En el cementerio de Villadangos del Páramo, en la provincia de León, los muertos se apilan junto a un muro, casi olvidados. No hablan ni protestan. No dicen nada. Son muertos. Allí están desde hace más de ochenta años, cuando una bala se cruzó ... en el camino y les arrebató su vida.
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Fueron ajusticiados en tierra de nadie, lejos de la población, con el fin de que el sonido de los fusiles se diluyera en medio de la noche. Al alba, eso sí, un grupo de vecinos con el corazón destrozado recogieron sus cuerpos ensangrentados, los subieron a un carro y se los llevaron al camposanto en un gesto de dignidad en medio de la locura.
Nunca hubo un funeral, ni una flor. Jamás tuvieron una lápida y desde luego, sus nombres nunca pudieron ser vistos. Fueron asesinados y su sangre marcó el camino desde el lugar del ajusticiamiento hasta la última morada. De ahí la importancia de recuperar ahora sus cuerpos porque así, por mucho que pese, se recuperará su memoria, su dignidad y su alma.
Francisco Díaz Santos era maestro herrador y trabajaba para un veterinario republicano en León. Él –según recuerda la Asociación para la Memoria Histórica en su biografía– tenía ideas de progreso, de igualdad y gran sentido de la justicia. Y así lo relatan hijos: «Creía en el derecho de las personas humildes a una vida digna y de progreso». Vaya locura, no.
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Casado y con siete hijos, el mayor de 17 años y el menor 11 meses, fue asesinado a las puertas de Villadangos por ser integrante de la Federación de Herradores de España, «adherida a la UGT», y concejal.
Buena gente, buen padre, honrado y colaborador, fue arrestado en los últimos días de agosto en Mansilla de las Mulas, junto con al menos una docena de hombres más y trasladado al campo de concentración de San Marcos.
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A mediados del mes de octubre –con la guerra ya terminada– un familiar falangista contó a la familia que sería puesto en libertad de manera inminente. Su esposa, Eulogia Santos, acudió desde Mansilla hasta León con ropa limpia para recibirle. Fue acompañada del familiar falangista, pero cuando llegaron a San Marcos se encontraron con la peor de las noticias: «Señora, ya no está, anoche pasó por capilla».
Francisco salió en un camión cargado de presos hacia Villadangos, y allí fue fusilado. Un tiro fue suficiente. Un acta funeraria en poder del cura de la localidad y un trozo de un cinturón fueron la prueba.
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«Su nombre aparece en la causa número 619/36 en los Archivos de Ferrol. A medida que esta causa va desarrollándose siguen apareciendo buena parte de los nombres de las personas acusadas, pero en un momento dado varios nombres dejan de mencionarse, entre ellos el de Santos Francisco. Solo vuelve a aparecer ya en noviembre de 1936, cuando se indica que su caso ha sido sobreseído. Sin embargo, él llevaba ya muerto varias semanas», recuerda la ARMH en su memoria.
Francisco Díaz Santos fue 'paseado' junto a otras setenta personas, que recibieron el mismo trato por causas tan condenatorias como pensar diferente, pedir libertad o no reconocer a un régimen dictatorial.
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Desde entonces, él 'vive' en una esquina del cementerio, apartado, y su cuerpo, sus huesos, se entremezclarán seguro con el de otros compañeros de camino.
En las últimas semanas algunos vecinos de Villadangos han negado a la familia de Francisco, y de otros muchos, la necesidad de darle un último abrazo; sí, el abrazo robado por una bala en manos de un fundamentalista. Es el último insulto a su dignidad y a su memoria.
Así es una parte de nuestra sociedad. Claro, que nadie ha pedido opinión a los muertos. Ellos no hablan.
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