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La política tensiona la vida de las sociedades modernas. Parece inevitable porque los políticos marcan el guión ya que nunca faltan dimes y diretes en ... el gran teatro que jalean los medios de comunicación. Mientras tanto la vida, a veces mágica, pasa a nuestro alrededor y, con frecuencia, no nos enteramos. Con la falta de agua y las buenas temperaturas ya están perdiendo sus flores los almendros, tan tempraneros. Imagino mustias a las primeras mimosas llenando de luz de los campos.
La cigüeña lleva más de un mes haciendo acopio de palitroques para construir su nido en la fresneda. Ah, la cigüeña, parece que no conoce la prisa. Hace unos días en la fresneda de Añe había entre veintiocho y treinta cigüeñas. Qué revuelo de plumas blanquinegras. No es fácil contarlas porque cuando advierten la presencia humana, se echan a volar como si fueran una bandada de torcaces o estorninos. ¿Qué hacían juntas las treinta cigüeñas? Imagino que estarían buscando comida, picoteando el suelo en busca de ajos. O disfrutando sin prisa del panorama.
Una fresneda es un lugar mágico, una herencia recibida de nuestros tatarabuelos que nos permite trasladarnos seiscientos o setecientos años atrás, cuando acaso brotaran los primeros fresnos que ahora, con la copa desnuda y el ramaje seco presentan una estampa singular. Sus troncos son enormes y desproporcionados. Ocaso me quede corto en los orígenes y los celtíberos y romanos ya gozaran de fresnedas tan hermosas que se necesitaría una familia de cuatro o cinco miembros para poder abrazar a la mayoría de los ejemplares. Como si ellos tuvieran el don de detener el tiempo. Dicen que las raíces de los fresnos se comportan como bombas elevadoras de agua. Es decir, en época de sequías, ellos resisten. Por eso son tan longevos y tan hermosos, acaso los patriarcas de nuestra arboricultura. El soto de Añe, además, se extiende más de un kilómetro en paralelo con el río Moros que imagino que garantiza la humedad.
Estamos rodeados de fresnedas en nuestra tierra. Para constatarlo bastaría con echar una ojeada a la multiplicidad de topónimos que hacen homenaje a este árbol venerable en el que ya están a punto de despuntar sus primeras yemas. Pasear por una fresneda es un placer refinado al alcance de la mayoría. Pasear y quedarse anonadado ante la hermosura de los primeros brotes de este árbol antañón que conforma bosques ralos. Los árboles hablan a poco que les interpelemos. Cuanto más viejos, más historias albergan en sus troncos y en sus copas. Algunas sabrosísimas. Basta con observarlos con detenimiento para que comiencen a hablar. Después de un paseo por una fresneda la política y los políticos seguirán ahí, empecinados en marcarnos el paso, pero nosotros seremos más sensibles y más sabios.
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