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Cuando una colega de la Universidad me dijo feliz y despreocupada que sus artículos salen redondos de Chat GPT, recordé otra conversación entre amigos orgullosos ... de sus éxitos culinarios con la Thermomix. Nadie me ha confesado algo parecido del Satisfyer, pero imagino que también tendrá su público contento y agradecido. ¡Vivan las máquinas complacientes!
Tanta gente vive más pendiente del móvil que de sus padres, de sus hijos, de sus amigos, vecinos, perros o gatos (canarios, peces, tortugas), que incluso van perdiendo la capacidad de mirar a los ojos e interpretar el estado de ánimo de las personas enfrente. Entablan conversaciones con Siri u otros asistentes virtuales, les piden opiniones y les cuentan sus penas. ¿Se identifican ustedes con esta tendencia, tan inquietante como normalizada?
Al finalizar este año hablamos de Inteligencia Artificial y robots, chismes que están hace décadas están entre nosotros, en millones de cocinas de todo el mundo. El robot de cocina es ese electrodoméstico tan popular con el que se preparan recetas difíciles y deliciosas sin necesidad de ser un chef, sin dedicar miles de horas a la gastronomía y en tiempo récord, con cantidades exactas y ensuciando lo mínimo (un detalle importante para evitar las broncas domésticas).
Quienes descubren Thermonix se entusiasman (al principio) con sus utilidades y resultados. Luego muchos se dan cuenta de que la vida no da para hacer salsa holandesa y tarta de queso a diario. La mayoría se pierde la experiencia de aprender a cocinar a la antigua unos cardos en salsa de almendras, lombarda con manzanas, pasas y piñones o sopa de picadillo. Todos estos platos baratos, saludables y tradicionales en las mesas navideñas (y al día siguiente, cuando comemos sobras).
Aunque algunos puristas critican el uso del robot para cocinar, nadie lo considera poco ético. Al fin se trata de una evolución técnica más, como en su día lo fue cambiar la cocina «bilbaína», de carbón, por la de gas, y luego optar por la inducción. La diferencia, claro, es que la máquina piensa en cierto modo por nosotros, nos apunta las cantidades, los minutos y temperaturas. Sus libros de recetas circulan por las redes y pueden programarse en línea para lograr guisos deliciosos. También hay quien tiene la Thermomix para hacer pan rallado y picar hielo, utilidades similares a las propias de un marido tras varias décadas de uso.
Entonces, esta herramienta –me refiero al robot, no al esposo– no ha acabado con el oficio de cocinar; al contrario, está más de moda y es más valorado que nunca antes en la historia, un dato positivo ante el temor presente por los efectos potenciales de la IA generativa sobre la producción intelectual. En actos cotidianos, se tira de Chat GPT. Antes se copiaban los discursos de libros con citas, poesías bastante vulgares y lugares comunes anodinos. Hoy, si una pareja le pide a un amigo hablar en su boda, es probable que escuchen un texto escrito con cualquier aplicación de Inteligencia Artificial. Queda mejor que los tópicos de antaño, pero no deja de ser un burdo copieteo, nada original. No es la receta de la abuela, u otra creada por nosotros mismos y adaptada al gusto de nuestros invitados.
Hemos aceptado que un robot cocine en casa; pronto asumiremos que van a pensar en nuestro lugar, lo que por cierto ya hacen los móviles y las plataformas al anticipar preferencias. Las tecnologías que nos mostrarán el año que viene desde Estados Unidos nos dejarán la boca abierta, el cerebro expuesto a que nos lean la mente y la cartera lista para que nos la hurten. Elon Musk y su pandilla están desarrollando implantes neurológicos para acrecentar la memoria y conectar nuestra consciencia con bases de datos. Al final, si nos dejamos, nos convertirán en teslas manipulados desde Sylicon Valley.
Pero también puede que esos gadgets neurológicos sean una nueva Thermomix, perfectos para lograr que cocine bien quien no sabía freír un huevo. Y los virtuosos del pensamiento lo reconocerán, como un gastrónomo consumado sabe diferenciar lo artesano de lo artificial, como quien percibe que el sexo en el metaverso es mucho menos sensitivo que el real, o distingue una fotografía auténtica de un meme fake. De momento pagamos más por lo humano.
En las cenas de Nochevieja todos estos temas no suplantarán a las clásicas discusiones políticas, familiares o deportivas (sinónimos), pero sugiero alguna charla en torno el concepto de humanidad. Darnos abrazos, comer productos sencillos de la tierra preparados en las cazuelas y dar paseos por el parque para sentir el frío. Todo contacto con la naturaleza a través de la vista, el oído, el tacto, el olfato o el gusto, nos hace sentirnos personas. Ver, oír, tocar, oler y degustar se hace con el propio cerebro, que siga siendo nuestro por muchos años.
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