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Mientras discurre la transición presidencial más extraña que se recuerda en Washington, el gobierno de Joe Biden va cobrando forma. Donald Trump ha decidido marcharse ... sin reconocer la legitimidad de la victoria demócrata. Sus asesores más radicales le recomiendan que tome medidas excepcionales antes de la toma de posesión del 20 de enero, movilice al ejército y obligue a repetir elecciones en los Estados donde perdió por un margen escaso. El partido republicano por fin empieza a distanciarse del magnate neoyorkino, pero su manera furiosa de ver el mundo perdurará y quién sabe si volverá al poder en 2024. El ruido del mal perdedor es posible que no nos deje ver un cambio extraordinario en la política de Estados Unidos después de cuatro años convulsos.
Biden está seleccionando un gabinete de altura, buscando a los mejores en cada área y combinando la excelencia con la diversidad. Nos habíamos acostumbrado a un presidente que no leía informes, sin apenas asesores, con su hija y yerno ejerciendo de cortesanos influyentes y una rotación vertiginosa de miembros del gobierno. No en vano el mejor momento para Trump en la relación con sus subordinados es siempre el placer de despedirlos, típicamente a través de un tuit. Su administración nunca ha funcionado plenamente, por la dificultad de atraer a personas válidas para ocupar todos los puestos clave.
Ahora, la sensación en Washington es justo la contraria. Al igual que ocurrió al principio de la era Obama, muchos altos funcionarios, expertos, profesores y personas destacadas de la política y la sociedad civil se muestran dispuestas a servir a su país. La sensación de restauración de la democracia y los estragos de la pandemia llevan a muchos a ofrecer su colaboración. De hecho, hay una evidente repetición de nombres que sirvieron en la anterior etapa demócrata.
Algunos presagian que presidencia de Joe Biden será en la práctica un tercer mandato de Obama, a través de persona interpuesta. Si de hecho lo fuera, Estados Unidos saldría ganando de todos modos. Pero el presidente electo es consciente de que la situación actual le exige salir de la sombra del que fue su jefe durante ocho años y ejercer el poder de un modo diferente. Obama dejó una huella positiva, pero no supo unir al país y pecó de arrogancia, fruto de su inexperiencia y de su tono demasiado profesoral. Estaba convencido de saber siempre más y ser mejor que el resto, algo que le restó eficacia. El estilo de Biden, sereno, poco dogmático, propenso a la escucha, es mucho más indicado para abordar el complicado momento que atraviesa la primera democracia del mundo.
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