El slogan de Ayuso, aunque agua pasada, sigue siendo actual. Y tampoco es nuevo. Lo viví muy de cerca siendo estudiante en Alemania en la ... campaña electoral de 1976. Los carteles que pegaba la Unión Cristianodemócrata decían «Freiheit oder Sozialismus» («libertad o socialismo»). A lo que los socialdemócratas respondieron colocando debajo de ellos otros con el lema «Freibier oder Sozialismus», es decir, «barra libre o socialismo», que me recuerda las tan criticadas palabras de un conocido sociólogo de nuestro país asociando el término 'tabernario' a la campaña de Ayuso.
Los socialistas alemanes aprovecharon también, lógicamente, para recordar todo lo que el SPD había hecho por la justicia y la libertad en Alemania mucho antes de que la CDU existiera. Y para remedar el 'patriotismo' conservador compusieron una canción con la música del Himno Alemán que comenzaba con los versos «Barra libre o socialismo / SPD o la Unión/» …, etc.
Ya en aquel entonces se hablaba en círculos académicos del populismo como «beer table politics» (política de taberna), haciendo referencia a los que ante un jarro de cerveza solucionan de un plumazo los problemas del mundo, del país, o del equipo de fútbol de turno; y los alemanes recordaban que el 'Mein Kampf' de Hitler, su libro programático, se había gestado en las tabernas de Munich.
El otro día me encontré en la calle del pueblo a un viejo amigo de la infancia que ya era listo en la escuela y que prefirió quedarse en el pueblo. – «¿Has visto lo que ha pasado en Madrid?», me dijo, y siguió: –«Tontos entienden y votan a tontos, como con Trump». –«¿Esa es la explicación?», le dije. –«¿Cuál si no? ¿La libertad? Dime qué derechos y libertades ha traído el PP a la democracia. Ninguno. El socialismo es libertad, como dijeron en la Transición» –«No todos lo ven así», repliqué. «Mira a tu vecino Óscar, que siempre ha votado al PSOE y ahora vota a Vox». – «Eso es porque está cabreado por lo de la separación y lo de los animales y lo del lobo en Castilla y León y hasta por tanto impuesto». –«También estás cabreado tú por los ciervos, que no te defiendes de ellos y te han arruinado la viña y otras tierras y por el Internet de los bancos, que no sabes cómo sacar dinero, etc.». - «Bueno. Yo sé lo que hago», replicó. «¡¿No me vas a decir ahora que también tú estás de parte de Ayuso!?»
Puesto ya a contar anécdotas, me viene a la memoria una conversación que tuve comiendo en Pekín con un alto funcionario del Parque Tecnológico. Me dijo de entrada (De inteligentes es reconocer lo evidente) que me había invitado porque quería convencerme para que ubicase mi empresa en un determinado sector del Parque. Y luego, al conocer mi relación con la filosofía, me contó que el marxismo había traído la racionalidad a China, pero que el partido se entendía en la milenaria tradición confuciana y que, por tanto, buscaba la armonía, sabiendo que la armonía está en el equilibrio y que el equilibrio es dinámico; y que también tenía muy en cuenta lo que había dicho el «Presidente» (sic) Mao: que había que «mirar al pueblo a la boca».
Sabemos, desde Aristóteles, que la democracia tiene sus problemas, pero que es el menos malo de todos los sistemas políticos y que exige, más que el chino, más que cualquier otro sistema, «mirar al pueblo a la boca». Nuestra democracia es representativa y, por tanto, supone y exige un cierto aporte de pedagogía social por parte de los políticos y los medios de comunicación para contrarrestar la mentira y la ignorancia. Ya fallaron en el caso catalán. En EE.UU. buena parte de los medios, más que los políticos, sí ha sabido cumplir esa función.
Pero, incluso para hacer pedagogía social, hay que «mirar al pueblo a la boca», incluida la boca de los que se desfogan y arreglan el mundo en las tabernas. Los populismos siempre se apoyan en una cierta realidad.
Y la realidad es que mucha gente está cabreada y no se siente libre a su manera. En la España vaciada, como hemos visto, y en las ciudades. El socialismo argumentaba que «emancipando al trabajador, se emancipa al hombre». Mientras tanto, mejoradas las condiciones «del trabajador», ya estamos en una sociedad en la que el socialismo debe mirar directamente «al hombre» y sus otras alienaciones si no quiere perder el tren de la historia.
La prensa española, y la internacional, han tratado de explicar «el fenómeno Ayuso». Algunos sectores económicos han tenido algo que ver, pero, sobre todo, la pandemia ha contribuido a crear una multiforme sensación de opresión que los asesores de Ayuso han sabido redirigir al gobierno central. También se ha hablado de una, ya residual, pero muy resiliente, «caverna española» que, desde la Constitución de Cádiz, viene oponiéndose con éxito al progreso y ahora se ha metamorfoseado en una ultraderecha que levanta un engañoso estandarte de libertad, apuntándose al trumpismo.
Pero la sensación de opresión existe. Y es multiforme. Los políticos y los medios responsables, al servicio del interés general, deberían afrontarla en cada una de sus vertientes. Porque, como ya escribiera Francisco de Vitoria, el auténtico precursor de la ética y política ilustradas (las ahora vigentes en las sociedades occidentales), «la libertad es equiparable a la vida». Y la sensación o no de libertad es un valor vital que hay que tener en cuenta.
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