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Este miércoles Pasqual Maragall cumple ochenta años, y aunque infortunadamente el ilustre político catalán padece la cruel desfiguración del Alzheimer, la efemérides propicia tanto el ... elogio al munícipe que lanzó a Barcelona a la modernidad actual, cuanto la memoria de aquel pasado todavía reciente en que Maragall sucedió a Pujol al frente de la Generalitat, presidiendo un gobierno tripartito entre 2003 y 2006 y abriendo así un periodo de gran convulsión del que todavía no nos hemos librado completamente.
Maragall, nieto del eximio poeta catalán Joan Maragall, autor de aquella doliente 'Oda a Espanya' que soberanistas, catalanistas y españolistas se han arrojado reiteradamente a la cara, fue uno de esos políticos de carácter que tiene la virtud de arrastrar a las masas y de llevar en sí mismo el germen de la reforma. Como se ha recordado recientemente, aunque los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 fueron un proyecto a cuatro manos del franquista Juan Antonio Samaranch y del socialista Narcís Serra, Maragall, alcalde de Barcelona entre 1982 y 1997, fue capaz no solo de construir una espléndida candidatura sino de aprovechar aquella circunstancia especial para renovar espectacularmente el rostro y el organismo vital de Barcelona, y con Barcelona de toda Cataluña, que mejoró claramente su posición en el mundo con aquel espectacular alarde.
Tras abandonar la alcaldía, Maragall se fue a Italia, a estudiar las vicisitudes del federalismo y de los diversos sistemas descentralizadores en foros académicos y políticos, y al regreso, de nuevo al frente del PSC, sacó más votos que Pujol en las elecciones autonómicas de 1999 pero solo en 2003, cuando Pujol ya no aspiró a la Generalitat, consiguió el gobierno de Cataluña al frente de un tripartito con ERC e Iniciativa per Catalunya. Esa segunda parte de la ejecutoria política de Maragall ya fue mucho más controvertida.
Podrá decirse que a toro pasado es más fácil encontrar los inconvenientes de determinado proyecto, pero en este caso no es complicado lamentar ciertas políticas que nos han traído hasta aquí. Cuando Maragall llegó a la Generalitat en 2003, lo que suponía el primer acceso de un no nacionalista al poder autonómico desde el arranque de la autonomía (Pujol la presidió desde mayo de 1980 a diciembre de 2003), se esperaba un cambio de rumbo que no se produjo: prosiguieron las multas por rotular en castellano, por poner un aparatoso aunque poco relevante ejemplo. Aquella actitud dio lugar al nacimiento de un movimiento intelectual de peso, Ciudadanos, surgido sobre todo de las ubres del socialismo no nacionalista, que mientras se mantuvo como plataforma fue muy sensato (otra cosa es el juicio que pueda merecer su comportamiento posterior como partido, al margen de los propios fundadores)
Maragall excitó los ánimos de quienes pensaban que el marco estatutario era insuficiente (algo que nunca planteó Pujol en sus casi 23 años de 'reinado'), orquestó una victimista y agria campaña sobre la inequidad de las balanzas fiscales y, pese a que Zapatero y el propio Mas hicieron lo posible por embridar la reforma estatutaria, el bodrio resultante fue carnaza para la derecha política, que convenció al Constitucional de la inconstitucionalidad de la norma, que ya había sido refrendada como procedía por el pueblo de Cataluña. Es difícil negar que algunos aspectos del nuevo Estatut eran controvertibles.
De aquellos polvos surgieron estos lodos. El pueblo catalán, en general, se sintió manipulado; el separatismo, latente hasta entonces, se hizo explícito y beligerante, y los más radicales encontraron terreno expedito para instar la ruptura: sucesivamente, se promovieron la consulta no referendaria de Artur Mas en noviembre de 2014 y el referéndum ilegal del primero de octubre de 2017, que rompían los puentes y desembocaban en un duro proceso penal.
No puede decirse que Maragall sea el culpable de todo esto, pero sí que los errores iniciales de un PSC desorientado con Maragall al frente pusieron los carriles que después utilizó el nacionalismo para intentar conseguir sus objetivos extremos. Esta es la realidad, por respeto que pueda merecer la figura de Maragall, quien, a buen seguro, siempre buscó la senda que creía más adecuada para su pueblo.
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