Cuando en la noche del domingo 10 de noviembre se proclamaron los resultados de las elecciones generales, unos, los partidos vencedores, hicieron gala de su ... victoria; otros, los que recibieron resultados adversos, los camuflaron como si hubieran sido logros, y finalmente uno, cuyo resultado era demoledor, reconoció sin paliativos su fracaso. Y esta consideración viene a cuento para poner sobre la mesa la concepción temerosa del fracaso en la sociedad española, a diferencia del valor que se le da en la sociedad americana. La diferencia se encuentra en el espíritu del receptor, que, sin duda, está condicionado por la cultura del ambiente en el que se desenvuelve. Reconocerán conmigo que la máxima expresión del fracaso es la muerte; pues bien, mientras para el afligido la muerte es el final, para el confiado la muerte es el principio.
Julio César, el más destacado general del imperio romano, no murió invicto como Alejandro Magno. Su genialidad en las derrotas estuvo a la altura de sus grandes victorias. Entre todas las batallas, las dos más decisivas, Alesia y Farsalia, emergen entre las cenizas de la derrota. Las operaciones que diseñó entre la derrota y la victoria son una fuente de enseñanza del arte militar. Es de admirar que ese espíritu elevado lo mostrara en las más simples ocasiones: en el año 47 antes de Cristo, concentró sus tropas en Sicilia con el objetivo de conquistar el norte de África. Al abandonar la isla, una tormenta dispersó la flota y las naves fueron llegando por separado a África. César desembarcó en la actual Túnez, pero al bajar a tierra tropezó y cayó al suelo. Y lo que hubiera sido un síntoma de malos augurios lo transformó con su ánimo en una señal de buena suerte, pues cogió un puñado de tierra entre sus manos y exclamó: «África, ya eres mía». Su fe en sí mismo fue la condición primera de este gran conquistador.
A menudo, la sensación de fracaso se acentúa con la propia imaginación y le damos menos importancia a lo que nos sucede en la vida, que a la impresión de cómo lo percibimos. Por eso, el que piensa que ha fracasado debe analizar lo sucedido desde la reflexión y la razón, porque a veces la apariencia real de un temor pesa más que un montón de razones que niegan su existencia. El fracasado debe optar entre resistir y luchar, o ceder y esquivar los obstáculos. En el primer caso, necesitará no solo contar con su fortaleza, sino con su propio convencimiento, es decir, con la fe del conquistador. Si eligiera la segunda opción, sería a priori la decisión más cómoda, pero se asemejaría al ganado fatigado que camina más ligero cuando vuelve a casa.
A veces uno se pregunta: ¿por qué unas personas superan enseguida la adversidad y otras, en cambio, parecen atrapadas en un pozo sin salida? A este respecto, habría que recordar lo que decía Hesíodo, un poeta de la antigua Grecia: «Los dioses inmortales han puesto el sudor delante de la excelencia». Por eso, ante el fracaso no hay que renunciar a la fatiga ni huir del sufrimiento, porque ambos son la vía de la transformación del ser humano, ambos ennoblecen el alma. Nelson Mandela fue un ejemplo de ello, pues los veintisiete años que permaneció encarcelado convirtieron a un hombre emocional, testarudo y susceptible en un hombre equilibrado y disciplinado. Él mismo lo confirmó: «Salí convertido en un hombre maduro».
La sociedad actual no es muy benevolente y al fracasado no suele dársele una segunda oportunidad. Por eso quien pasa por este proceso debe armarse de energía y utilizar su fuerza y argumentos para intentarlo de nuevo. La superación del fracaso tiene que ver más con una disposición del ánimo que con un reconocimiento externo. Si a alguien pudiéramos distinguir por su actitud ejemplarizante ante el fracaso, ese es Winston Churchill: su biografía está repleta de fracasos, algunos son estrepitosos. Por eso, al final de su carrera, cuando le preguntaron cómo concebía el éxito, respondió: «¿Éxito? Es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.»
Los romanos marcaron una clara diferenciación entre la 'auctoritas' y la 'potestas', y ensalzaron la primera sobre la segunda, pues entendían que la 'auctoritas' era el reconocimiento del saber y de la capacidad moral que tenía una persona para emitir una opinión; mientras que potestas era el poder socialmente reconocido, propio de quien tenía capacidad de hacer cumplir una decisión. La 'auctoritas' era el prestigio, y la 'potestas', la fuerza. Por eso, la caída o el fracaso del político que se distingue por su 'auctoritas' es menos caída. Su honestidad y buena gestión dejarán una huella difícil de olvidar.
Termino con una cita que hace un canto al fracaso y que procede de Oscar Wilde, cuando al final de sus días, después de ser condenado y encarcelado, se expresó de nuevo con una genial reflexión: «Ahora que estoy sentado aquí y miro hacia atrás, me doy cuenta de que he vivido la vida completa que necesita el artista: he tenido un gran éxito, he tenido un gran fracaso, he aprendido el gran valor de ambas cosas; ya sé que el fracaso significa más, siempre debe significar más que el éxito. ¿Por qué he de quejarme entonces?».
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