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Rad Bradbury terminó Secundaria en plena Depresión del 29. Su familia no tenía dinero y no podía ir a la universidad, así que después de ... su trabajo como repartidor de periódicos se marcó como objetivo ir a la biblioteca tres días a la semana, y lo hizo durante diez años seguidos. Hoy también se agolpan estudiantes en las bibliotecas, pero no necesitan consultar en las estanterías para buscar respuestas a sus preguntas. Lo que buscan es silencio y esquivar las distracciones, para engullir a tiempo el temario marcado. No son más listos ni más tontos que la generación de Bradbury, quien entonces y también ahora hubiera sido un fenómeno. «Es el mar, tonto, el mar», como en el chiste aquel de Miliki. El mar, el sistema, ha cambiado.
A esos que despellejan a los estudiantes de hoy, les convendría leer las memorias de Evelyn Waugh, en las que cuenta su etapa como estudiante en Oxford. Para la elite, que tan bien plasmó en Retorno a Brideshead, la formación era un barniz apetitoso, un medio de establecer contactos entre iguales, pero no una credencial para encontrar trabajo. El título se daba por conseguido, y además la mayoría tenía asegurado un trabajo o medio de vida ya antes de entrar en el campus. «La mayoría se conformaba con pasar de cualquier manera. La proporción de holgazanes hoy es muy reducida. El moderno estudiante es más virtuoso, porque es más pobre. Es más intelectual, porque ha de esforzarse más».
Esa apertura de la universidad que ya palpaba el escritor inglés en el periodo de entreguerras hoy es total, y hasta a veces, dicen, excesiva. El título se entiende como una inversión, un peaje para encontrar trabajo. Ya nadie se indigna si no se considera a la universidad un «templo del conocimiento»; al revés, algunos tienen el descaro de puntuarlas según el grado de inserción laboral de sus alumnos, que con curriculum pronto será el único término latino en uso. Y si el premio es el título, el único objetivo es aprobar.
Aprobar por los pelos también era el objetivo de unos chicos que vendían clases de refuerzo de materias «hueso», grabadas sin permiso de una academia, y encima ofertarlas a través de la red de su propia universidad. Emprendedores, pensaría alguno. El caso revela un boquete del sistema. Primero, porque una parte significativa de universitarios es incapaz de comprender la materia de boca de su propio profesor, sea de quien sea la culpa. Segundo, porque a la desesperada pagan por clases particulares para tratar de aprobar, que tampoco es cosa segura. Tercero, porque seguro que no todos los que las necesitarían pueden pagarlas.
Es posible que algunos de los implicados se pregunten qué había de malo en ello, cuando cada día comparten trabajos, libros y tesis enteras por el móvil. Sí, en mis tiempos también fotocopiábamos apuntes y libros (que no era delito, hasta te los vendían en la propia universidad). Pero ahora el mercadeo de materiales es tan brutal que amenaza con derrocar al «sabio en el escenario», ese profesor sobre la tarima cuyas explicaciones hoy pueden ser suplantadas por vídeos de YouTube. Y el hecho es que, aunque parezca que todo sigue igual, no es descabellado poder titularse sin apenas pisar un aula, salvo en unos cuantos grados que requieren presencia.
Más allá del título, lo insustituible de la universidad, del instituto, de un centro de formación profesional y hasta de un curso del ECYL, es estar allí, escuchar al profesor junto a tus iguales. Estudiantes excepcionales, no por sus expedientes, sino por lo que son por sí mismos. Recuerdo bien a un compañero que comenzó con nosotros Periodismo. Venía a las clases en el turno de tarde, se sentaba solo y hacía preguntas complejas a los profesores, sobre todo en Historia. Leía mucho y nos daba cien mil vueltas a todos, pipiolos recién salidos del instituto. Una mañana le encontré vestido con mono azul, reparando una moto en un taller. Continuó un par de años, pero al final dejó la carrera. También me acuerdo de una estudiante portuguesa que vino un tiempo después, y con la que nos enfadamos porque no entregó a tiempo su parte en un estúpido trabajo de equipo. Ante nuestros reproches, solo dijo muy seria y con voz grave: «hay cosas más importantes en la vida que los deberes de la universidad». Y tenía toda la razón.
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