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María Jesús Montero antepone las vísceras frente a nuestro ordenamiento jurídico. No es que me extrañe, dadas las maniobras que aplica su mentor en esta ... materia. La vicepresidenta ha puesto en tela de juicio durante un mitin la última sentencia no condenatoria a favor del futbolista Dani Alves por agresión sexual. Ella se acaba de erigir en juez y verdugo denostando a gritos la presunción de inocencia, y esa ligereza no solo ha pateado las leyes, sino que ha dado alas a los sectores más conservadores para afianzar en mentes dispersas que los hombres son siempre las víctimas de la perfidia feminista.
Incluso en un clima político tan crispado como el que arrastramos, convenimos que la democracia salvaguardaba los derechos esenciales de un detenido, a diferencia de cómo se le trataba durante la dictadura. A este se le acusaba, se lo torturaba y ese calvario le hacía confesar, aun siendo exonerable. Y si no le torturaban, la 'justicia' dictaba que acabara con sus huesos en prisión, por indeseable o desvalido.
Con el advenimiento del sistema de libertades, el encausado comenzó a disfrutar de la presunción de inocencia, que ampara un derecho tan fundamental como lógico. Pero como la atmósfera partidaria se ha vuelto irrespirable, ahora ese logro se ha vuelto irrelevante para quienes deberían custodiar el régimen que tanto tiempo costó fraguar.
Aún resta una serie de procedimientos para dirimir si finalmente la carga probatoria incrimina al exfutbolista brasileño del Barça en la última instancia del sistema judicial. Puede que las sentencias previas se viesen salpicadas de inconsistencias jurídicas o que los vídeos incriminatorios adolezcan de una falta de solidez irrefutable. Pero a pesar de la deriva social de la que son víctimas las mujeres, opto por un culpable en la calle frente a un inocente en prisión.
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