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Se ha sostenido con frecuencia que el odio precede al amor en orden de aparición. Opinión algo derrotista que ni me encaja del todo ni ... me acabo de creer. Lógicamente, mi punto de vista no modifica la verdad de los hechos, ni obliga a que las cosas del corazón se ajusten a mi criterio. Mi infravaloración del odio tampoco implica que yo sea un ingenuo optimista que cree en la bondad del prójimo. Sin embargo, venimos al mundo tan indefensos y desamparados, que la necesidad de atraer al otro y mostrarle apego, que son las vértebras del amor, debe estar obligatoriamente a la cabeza del escalafón de sentimientos. Incluso creo que dependemos tanto de la madre, vitalmente hablando, que nuestro amor primario e incondicional por ella no es más que un síndrome de Estocolmo, una justificación imprescindible del poder que, sin nuestro consentimiento, ha ejercido sobre nosotros.
Tengo la impresión igualmente de que después del amoroso, el siguiente sentimiento en un orden hipotético de maduración, es la desconfianza, el recelo. Tanto tememos perder la protección anhelada, que cualquier otra presencia puede despertar enseguida temor y agresividad. Somos demasiado vulnerables para no experimentar pronto miedo y, con él, desconfianza y una inapelable triada: perjuicio, persecución y rivalidad. En último extremo, somos objetos de amor y de atropello.
Vivimos en el caldo de la sospecha. Apenas sentimos un dolor que ya buscamos un culpable alrededor. «Sufro, luego alguien tiene la culpa», es la máxima que identifica al paranoico y pone en marcha el furibundo descargo del chivo expiatorio. La experiencia nos enseña que pocas respuestas son tan profundas y reflejas como esta. Para moderarla hay que hacer un esfuerzo mental, cuyo resultado mide la altura ética de las personas. La bondad no nace directamente de los buenos sentimientos sino del control último de la acusación a los demás.
De la misma índole paranoica es otro automatismo mental que nos guía de forma refleja. Se enuncia también como un axioma: «Sufro, luego tengo derecho a que me quieran». Bajo esta premisa dejo de ser deudor de los demás, empezando por mis padres, a los que debo una satisfacción apropiada. Pero, si en vez de sentirme en deuda, me arrogo el derecho del acreedor, me muestro entonces como una víctima que reclama, a no se sabe quién, la devolución gratuita de bienes y derechos. Bajo esta lógica, la paranoia crece y nos desborda. Se comprende, de este modo, que muchas personas no sepan acercarse al corazón ajeno sin herirle con su aridez y sus recelos. Amar, al fin y al cabo, no consiste en exigir algo sino en velar tranquila y confiadamente por la soledad del otro.
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