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Es difícil prever el lugar y la peripecia en que la historia se pudiera revisar algún día. Aquel atardecer del seis de marzo de 1993, ... gélido sábado de cuaresma y campaña electoral, una caravana de coches oficiales cruzó en la oscuridad el silencio de las calles vacías de Laqueuille, a la velocidad moderada que exige la jerarquía de los pasajeros y la solemnidad del acto anunciado. Los vehículos se acomodaron con dificultad en la plazoleta ante el monolito levantado en memoria de los veinte jóvenes del pueblo muertos en la Gran Guerra, y los pasajeros, embozados en abrigos y bufandas, alcanzaron a pie la Escuela Municipal.
En su interior, medio centenar de asistentes al mitin rompieron el silencio para recibir con un aplauso moderado a los insignes huéspedes de aquel municipio de la región de Auvernia, cuyo censo no superaba los 400 habitantes. Faltaban dos semanas para las elecciones legislativas francesas y el expresidente de la República francesa, viejo lobo de la política local, nacional y europea, había invitado al joven líder del Partido Popular español.
En el aula escolar donde se celebraba el acto, presidido por la bandera francesa y el busto en escayola de una descocada Marianne republicana, no hubo protocolo alguno para celebrar aquel encuentro fortuito de Giscard d´Estaing y José María Aznar en paraje tan frío y recóndito. El francés saludó al alcalde de la aldea, quien mantenía su militancia fiel desde hacía muchas décadas, y comenzaron enseguida los discursos de los líderes y los halagos del público, con la naturalidad de parroquianos amigos en torno a la barra del bar.
Aquella Francia rural de rostros curtidos y cayados de brezo guardaba silencio cuando Giscard reprendía a sus adeptos por haber perdido votos en las elecciones presidenciales frente al socialista Mitterrand, pero aplaudieron luego entusiastas cuando el expresidente anunció la próxima victoria electoral en las inminentes elecciones legislativas. Aquella asamblea de vecinos, gente de campo e intemperie, tenía la apariencia de un homenaje al elegante y refinado Giscard, protector de agricultores y ganaderos, y también la de una lección al novato líder español acerca del mejor método para cosechar votos sobre el terreno.
En tal ejercicio de amistad obsequiosa, ante las aspiraciones del prometedor líder español que había abandonado durante veinticuatro horas su campaña electoral, en la que se estrenaría con una derrota un mes más tarde, el francés profesó su maestría y dio su patrocinio ante él tuteando a los asistentes que sólo rompían el silencio para subrayar su obediencia al líder y la admiración por el nuevo adalid de la derecha hispana. Giscard, el gran europeísta ambicioso y soñador, avisó a los suyos del peligro latente en Bruselas si los socialistas ganaban otra vez en las urnas y, en concreto, del quebranto que amenazaba al sector lácteo en la región de Auvernia.
Un murmullo alarmado de la sala cerró la arenga del expresidente, que anunció de inmediato el discurso de 'mon ami' José María Aznar. Éste dedicó media hora en presentar a la piadosa audiencia local, en un francés correoso, su detallado análisis de la política agraria comunitaria y los males que la misma estaba provocando a los productores de leche de la Auvernia, a los cerealistas castellanos, a los ganaderos de Normandía y a los naranjeros valencianos. Se oyó un aplauso de alivio y concluyó el mitin.
Giscard d´Estaing practicaba una habilidad innata a la hora de captar aliados políticos, a veces extravagante. Para recuerdo, le regaló a Aznar un cuchillo artesanal de su tierra con la promesa de que le ayudara a apoyar su propuesta de unión monetaria europea; con la misma finalidad diplomática había invitado a la cacería en los bosques de Chambord poco antes de la muerte de Franco al rey Juan Carlos, para certificar su deseo de que España entrara en la Comunidad Europea. El presidente francés fue un político y cazador celoso, tan competitivo que comunicaba a cada invitado el número de jabalíes cobrados durante la batida.
Al otro lado del Parque Natural de los Volcanes de Auvernia, a unos 25 kilómetros de la Escuela Municipal de Laqueuille, se levanta el castillo de La Varvasse, propiedad entonces de la familia Giscard, símbolo de su feudo electoral en la región. Allí debió pernoctar José María Aznar después de su adiestramiento electoral en aquella velada insólita, gracias a la maestría de expresidente francés, monarca republicano en retirada. Éste iniciaba entonces su descenso a los infiernos del poder político mientras el líder español emprendía con ardor su conquista anunciando el final inminente del siglo del socialismo en Francia y en España.
Giscard d´Estaing, elegante con título de nobleza comprado, mujeriego clandestino y académico de la lengua por el solo haber de una mediocre novela erótica, falleció el miércoles pasado como había nacido: con el alma partida en su acción política cuando pisaba la pradera y hablaba el idioma de los ganaderos o legislaba desde el alto estrado del poder político, soñando a veces con la inocencia de quien se dejó seducir por los más tramposos líderes del África francófona. Cuando salía del terruño, recorría el mundo mostrando la supremacía de un noble o la estrategia castrense de un general, y exigiendo en la intimidad de su ego inagotable el título de rey. Así transcurrió aquella jornada del encuentro causal entre un líder neófito, hispano extraterrestre en Laqueuille (Auvernia), y un aristócrata de la Francia profunda que bien mereciera el nombramiento de primer presidente de la Comunidad Europea.
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