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Solo echando la vista atrás en la historia que recuerda a algunos reyes como Carlos IV, Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII, lo mismo ... que a otros presidentes y jefes del Gobierno como Azaña y Negrín, que tuvieron que pasar por el amargo trance del exilio por sus ideas, hace pensar que compartimos un país donde la intolerancia es como una maldición que predestina a muchos a buscar refugio, e incluso tumba, en el extranjero. El último ejemplo es Juan Carlos I, que en una situación incomprensible permanece desterrado de su país, un país donde el respeto y la gratitud brillan por su ausencia.
Juan Carlos I nació en el exilio, en Roma, pasó la juventud en el exilio en Portugal y, si la sensatez colectiva no se impone, la crónica intolerancia nacional seguirá condenándole la vejez a otro exilio más lejano. Espero, como tantos otros españoles, que esta situación injusta e incomprensible no se siga prolongando y poniendo en duda ante el mundo nuestra propia dignidad nacional. Es inconcebible que no pueda permanecer en el país al que sacó de la opresión, en el que propició que tantos exiliados españoles, igual que él ahora, que se encontraban esparcidos por el mundo, pudiesen regresar y, sea cual sea su ideología, religión o pasado, disfrutar de libertad y participar del progreso y la modernidad alcanzados.
Quienes pretendan mantenerlo en el exilio deberían percatarse de que Juan Carlos I pasará a la historia de España como un gran monarca al que se atribuirán méritos, que en el extranjero admiran más que nosotros le reconocemos. Como también es probable que la historia censurará la incomprensión de quienes obstaculizan que recupere su condición de español libre y honorable. Si ha cometido algún error en su vida privada, nadie salvo la Justicia podría penalizarlo. Y no es el caso, don Juan Carlos no tiene acusaciones formales pendientes.
La injusticia que se está perpetrando contra el rey emérito es deplorable y entristece que muchos que la propician son los más beneficiados por la libertad y democracia que nos proporcionó. Don Juan Carlos heredó todos los poderes de una dictadura implacable y renunció para traspasarlos democráticamente al pueblo. Se jugó mucho enfrentándose a un golpe de Estado que nos habría retrotraído a tiempos que queríamos olvidar y, durante su reinado, nadie tuvo que exiliarse en el extranjero, excepción hecha de quienes han huido al ser reclamados por los jueces.
Él es el único exiliado de las últimas décadas: puso la Corona en buenas manos y, ante las dudas que se habían despertado, se inmoló para no obstaculizar la consolidación de su sucesor y contribuir a reforzar la estabilidad política.
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