A María Jesús. A Héctor y a Óscar
Ponía conciencia plena en todo lo que hacía. Y hacía mucho. Eso era de tal manera que ... las cosas para él no acababan donde todos suponíamos que tenían que terminar sino más allá, justo donde acampaba la dignidad humana. Ese era el espíritu del gran José Antonio Abella, que acaba de dejarnos. Nos conocimos por primera vez hace muchos años. Fue de refilón, cruzándonos en una biblioteca pública cuando él terminaba un acto literario y yo iba a comenzar otro. Estoy convencido de que ninguno de los dos supusimos que aquel saludo ocasional y ciego no era más que el detonante de una amistad que también, como todo lo demás en su vida, iba a alargarse más allá de sí misma, donde empiezan las aguas insobornables de la fraternidad.
¿Cómo ofrecer un retrato cabal de alguien a quien se ha querido tanto? Él no me hubiese consentido un texto de incensario o de pamplina sentimental, que habría considerado con toda seguridad como una caricatura. Pero si pienso ahora en él, en el significado que le ha dado a su vida y a su mundo creativo, se me impone sin remedio esa palabra rotunda y sin adhesiones espurias: conciencia. José Antonio no hacía nada en su vida que no estuviese presidido por ese testigo nebuloso que da irremediablemente otro cariz a cualquier cosa que se haga bajo su resguardo. Podemos ofrecer testimonios reales. Cuando se plantó días y días con una tienda de campaña ante la sede de la Junta para exigir el 0'7 del presupuesto público para gastos sociales; cuando resistió la vil campaña de la ultraderecha, asistida por taimados cómplices conniventes, contra la estatua del diablillo en el acueducto, un encargo que él supo convertir en un signo simpático sin otro alcance, renunciando, además, de antemano a cualquier recompensa económica; y, ya mordido por la enfermedad, cuando abanderó una campaña para exigir, a semejanza de lo que ocurría en otros países, la gratuidad de un medicamento clave que podía ser un lenitivo decisivo para los pacientes del mismo tipo de cáncer que se lo llevó. Incluso cuando supo que él no iba a beneficiarse de ello, siguió batallando contra esa omisión injusta. Y más y más…
Se ha ido el último renacentista, como le llamábamos en broma. Se ha ido también un gran novelista en el panorama nacional. Pero no se ha ido del todo. Él sabía que el legado más cierto que podía dejarnos eran esas historias sacadas a la brava de la vida. Yuda, La sonrisa robada, Aquel mar que nunca vimos, Agnus Diaboli, El corazón del cíclope. ¿Cómo leer cualquiera de ellas sin sentir el calambre de lo que significa la condición humana? La última vez que nos vimos me explicaba lo que ya había dejado dispuesto para seguir entre nosotros, como si no quisiera que se notase demasiado su falta: dos, tres narraciones que nos permitirán seguir cerca de él mientras las leemos. El último acto de generosidad de un escritor es convertirse en palabras, más allá (otra vez «más allá») de su presencia real. Lo real ahora son, en el caso de nuestro gran Abella, esas narraciones pendientes. Él lo dispuso así. Me desvelaba la última vez que nos vimos -y ambos sabíamos qué estaba sucediendo allí- cómo estaba sufriendo para contar una de esas historias postreras, basada en un hecho real en la atroz dictadura argentina del siniestro Videla. Me iba deshilando el argumento y de pronto se echó a llorar. «Perdona -me dijo-, es que esta medicación me pone flojo». Qué va, hermano Abella. ¿Flojo tú? Tú has sido el mejor de todos. El más entero, el que nunca dejó de mirar de frente todo lo que la vida puede contener, por duro o vergonzoso que ello sea. Nos exigiste eso hasta el final: enfrentarnos sin excusas a los hechos humanos para saber quiénes somos, de qué estamos hechos. Tú excavaste en tu vida y en tu obra a favor de esa apuesta por hacernos mejores. Ojalá no olvidemos esa conciencia alerta con la que nos avisabas y nos acogías en un mismo gesto. Conciencia y compasión. Nunca lo olvidaré; nunca te olvidaré, hermano.
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