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No me gusta la gente de principios. No me inspira tranquilidad. Con frecuencia se comporta como quien, subido a un pedestal, se dedica a golpear ... con sus convicciones a los demás.
De hecho, las personas realmente buenas no tienen principios. Son buenas sin más. Hacen lo que tienen que hacer, sin someterlo a ningún cribado moral. Wittgentein escribió en un aforismo que no le interesaba lo que se podía alcanzar con una escalera. Y en otra ocasión, demostrando que la escalera era para él un concepto de altos vuelos, sostuvo que la escalera solo era útil si, una vez que has alcanzado tu objetivo, la tiras y prescindes de ella. Porque arriba no hay nada. Cuando tiras la escalera te das cuenta de que estás solo y de que tienes muchas decisiones por delante sin un guía sobreseguro.
Los principios son mentiras que utilizamos como pantalla para ocultar la soberbia y otros pecados capitales. Blandimos los principios como armas y anunciamos que en su nombre vamos a hacer, la mayor parte de las veces, lo que nos venga en gana. Por ese motivo, para elegir entre las personas prefiero entenderme con quien dice hacer lo que le salga, directamente, sin subterfugios ni servidumbres a una norma.
Para ser bueno no es imprescindible creer en la bondad. Las gentes son malas, en general, y para tratarlas es mejor reconocerlo, antes que confiar ciegamente en un principio universal que pretende bendecirlas e igualarlas. Es una ingenuidad interesada pensar, como algunos antropólogos, que el ser humano evolucionó al bipedismo arrastrado por la curiosidad. Como quería ver el horizonte y contemplar más allá, fue izando poco a poco la columna vertebral. Esto puede ser una idea tranquilizadora sobre nuestra naturaleza, basada en criterios religiosos o morales, pero basta leer las noticias de cada día para no concederle demasiada fiabilidad. Me resultan más cercanos quienes creen que se puso de pie para ver venir al enemigo y machacarle con más comodidad, de arriba abajo, como en 'El duelo a garrotazos' de Goya, cuya imagen tiene más valor ético que cualquier principio kantiano.
La gente de principios, además, no sabe manejarse en el barro, en las contradicciones diarias que nos exige la convivencia, el amor y el trabajo. Para convivir hace falta una dosis suficiente de cinismo, de malicia, de mentira y de suspicacia. Sin esos ingredientes, que chocan con cualquier principio, las personas no se desenvuelven con soltura y tienden a conductas extremas. O demasiado buenas o excesivamente malas. Hipócritas en su totalidad. Necesitamos una desconfianza básica para no agredir de inmediato a los demás, y un ramillete de mentiras blancas para evitar las amenazas de la sinceridad.
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