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El milagro del veranillo
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Cambio climático o cosas de los santos mediantes, nos hemos librado de momento de encender la calefacciónEn estos tiempos de medir la pesetilla, del otoño pautado al centimillo, uno mira hacia atrás para recordar el verano del que hemos gozado. Playas ... donde no necesitabas un protector para el sol sino para que vigilara el hueco en el que habías extendido la toalla; chiringuito en el que no te acodabas en la barra sino en una señora ungida en crema, el único vacío disponible; o un aparcamiento tan lejano del arenal que más te hubiera valido ir a la montaña.
Ahora debería tocar pan y cebolla, que al pagar será el llorar. Pero por asunto de los veranillos, el de San Miguel persistente y el venidero de San Martín, el caos de nuestra economía doméstica se demora. Cambio climático o cosas de los santos mediantes, nos hemos librado de momento de encender la calefacción.
Y ese respiro me hace soñar –que es gratis, les recuerdo– con que haya más santos a quienes encomendarse, de esos que detengan el frío. Un sueño que suelo aderezar con cosas de ricos. Así, me fijo en propietarios de clubes de fútbol o de arte, para imaginarme que preferiría ser y hacer: si que mi equipo marcara un gol decisivo o poseer un Gauguin o la colección de la baronesa Thyssen.
Pero los sueños, ya saben que sueños son, y vuelvo a la realidad para conformarme con mirar en casa el cuadro de mi admirado José Luis López Saura, que me regaló la cofradía segoviana de la Virgen de la Fuencisla, titulado 'El milagro de la judía Esther' y en cuyo pie dice: «La Virgen María socorrió a la mujer Hebrea que despeñaron y en sus sagradas manos la puso en el suelo libre». Y me siento reconfortado, a la espera del milagro de la prolongación del veranillo o, llegado el frío y ya despeñados, el Gobierno nos deposite en el suelo sanos, salvos y calentitos.
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