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El presidente Trump, con sus políticas populistas e introspectivas, había declinado el papel que desde la Segunda Guerra Mundial ha correspondido a los Estados Unidos: ... el liderazgo del mundo occidental, surgido de la gran conflagración y agrupado política, militar, estratégica y tecnológicamente en la OTAN. La preocupación del expresidente fue la falta de contribución dineraria de los europeos al sostenimiento de la Alianza, sin ver que le liderazgo global de Washington también tenía un precio, vinculado a los evidentes retornos.
El viejo Biden, un socialdemócrata de los de viejo cuño, se ha encontrado con un fenómeno nuevo, imprevisto, mal detectado hasta hoy. Es cierto que la guerra fría ha concluido, que ni siquiera es real la amenaza nuclear pese a los gigantescos arsenales almacenados por todos los actores de antaño, pero ha surgido un elemento nuevo, China, que ya no es el país tercermundista venido a más, hábil copista del ingenio ajeno. China es hoy -se ha dicho en Cornualles- una superpotencia con ambiciones globales y métodos dudosos. El país más poblado de la tierra ambiciona ejercer una influencia global. Y para ello ha idea la Ruta de la Seda, que establece una vasta red de comunicaciones financiadas por Pekín que distribuye desarrollo. a cambio, lógicamente, de contrapartidas, además de respetabilidad y de la debida correspondencia política.
Pues bien: Biden ha viajado a Europa, al G7, para poner coto a esta expansión. Por una parte, ha advertido a China de que existen unas reglas inviolables: «Vamos a promover nuestros valores, incluyendo un llamamiento a Pekín para que respete los derechos humanos y las libertades fundamentales, sobre todo en relación con Xinjiang, y reconozca el alto grado de autonomía para Hong Kong establecido en la Declaración Conjunta firmada con Gran Bretaña en 1997», dice la declaración del G7, suscrita sin entusiasmo con Alemania, muy consciente de que China es, además de una superpotencia sin escrúpulos, un partenaire económico de importancia.
En lo referente al expansionismo chino, la declaración de Carbis Bay -la localidad de Cornualles donde se celebró la cumbre- manifiesta la voluntad del G7 de elaborar una «alternativa occidental» a la estrategia de China de invertir masivamente en Latinoamérica (puertos, carreteras, ferrocarriles, tecnologías digitales.), y haber conseguido de esta manera que más de un centenar de países tengan una deuda considerable con Pekín.
En suma, los líderes del G7 muestran una sintonía admirable en su deseo de parar los pies a las autocracias -su posición ante Rusia ha quedado difusa porque la reunión tuvo lugar antes del encuentro entre Biden y Putin en Suiza-, pero no es difícil colegir que Putin tendrá que recoger velas en Ucrania y moderarse en el recurso a las guerras tecnológicas que alcanzaron en tiempos de Trump proporciones inquietantes.
En el terreno estratégico, los carriles están ya ubicados y es previsible que si la coyuntura internacional lo permite la reconstrucción de occidente contenga a China, que sigue siendo una autocracia sin principios ni para sus propios ciudadanos ni en relación la comunidad internacional. Lo apasionante del caso es que esta proyección exterior coincide con una reconstrucción de la socialdemocracia en Occidente. Biden está aplicando políticas expansivas para salir dela crisis provocada de la pandemia, políticas que incluyen una extraordinaria inversión en infraestructuras en USA. Y a la vez, el G7, después de mucho tiempo de vacío, habla de desigualdad -existe la conciencia de que las políticas sociales no sólo se relacionan con la beneficencia y con la ética sino también con la productividad y el desarrollo-, de cambio climático y de creación de una estructura sanitaria global contra futuras pandemias.
Los Estados se convierten así en garantes del bienestar de los ciudadanos, y -por si acaso alguno pretende prestar oídos a cantos de sirena- de las libertades civiles, pisoteadas en China y en Rusia, referentes a 'otro' modelo inaceptable de desarrollo.
Biden puede ser una pieza esencial en la resurrección de una globalización que había perdido el norte y se había echado en brazos de un ultraliberalismo que no ha sido capaz ni de eludir las crisis, ni de sacarnos eficazmente de ellas, ni de proporcionar el aliciente de la prosperidad a los jóvenes, a los ciudadanos en general.
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