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A estas alturas, ya nada o casi nada puede sorprendernos. Vemos como los mercados están esquizofrénicos por la adopción de unas medidas incoherentes, erráticas ... y con viaje de ida y vuelta del reelegido presidente de los Estados Unidos que no para de ofrecernos elementos para un show más propio de un programa de telerrealidad que de la esfera política en la que debería moverse. En este vivir para ver también nos advierten los expertos de que la guerra arancelaria, comenzada irresponsablemente por el nuevo sheriff Donald Trump, conduce irremediablemente a un menor crecimiento económico global, a una inevitable fragmentación por regiones geopolíticas y a un riesgo general de alta inflación. En el caso de España podemos perder nada menos que 1.500 millones de euros de nuestro Producto Interior Bruto por cada decena de puntos de subida de las tasas arancelarias norteamericanas. Este es el panorama.
Hasta el momento, Trump se comporta más como un negociador financiero que como el presidente de Norteamérica. Su herramienta de presión son los aranceles y hasta la fecha ya ha anunciado una subida de 25 puntos porcentuales para las tasas correspondientes a los productos importados de Canadá y México, otros 25 puntos para las importaciones de acero y aluminio y otra serie de gravámenes estratosféricos con los que amenaza a las industrias europeas. En resumen, nos encontramos ante una época de elevación de precios de los productos, y, por tanto, de contracción económica y de decrecimiento general. Hablamos de datos elocuentes. Los servicios de estudios de las principales entidades bancarias acortan ya en medio punto el crecimiento previsto en la eurozona para este año 2025, y en cuatro décimas la previsión para el año próximo. Todo, como se ve, muy agradable y esperanzador.
En medio de este cuadro general, la Unión Europea ha comenzado su estrategia para rearmarse y poder hacer más sólidas sus capacidades defensivas en previsión de que el amigo americano continúe mirando, como parece, hacia otro lado. Las empresas españolas están sintiendo ya el riesgo cierto de la incertidumbre con una inseguridad jurídica más que evidente y un turbión regulatorio imposible de prever en un escenario global cada vez más complejo.
En pocas semanas el panorama general ha experimentado un profundo cambio que supera las previsiones más negativas. La rapidez de Trump para firmar decretos y órdenes ejecutivas que ponen en jaque el sistema económico internacional no contribuye tampoco a una mayor expansión del poder económico de los Estados Unidos, de hecho ya ha alertado a sus conciudadanos de que se avecinan épocas de recesión y las bolsas así lo reflejan de manera clara.
Lo peor en las finanzas, lo sabemos bien, es la incertidumbre. El dinero, como decía Gordon Gekko, nunca duerme y, además, es muy cobarde, elude los riesgos y busca certezas imposibles de encontrar en las actuales circunstancias. Todo es coyuntural e imprevisible, por eso resulta inútil hacer predicciones y planificar estrategias que pueden desbaratarse totalmente en cualquier momento. Uno contempla los modos y maneras de Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, y tiende a santiguarse porque cualquier cosa puede suceder con semejante pléyade de inestables amos del mundo. Y no creamos que todo esto no nos afecta a nivel particular. Lo hace y mucho. Pensemos, por ejemplo, en nuestras exportaciones alimentarias o vinícolas, aquí en Valladolid. En un mundo globalizado la partida de póker que juegan irresponsablemente los másters del Universo puede hacer saltar todo por los aires ante cualquier posible desliz. Vivimos, sin duda, tiempos recios, como dijo en su día Santa Teresa de Jesús. A la vista está.
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