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De un tiempo a esta parte, especialmente en algunos medios profesionales que me son afines, en lugar de afirmar de alguien que delira se prefiere ... sugerir que tiene ideas inusuales. La alternativa no es banal, está bien planteada y forma parte de la lógica emancipatoria y libre de estigma que intenta imponerse en la clínica psiquiátrica. En contra de este modo de proceder, puede argumentarse legítimamente que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y dejarse de pamplinas y medias tintas. El que delira, delira, y no se le dignifica por usar eufemismos, andarse con tiquismiquis y no ponerle la verdad ante los ojos.
Sucede, sin embargo, que nadie tiene muy claro cuáles son los límites y el perímetro del delirio, que para unos es muy nítido y para otros necesariamente poroso. Podemos estar de acuerdo en que si un sujeto cualquiera, al llegar a una calle tranquila y sin tumulto afirma que todos le miran y le insultan, casi seguro que delira. Como también lo haría un vecino de Rodilana o de Melgar de Arriba si sostiene al llegar a urgencias que es sobrino carnal de Donald Trump. El problema se suscita porque la vida cotidiana está llena de ideas intermedias entre lo supuestamente patológico y lo aparentemente normal. El tejido intersticial es muy amplio y ocupa casi todo el cuerpo social. Además, los criterios de patología y norma son bastante borrosos y variables, lo que propicia una inquietante discrecionalidad.
Dada esta ambigüedad y teniendo en cuenta que los profesionales, en general, tienen el gatillo fácil a la hora de diagnosticar, conviene extremar la prudencia para no perjudicar a los pacientes. No dañar sigue siendo el primer objetivo médico, y calificar un pensamiento de delirante sin serlo puede acarrear graves perjuicios a cualquiera que piense aparentemente mal. No parece falsa elección, por lo tanto, el calificativo técnico de inusual.
Viene esto a cuento al comprobar que la política, las opiniones particulares y la información de los medios presenta hoy tal tráfico de bulos, despropósitos, difamaciones y dislates que para muchos constituyen en conjunto un manantial irreductible de ideas inusuales, es decir, de delirio. Y si fuera así, nos veríamos presos en la misma alternativa que el alienista, dudando si la sociedad participa en un desatino mayúsculo, en un absurdo nunca visto, capaz de arrastrarnos al desvarío colectivo, o se trata de ideas seguidas por cientos, miles o millones de personas que consolidan la sociedad con el mortero de sus disparates y convierten su disloque en una argamasa de normalidad.
En el seno de esta alternativa es donde se aposenta la duda y se genera intranquilidad. Para intentar despejarla añadimos que en el dominio particular una idea inusual es solitaria, individual y no suscita el asentimiento del entorno. Alrededor de ella crece la tolerancia, en el mejor de los casos, y, en el peor, se verá sometida a una cruzada, a veces cruel, para reducirla, curarla o normalizarla. En cambio, las ideas inusuales de la sociedad son compartidas por una parte importante de la población que las convierte en un sinsentido común y las usa como una nueva religión que religa a sus fieles alrededor. Por otra parte, la idea inusual de la psiquiatría es propia de un sujeto más bien marginal y frágil, mientras que las que valora el sociólogo las ostenta en primer lugar quien detenta el poder y la autoridad.
Se nos dice que bulos, sofismas y manipulación han existido siempre, pero también es cierto que antes no se disparaba la mentira con tanto descaro y a quemarropa de la gente. Ahora, por el contrario, domina el impudor y el desparpajo. Curiosamente, la patraña es más eficaz en cuanto que a todas luces resulte falsa, como si el criterio que valora el infundio no fuera ya del orden de la verdad o la mentira sino de su utilidad, del seguimiento que despierte en sus secuaces la desfachatez y el descaro. Al fin y al cabo, si el mendaz triunfa y nos sometemos a él es porque necesitamos a toda costa ser crédulos, obedientes y esclavos.
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