 1980 hasta 1988, en San Cebrián de Mudá, luego desde el 88 hasta el 2003 en Barruelo, donde más en Peragido, aunque también otros siete años en el Calero.
–¿Cómo era su día a día en la mina?
–Siempre estuve dentro. En el 80 entré de ayudante minero, pero a los seis meses ya era picador y lo fui hasta el 98; casi todo el tiempo estuve de picador menos los últimos cinco años, más o menos, que fue vigilante. El día a día del picador era un poquito duro. Además, recuerdo que en San Cebrián no solíamos tener ayudante en las capas que estaban pinadas. Hubo una temporada que estaba todo el día solo, casi desde que entraba hasta que salía… Un poco sí que veía al caballista cuando bajaba el bocadillo… Era una capa que tenía lo más ancha igual unos 30 centímetros pero debía ser buen carbón, es decir, de buena calidad. Ese carbón se sacaba para envolverlo con otras capas de muy mala calidad ya que, si no tenían una cierta calidad, no se lo admitían en térmicas, de modo que mezclaban lo bueno con lo malo. Es una profesión muy dura, pero tampoco he conocido otra.
–¿Qué jornada laboral tenía?
–No recuerdo muy bien. Creo que durante muy poco tiempo trabajábamos de lunes a sábado; de lunes a viernes, siete horas, y los sábados, cinco; pero eso duró uno o dos años. Luego siempre se trabajaba de lunes a viernes, siete horas al día. Casi siempre íbamos por la mañana, alguna temporada me tocó por la tarde; y en Peragido me tocó alguna vez de noche.
–Recientemente se cumplían 81 años del trágico accidente del Pozo Calero, el más grave de Castilla y León, ¿cómo era convivir a diario con ese riesgo?
–No sé si por empezar muy joven y conocerlo mucho tiempo o porque uno se adapta mejor a las circunstancias, yo me encontraba muy seguro en la mina y nunca he tenido miedo, nunca me he sentido en peligro. Notaba el peligro a los demás. Ha habido veces de dejar mi corte e ir a picar un tajo a otro picador que me parecía estaba en peligro; entonces se lo picaba o se lo intentaba preparar o se lo posteaba.
–¿Qué significó el Pozo Calero para el valle de Santullán?
–El Pozo Calero tuvo mucha fama anteriormente, pero en los últimos años no había muchos obreros. La ventilación era ya muy buena porque estaba preparada del 71, salvo la primera temporada que hubo que reponer algunos pozos de ventilación. Al haber muy buena ventilación y al estar muy mecanizado, cuando entré en el 93 lo vi como un pozo con un corte como otro cualquiera, aunque tenía fama de ser muy peligroso. Igual sí que había un poquito más de grisú. Recuerdo que llevábamos al cuello un grisuómetro que te medía el grado de gas que había y te pitaba ya con el 0,1%.
–El 31 de julio de 2005 se completó la paralización de la actividad minera en el valle de Santullán, ¿cómo lo recuerda?
–Casualmente no lo recuerdo. En el 2003 dejé la mina, tuve un accidente –me di un golpe en la cabeza– y me olvidé un poquito de la mina. Entonces no sé si era algo reciente o así, pero casi no recuerdo. Encima la gente fue marchando poquito a poco, les llevaron a las minas cercanas, fue un proceso paulatino y no se notó mucho. Además, la mayoría de la gente no era de Barruelo, muchos de ellos venían de Aguilar o de Guardo, entonces de Barruelo eran 15 o 20 y no se quedaron en el paro, directamente fueron a trabajar a otras minas.
–¿Hubo suficiente inversión pública para paliar los efectos del cierre de las minas?
–Ese fue un problema muy grave. Quiero entender que hubo mucho y, de hecho, oigo hablar a los que han estado en las corporaciones municipales anteriores y me da la impresión de que vino mucho dinero, pero fue mal invertido. Se gastaron cantidades ingentes en cosas que no venían a cuento. De algo que pudiera generar empleo, de eso no se acordó nadie. Se gastaba en echar hormigón en las calles, ya me dirás qué futuro tiene un pueblo porque tenga dos metros más o menos de hormigón. Sin embargo, en el polígono se invirtió poco, no se ayudó a las empresas a instalarse allí… no se supo invertir el dinero que dieron porque vino mucho.
–El carbón ha escrito la historia del norte de Palencia, ¿cómo valora las iniciativas para la conservación de un legado patrimonial tan importante?
–Las iniciativas son buenísimas. La pena es que no puedan colaborar más los ayuntamientos, pero hacemos lo que podemos. La iniciativa de ARPI es buenísima. Esta es una zona industrial enorme en manos privadas y esta titularidad no se ha solucionado. El problema cercano más acuciante sería intentar que el terreno de minas que sea público revierta otra vez en quien corresponda y que lo que sea privado, pues que ayuden a los pueblos a recuperarlo.
–¿Cómo es la vida en Barruelo hoy en día?
–Barruelo tiene mucha vida gracias a Gullón, Siro y a las empresas que han ido montando en Aguilar. Quizás también por el precio de la vivienda la gente está comprando y arreglando casas en Barruelo. Lo malo es que la mayoría están muy abandonadas porque la gente marchó y se olvidó un poco de Barruelo, sobre todo los que emigraron en los 70.
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