En el actual marco de debate electoral el soterramiento de las líneas ferroviarias en su travesía por el interior ciudad de Valladolid renace como casus ... belli. Se trataría para unos de una 'actuación irrenunciable', en una ciudad dividida que necesita su 'recostura'. Eliminar la 'barrera' ferroviaria sería una responsabilidad de las administraciones públicas por razones de equidad social, que debería ser 'financiada por el Estado' y no aplazada a los resultados de un imprevisible desarrollo inmobiliario… Frente a ello otros insisten en el fracaso previo del denominado Plan Rogers que se presentó en 2008, el año de la crisis financiera. Nada se hizo. Hoy vivimos en otro contexto.
A pesar de ello, el Plan Rogers permanece, extrañamente y sin soterramiento, en la ordenación urbana que el Plan General hace de la zona de Talleres o Argales, a la vez que revive en los razonamientos que ahora reclaman el soterramiento.
Algunos de los argumentos que se repiten con más frecuencia me parecen particularmente sensibles. A nadie se le escapa que en la ciudad hay muchas barreras sociales, unas visibles y otras no. Sin embargo, afirmar que levantar un paseo arbolado sobre las vías enterradas va a eliminar determinada desigualdad social induce a pensar que no se sabe de qué se está hablando.
Podría intuirse que las viviendas a los dos lados del nuevo paseo incrementarán su valor, pero ¿el resto?. La calle Niña Guapa, la Plaza de las Batallas, y otros tantos espacios de rentas medias y bajas de la ciudad no están 'al otro lado' de las vías. En cuanto al límite físico del ferrocarril, ningún tejido urbano es absolutamente permeable. Las barreras, con sus aperturas y cierres, son en las ciudades constantes –riberas, laderas, grandes instalaciones-, muchas veces necesarias y siempre compatibles con una ciudad paseable.
No me pronuncio ni a favor ni en contra del soterramiento, aunque pienso que el debate puede no ser inútil. Tendría que ir por otros derroteros. Soterrar las vías es un esfuerzo costoso y de gran complejidad, que se ha hecho y se está haciendo en otras ciudades. Pero este esfuerzo trasciende la ingeniería y exige una reflexión prudente y precisa sobre cómo se quiere que la ciudad mejore con ello, más allá del milagro de justicia social que para algunos llevaría implicado. Si se defiende la actuación hay que explicar a qué proyecto de ciudad está vinculada… ¿volver al Plan Rogers?. También, si no se defiende, hay que explicar por qué se conserva la sustancia de la ordenación que proponía el Plan.
La realidad es que el proyecto de integración urbana del ferrocarril que se está llevando a cabo carece de atractivo. Se trata de una serie de acciones remediales puntuales, mal explicadas, que responden a un diseño urbano de mínimos y que, una vez ejecutadas, no llaman la atención por su calidad.
Tampoco se comprende bien por qué, si no se soterra el tránsito ferroviario, ha de ser necesario destruir completamente el conjunto de los antiguos Talleres de Renfe. ¿Por qué el Plan General vigente mantiene en ese ámbito un proyecto residencial convencional y especulativo, con bloques de hasta 17 plantas? Cualquier deuda adquirida puede ser renegociada, evitando promover un nuevo barrio banal en el corazón de la ciudad. Lo que esta ocurriendo muy cerca, en Cuarteles, da idea de que es necesario algo diferente.
Las ciudades más dinámicas de Europa hace ya tiempo que han cambiando de revoluciones. Atentas al largo plazo, con proyectos de transformación bien definidos y desplegados en el tiempo con lógica adaptativa, trabajan despacio y con prudencia para garantizar los resultados. No se trata ya de hablar sino de comprobar con exigencia la calidad de la ciudad que se está construyendo. En un urbanismo que es a la vez estratégico y táctico, la clave esta en lo que se consigue. Ahora bien, lo difícil está en saber distinguir, más allá de opiniones, lo que tiene calidad de lo que no la tiene. No es sólo un asunto de expertos sino de inteligencia colectiva.
Cualquiera que hoy pueda pasear entre los edificios fabriles y almacenes en desuso de los Talleres de Renfe, no necesita una sensibilidad refinada para valorar lo que ve. En mi opinión, habría que procurar salvar la mayoría de estas edificaciones, reutilizarlas y levantar sobre ellas un nuevo barrio polifuncional, con una verdadera mezcla de usos y de lógicas de intervención, porque allí la memoria industrial de nuestra ciudad hace posible pensar en un futuro diverso y excepcional. Un futuro que no puede ya depender del 'diseño' que realice un arquitecto de renombre. Se trata de un proyecto de ciudad, de un proyecto colectivo, abierto, progresivo. Sin duda, se necesita buena arquitectura, al lado y con la que ya existe en las antiguas construcciones, sin arrasar una parte de nuestra historia.
Dicen los marinos que nunca sopla viento favorable para el que no sabe a dónde va. El debate sobre el soterramiento podría enriquecerse con un debate más amplio, un debate capaz de ilusionar ante un futuro cargado de incertidumbre. Llamemos a esto 'proyecto de ciudad', partiendo de Valladolid tal y como es, una ciudad vibrante, que ha mejorado mucho desde aquellas elecciones municipales de 1979, y que aspira a seguir mejorando.
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