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Recientemente, publicaban algunos medios de comunicación una noticia en relación con el viejo hospital conocido como «de los tuberculosos de Viana», pero en realidad sito ... en el término de Boecillo, pues parece que afloran nuevas ideas para su recuperación y uso. Se trata de una información recurrente, como bien puede comprobarse consultando la hemeroteca. O casi de una de esas 'serpientes de verano'» que vuelven a surgir cada estío. Así, en 2018 reflejaba la prensa que el Ayuntamiento solicitaría reuniones con la Universidad de Valladolid y la Junta de Castilla y León para estudiar propuestas en esa misma dirección de rescatar el ruinoso edificio, tras algunos proyectos privados fallidos. Porque los hubo. Y enfocados tanto al ámbito de las residencias de mayores como al de los complejos inmobiliarios o turísticos.
Sin embargo, fuera cual fuese la titularidad de la edificación durante los últimos 50 años, el lugar solo tuvo utilizaciones esporádicas. Una de ellas, que apenas alcanzó la década, sería la de centro de Asprona, cuando su administración dependía de la Diputación vallisoletana. Otra, la de lugar para acampada y fiesta de los Pingüinos. Ruidosa cita y celebración de moteros que se prolongó a lo largo de varios inviernos y dejó toneladas de basura –en sus primeras ediciones– entre Viana y Boecillo. El hospital de tuberculosos había abierto sus puertas en 1954, con una gran inversión de fondos públicos, y cerró como tal en 1963, por lo que se constata que el despilfarro y la incoherencia en la gestión de las instituciones no es cosa de ahora o de los últimos tiempos: tales arbitrariedades ya se hallaban perfectamente normalizadas en el periodo franquista. Y alguna comisión de tecnócratas debió de decidir que, al cesar la tuberculosis de ser la plaga que había sido, lo mejor era clausurar la colosal mole para ahorrar gastos.
De modo que se diría que la gigantesca construcción estaba desde sus inicios abocada al abandono. Cascotes, vidrios y pintadas han ido acumulándose en sus instalaciones desde entonces, como una consecuencia natural de la soledad y la desidia. Recuerdo todavía la impresión que me produjo de niño, cuando llegué a Viana, el hecho de que –no lejos de donde íbamos a tener nuestra casa– hubiera un hospital concebido para la residencia y, en cierta manera, el aislamiento de los afectados por una enfermedad que se tenía por enormemente contagiosa. Si bien pronto escuché argumentos tranquilizadores al respecto que –inmediatamente– hice míos: si venían dichos enfermos a las riberas del Cega era porque su aire tan sano curaba. De forma que en mi mente infantil anidó la idea de que aquellos parajes poseían dones milagrosos. Se trataba de un lugar no solo bello, como ya habían descubierto los paisajistas del XIX, que recomendaban venir a aquí para pintar del natural los pinares y ríos de la zona. Para mí, este enclave entre las corrientes del Cega y del Adaja se convertiría en un sitio mágico. Y las voces que hablaban de las propiedades extraordinarias del mismo hubieron de ser también las que me susurraran mis primeras historias.
Voces espectrales que me llevan a comentar otra de las peculiaridades del hospital, la que apunta a una macabra posibilidad de explotación turística que no sé si habrá sido contemplada, pero preferiría que no se materializara. Pues, aparte del peregrinaje de grupos fascinados por lo sobrenatural –que dijeron ver sombras y fenómenos extraños–, hace años el sanatorio fue objeto de atención por parte de uno de esos programas interesados en sucesos paranormales, ya que –supuestamente- sería escenario de luces y gritos misteriosos. Lo que –según aseguraban los pretendidos 'expertos' en este tipo de experiencias– resultaría de lo más habitual en locales de tales características, al haber albergado tanta angustia, penas y muertes anónimas: alaridos clamando por un espacio donde ser escuchados. Todo lo cual conduce a considerar si era inevitable la falta de camas y hospitales en la última pandemia. Y a oír el silencio de tantos muertos sin nombre. Porque ¿acaso sus voces y gritos no podrían resonar también contra el olvido, mañana?
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