Siendo un mocoso, mi madre me mandó ir al viejo hospital provincial a recoger a un hermano suyo que, según creo, padecía un cáncer incurable; tan incurable que falleció en nuestra casa-chabola de La Maruquesa a los pocos días de llegar. Cuento esta aventura ... personal porque hubo un tiempo en el que cuando el paciente estaba en las últimas la frase más repetida solía ser: «a Fulanito le han mandado a morir a casa», ya que el domicilio era el lugar donde se nacía y se moría, con muy escasos medios y sin grandes atenciones especializadas. Hoy vemos como natural que la gente fallezca en los policlínicos rodeada de expertos y máquinas que intentan alargar la vida, incluso en situaciones claramente adversas. Puedo estar equivocado, pero tengo la sensación de que pocos enfermos mueren hoy en el lecho casero y sí en el hospital que les toca.
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Es cierto que ahora existen los llamados cuidados paliativos que permiten al paciente abandonar el sanatorio por un tiempo, pero cuando la situación se agrava de verdad casi siempre regresan a su centro sanitario, donde suele acabar todo. Allí murió, no hace mucho, un excelente amigo que durante meses recibió en casa ese tipo de atenciones, pero todos intuimos el final irreversible e inmediato cuando los cuidadores optaron por llevarle de nuevo al hospital porque, según dijeron a la familia, en casa ya no podían hacer nada. Tres días después, funeral.
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