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Este fin de semana, cinco mujeres relevantes políticamente, pertenecientes todas ellas a la izquierda en sus diferentes variedades, se han reunido en Valencia para lanzar ... un gesto de posible unidad, que en absoluto tiene intenciones exclusivamente feministas sino que se dirigirá, si cuaja, a toda la sociedad, de una parte de la cual ellas son representantes y/o referencia. Todas se mueven en el ámbito situado más a babor que el PSOE, en las zonas donde habitan Izquierda Unida -el alojamiento del PCE-, Podemos, Más País y las diversas confluencias territoriales que circulan por estos lares ideológicos.
Curiosamente, en la reunión valenciana -la vicepresidenta del Gobierno Yolanda Díaz se reunió con Mónica Oltra en calidad de anfitriona y con las lideresas más relevantes de los comunes (Ada Colau), Más Madrid (Mónica García) y Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (Fatima Hamed Hossain)- estuvo ausente Podemos, pese a que Irene Montero, ministra de Igualdad, e Ione Belarra, ministra de Derechos Sociales, son compañeras de gabinete de Díaz, y cuando la realidad es que la única fuerza consolidada/organizada de ese sector político es precisamente la que Podemos representa (Más País tiene expectativas pero no resultados todavía); no en vano mantiene 35 escaños, que son fundamentales para el sostenimiento del Ejecutivo de Pedro Sánchez.
Dicho esto, y aclarado que no había en la reunión más elementos teleológicos (de momento) que el «caminar juntas» y el abrir un proceso «escuchar juntas» para confluir después en el proyecto que reclamen las bases, es evidente que el movimiento responde al designio de «feminizar la política» que Podemos exhibía con novedosa procacidad en sus comienzos, allá por 2016, cuando todavía era poco mas que una ilusionante promesa para mucha gente.
Es claro que la iniciativa encabezada por Yolanda Díaz, de cuyo acierto dependerá seguramente el signo del nuevo Gobierno (ya no cabe imaginar un Ejecutivo unitario como antaño), resucita esta idea, que va más allá del feminismo y que entra de lleno en el territorio de la conquista -bastante más complejo- de la igualdad, en el que son interpelados tanto las mujeres como los hombres.
La feminización de la política supone una mayor sensibilización de lo público, que debería sobrepasar el frío concepto de ejecutividad para conjugar mejor los programas con los principios, pero cometeríamos un error si a partir de aquí fracturáramos la política en un mundo femenino (el de la ayuda, el de lo social, el de la solidaridad) y otro masculino (el de la creatividad, la economía y el progreso). La feminización auténtica ha de ser indiscriminada, es decir, de superación de los antiguos roles, que todavía se mantienen (basta ver que aún hay carreras universitarias con predominio claro de hombres o de mujeres), pero ha de incluir una modificación del estilo, ya que las formas están siendo tan importantes como los contenidos, como a la vista está.
Nuestro Parlamento, que nunca fue un remanso de cordura, es hoy un inquietante charco de testosterona en que vuelan los insultos y el respeto se ha reducido a su mínima expresión. El estilo 'femenino' debería amansar a esa inquieta muchedumbre y llevar la dialéctica a los territorios constructivos del debate. Pero en todo ello no debería haber pautas forzadas: seguramente sería suficiente con marcar los cánones de la igualdad para que esta se deslizase hacia otro modo de contender y de discutir.
La personalidad de Merkel, que jamás alzó la voz, que consiguió que su liderazgo tuviera ingredientes domésticos y familiares, que desmitificó el poder hasta poner de manifiesto que ella ejecutaba con humildad un mandato recibido de los otros, debería ser un referente de un modelo determinado de hacer política en un mundo en que la política democrática está buscando caminos pero en que los dictadores son siempre machos alfa dominantes que gritan y blasfeman y que muy probablemente en privado maltratan a las mujeres de su alrededor.
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