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Sófocles nos escupiría en pleno rostro. Tanto andar para nada, veinticinco siglos de aparentes avances, tanto tecnológicos como sociales, y no servimos ni para descalzar a Antígona. Esa muchacha, el personaje de Sófocles que por su coraje y valentía merece tener un altar en ... cada corazón, se rebeló contra el tirano Creonte, contra la injusticia y dio tierra a su hermano Polinices, cuyo cadáver permanecía insepulto por orden del rey. Le costó la vida. Creonte, en castigo, dictó que fuera enterrada viva y ella se suicidó, se ahorcó.
Hay que inhumar debidamente a los cadáveres, oponerse a las leyes injustas, reivindicar la dignidad humana. ¿Qué diría Antígona de nosotros? Todos los días me acuerdo de esa hija de Edipo cuando veo cómo tratamos a nuestros muertos en la pandemia, cómo los enterramos en soledad, furtivamente, como bultos infectados, igual que si un Creonte actual hubiese ordenado semejante barbaridad. Criterios médicos, de salud pública, lo sé. Órdenes que hay que acatar.
Veremos de qué nos sirven esas excusas cuando esto pase y recordemos que los padres, los abuelos, los amigos, se han ido sin que hayamos podemos decirles adiós. Nuestro coraje no es digno ni de pronunciar el nombre de Antígona. ¿No eran más compasivos los antiguos dioses que condenaban tal comportamiento? Es muy probable que esté siendo injusto, falaz y demagógico, pero no logro dejar de pensar en aquella muchacha tebana, en su hermano Polinices y en que, si algunos muertos volvieran, no me atrevería ni a mirarles a la cara.
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